domingo, 7 de octubre de 2018

JESÚS (Hiroshi Okuyama, 2018)


JESUS ("Boku wa Iesu-sama ga Kirai", Hiroshi Okuyama, 2018)

Un anciano sentado en el tatami deja perdida su mirada sin un objetivo fijo frente a los paneles que separan su habitación del exterior. En un gesto infantil se moja el dedo con saliva y se dedica a agujerear el papel de arroz que hace las veces de ventana y cortina en la tradicional arquitectura japonesa. Es el último recuerdo visible que va a dejar en su casa, nada más volveremos a saber de él, salvo que ha muerto porque su fotografía se encuentra en el altar familiar cuando Yura y sus padres, por razones que desconocemos, pero no alejadas de los problemas económicos del país, deciden abandonar Tokyo y establecerse en el norte nevado del país en casa de la abuela. La historia se traslada del abuelo al nieto sin fases intermedias, la nueva generación familiar viene a reemplazar la ausencia masculina de la casa. Un cambio absoluto se está gestando en el futuro del niño, extraído de su entorno habitual, desacostumbrado a vivir en una pequeña ciudad tradicional, en contacto con la naturaleza, en este caso reflejada en una nieve casi permanente que acerca su visión a la pretendida pureza infantil. Criado en un ambiente de tradición budista sin fervor, de la noche a la mañana el cambio de colegio le zambulle dentro de una religión y unas costumbres desconocidas, las de la religión católica a la que el colegio pertenece.

La novedad del cambio viene acompañada de la pérdida de referencias, la ausencia de un espacio propio en una habitación que hay que compartir con la abuela, encontrarse sin amigos de la noche a la mañana, el excesivo proteccionismo familiar preocupados por la aparente depresión y retraimiento infantil. Adentrarse en la simbología católica, en sus costumbres diarias de rezos, lecturas y oraciones, que para Yura son todo un enigma donde se repiten frases sin sentido, no hace sino incrementar esa sensación de extrañamiento absoluto. Incapaz de relacionarse con sus nuevos compañeros, su soledad empieza a convertirse en un enorme peso, tanto para él como para su familia. Lo que no podía imaginar es que, cada vez que juntara las manos para repetir los gestos que observa en sus compañeros y compañeras de colegio, un Jesucristo en miniatura iba a aparecérsele como una especie de ángel de la guarda con el que no habrá comunicación verbal, pero que termina convirtiéndose en una especie de lámpara de Aladino que le concede pequeños deseos, aunque en el fondo de su petición la ambición fuera mayor, pedir encontrar dinero y que aparezcan 1000 yenes no es exactamente el sentido del deseo, pero es una muestra de que ese ser inmaterial que se le aparece está dispuesto a complacerle, como cuando repara el tocadiscos, se presta a ser un luchador de sumo, comparte el baño diario con el niño o, lo fundamental, consigue que Yura tenga su primer gran amigo en su nueva vida.

Para Yura esta religión empieza a ser algo a tener en cuenta, su Jesús no es visto por nadie, así que asume que tiene un don especial que desconocía por no ser católico, lo que le permite aceptar esos cambios culturales del colegio sin mayor desconcierto, tranquilo por la proximidad de un ser que le guía y que le ha hecho más fácil la integración en el nuevo ambiente. Lo que no sabe Yura es que todo es fruto de una imaginación portentosa, que los sucesos terminan ocurriendo porque en ocasiones los electrodomésticos, de manera misteriosa, se arreglan solos, o como los amigos, que se hacen sin necesidad de intervención divina, sólo por casualidades. El mundo infantil de Yura, alegre y optimista sin esperarlo, se revierte con la pérdida imprevista y más dolorosa, unido a que, cuando pide fervientemente un deseo realmente importante y trascendental, ese Jesús parece cruzarse de brazos y hacerse el impotente ante su petición. Yura descubre que los católicos y su religión mienten como todas las otras, y no le queda sino dar un puñetazo sobre una biblia con el que fulmina cualquier posibilidad de nuevas apariciones, mientras los demás comprenden su reacción interpretándola en otro sentido. Cuando Yura repite el gesto de su abuelo, agujereando el papel recién colocado, retoma el valor de la tradición y regresa a su lugar, pasado el espejismo temporal del descubrimiento de algo que parecía gozoso y regalado, lo mejor es sentirse parte de un camino formado por muchas generaciones anteriores

La mirada del director, situando al niño como punto de vista desde el que, subjetivamente, observamos lo que sucede, nos aporta la limpieza, la ingenuidad, la candidez con la que lo infantil se enfrenta a los retos de la vida. Pero también hay un cálculo creativo en la colocación de la cámara, elevada sobre los personajes cuando se encuentran en el interior de la casa familiar, como si en ese espacio fueran observados desde la altura por algo, o alguien, que no es corpóreo, y al nivel de la mirada del niño cuando éste es el único protagonista de la acción, ya sea en el colegio, en su casa, en la calle. A Yura le miramos cara a cara, como cuando se le aparece ese pequeño Jesús hasta que se eleva y se volatiliza, y luego le contemplamos desde lo alto, jugando, en el patio, cenando. Como si ese Jesús hubiera encontrado un filón en la credulidad infantil y se concentrara en seguirle durante todo el día, complacido en su poder, pero ignorante en las reacciones libres que podrá tener Yura cuando sea consciente de la decepción de tanta palabra hueca e interesada contenida en un par de libros desconocidos pero que no tienen mucho que ver con el silencio continuo de ese pequeño ser que termina resultando insignificante e intrascendente, pero que ha provocado la total pérdida de inocencia en el niño.


JESÚS. BOKU WA IESU-SAMA GA KIRAI. JAPÓN. 2018. Dirección y guión: Hiroshi Okuyama. productor: tadashi Yoshino. música: koshi kishita. FOTOGRAFÍA Y EDICIÓN: HIROSHI OKUYAMA. 75 MINUTOS

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