domingo, 19 de agosto de 2018

MUDAR LA PIEL (Ana Schulz, Cristóbal Fernández, 2018)

MUDAR LA PIEL (Ana Schulz, Cristóbal Fernández, 2018)

Hay películas que parecen discurrir por un cómodo sendero de confort, sin riesgos, sin profundidades, pero que, de repente, rompen el guión, acaban con lo previsible y rutinario, y se lanzan al vacío para transformar su proyecto de película en la película que no pudo ser, o que le permitieron hacer hasta ese momento de fractura. En «Mudar la piel» sus creadores quedan literalmente «colgados», mientras la cámara rueda desde, y hacia, el teleférico de la Casa de Campo en Madrid, una conversación telefónica revela el principal problema para desarrollar la película una vez empezada y ya en marcha. Los directores están señalando ya cuál es el verdadero eje central de la historia, no tanto el reencuentro entre Juan, el padre de Ana, mediador en los años duros del terrorismo etarra entre ETA y el Gobierno español, y el personaje de Roberto, el amigo desinteresado que terminó resultando ser un agente de los servicios secretos españoles, sino la evolución de cómo conseguir hacer una película tangible con unos mimbres que se van despedazando según pasan las semanas y ese encuentro, y su filmación, parece resultar una utopía y, además, innecesario.


No procede contar dónde la película muda su propia piel, como también lo hacen algunas de las personas que aparecen en su crónica. Si se hiciera se corre el riesgo de eliminar el propio valor cinematográfico del documental, más o menos ficcionado, que no es otro que la sorpresa y el cambio de rumbo; aunque, eso sí, el espectador deberá ser paciente y, al tiempo, expectante. Es en su último cuarto de hora cuando «Mudar la piel» efectivamente, abandona su proyecto inicial, y se transforma en una enfermedad autoinmune que ataca la esencia inicial del film para convertirlo en otro muy diferente y mucho más atractivo desde la dialéctica de la creación artística. En la hipótesis de una película sin guión, donde los hechos del pasado van contándose con apacible armonía, amparados por el fín del terrorismo independentista, aunque permanezcan velados espacios de ocultación propios de la guerra sucia y de los servicios de contrainformación, la obra se transforma en una verdadera «work in progress» permanente que obliga a los creadores, real o inventadamente, a repensar y recalcular lo rodado previamente ante cada revés o anuncio de fín del rodaje, que es lo que, realmente, hace avanzar la historia hasta un final muy abierto pero también muy cerrado porque lo que demuestra es que las películas, y menos aún los documentales, no pueden seguir un patrón predeterminado por el creador porque son las incógnitas del rodaje, y de la investigación, las que abren, o cierran, las posibilidades de que la película sea como se ha imaginado previamente.

Si durante la visión de la historia filmada uno piensa en muchas ocasiones que hay un exceso de presencia y de protagonismo de Ana Schulz, que parece querer convertirse en el centro del relato, haciendo de éste una especie de exorcismo familiar de una época apasionante, pero también extremadamente dura, el posterior desarrollo de lo que vemos justifica esa omnipresente figura de la codirectora cuando se advierte que, realmente, la película se ha transformado, partiendo de un intento de contar la realidad de un personaje que ha reaparecido, hasta llegar a la narración de cómo puede mutar una obra en plena elaboración, pasando así del documento histórico al documental sobre el proceso creativo y las argucias, engaños, manipulaciones y soluciones que se pueden dar para terminar haciendo, si no la película que se quería, al menos una historia con diferente piel pero muy real.

Y para que el espectador se sitúe, «Mudar la piel» habla de los años del terrorismo etarra, sí, pero no busca ni orígenes, ni razones, ni respuestas, ni soluciones. Para ello se acerca a Juan Gutiérrez, una de las primeras personas que creyeron que ETA y sus muertes, podían terminar desde el diálogo y no desde la represión, abriendo puentes que permitieran al Gobierno y a la banda terrorista y su entorno político ir encauzando algún tipo de negociación, creando foros de mediación internacional y opciones internas como Centro de Investigación por la Paz Gernica. En Juan se da la condición de padre de Ana, con lo que la película no puede abandonar esa complicidad familiar de anécdotas, pesares, satisfacciones y decepciones que sólo existen en la intimidad de un núcleo muy cerrado, y a ese núcleo se incorpora, en un  momento dado la persona de Roberto, presunto periodista que, sin embargo, terminó resultando ser un agente de la guardia civil colocado allí para conocer cualquier paso y cualquier estrategia que el entorno abertzale revelara al mediador y ayudara a los servicios contraterroristas. Ese es el armazón que da origen a la película, salpicado por episodios en los que el poder torpedea esas soluciones negociadas acabando con la reputación del negociador, pero el núcleo de conseguir saber si entre Juan y Roberto puede volver a existir una comunicación fluída y sin rencores se transforma más en un empeño de la hija-directora que en una necesidad del presuntamente traicionado Juan, que no lo siente de esa manera. Por eso es de alabar que la película, en esa mutación de última hora, abandone, programada u ocasionalmente, esa línea discursiva y baje el telón descubriendo su entramado interno, sus lados oscuros y sus soluciones improvisadas, ahí reside el verdadero interés de «Mudar la piel».

MUDAR LA PIEL. España. 2018. Directores: Ana Schulz, Cristóbal Fernández. Aparecen: Juan Gutiérrez, Frauke Schulz Utermöhl, Mingo Ràfols, Ana Schulz. Productores: Leire Apellaniz, Juan Barrero. Fotografía: Cristóbal Fernández. Música: Fred Frith, Alfred Schnittke. Guión: Ana Schulz.Sonido: Alazne Ameztoy, Jonathan Darch. Edición: Cristóbal Fernández, Ana Schulz. Productora: Sr. y Sra. Coproducción: LABYRINT Films. 87 minutos.

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