viernes, 22 de junio de 2018

FUNAN (Denis Do, 2018)



FUNAN (Denis Do, 2018)



Mi primer contacto cinematográfico con el genocidio camboyano tuvo lugar con la tramposa, pero efectiva, a la par que gradilocuente, “Los gritos del silencio”, de Roland Joffé, mediados los años 80. Pero nada será capaz de igualar la excelencia del cine de Rithy Panh para reflejar, con osadía, contención y sentido del testimonio histórico y legado para el futuro, el horror que se desencadenó en el país asiático durante apenas cuatro años, suficientes para retrotraerse al medievo más sanguinario y para exterminar alrededor de 2 millones de habitantes de un país que, en 1975, no llegaba a los 8. Películas como “S-21”, “L,image manquante”, “Duch”, “Les gens d,Angkor”, “Exile”, conforman un catálogo insustituible sobre el mal inherente al hombre y sobre un episodio histórico que aún hoy permanece lacerante sobre el país por haber afectado trasversalmente a varias generaciones, incapaces de comprender lo que estaba sucediendo a su alrededor, en aquella vorágine exterminadora que separaba a los “anciannes citadins” de los “nouveaux citadins”, un nuevo régimen que ejemplificaba las esencias del país en el campesinado inculto, atrasado, primitivo y que exterminó, mediante la palabra reeducación, a cualquier persona con estudios, con trabajos técnicos, obligando a un éxodo a los habitantes de las ciudades para ser reconvertidos en esclavos del Angkar (el “partido”, Angkar sabe lo que es mejor para ti, obedece) bajo inhumanas condiciones de vida por ser contrarrevolucionarios traidores al espíritu del pueblo.


“Funan” utiliza el nombre clásico del antiguo reino asentado entre los siglos I a VI en las actuales Camboya y Vietnam hasta su conquista por el vecino reino de Champa, “Funan” representa así, la idealización política de un reino pasado que se sustentaba sobre la agricultura y que, en pleno siglo XX fue utilizado para oponerse a la occidentalización y economía capitalista del país en unos años en que, en esa zona del planeta, se sucedían las guerras por el poder geoestratégico entre los dos bloques, dando lugar a comunismos tan antagónicos como el chino, el vietnamita, el laosiano o el camboyano. Así pues, la tarea de Do parte de un referente difícilmente igualable en lo cinematográfico y bastante conocido en lo histórico, y por ello es aún más estimable su trabajo, porque sin pretender superar los referentes, entrega una película notable, muy digna en su planteamiento y resolución, que huye de los efectismos fáciles del maniqueísmo entre buenos y malos y rehúsa mostrar la violencia con toda su crudeza. Para alcanzar sus propósitos se sirve de la animación, una línea clara donde la crudeza del fondo de lo que se cuenta no rehúye la belleza del entorno, en la que el sufrimiento, el dolor, el agotamiento del sobreesfuerzo y la deficiente alimentación no esconde el enorme atractivo de una puesta de sol sobre los arrozales o las colinas que los rodean. Un evidente acierto el de no evitar, siempre, las dos caras de la moneda, lo atroz y lo bello, la maldad y la bondad, el sacrificio y los frutos, la perseverancia y el egoísmo, la armonía y la desintegración, con una evidente apuesta hasta por lo onírico y lo heroico en esa idea de la huida que no termina de fructificar. 

Hasta abril de 1975 la población de la capital, Phnom Penh, parecía ajena a los ecos de guerra que se propagaban por el país y que se iban acercando, poco a poco, hacia su centro neurálgico. Es así que el preámbulo de la historia, aunque esté precedido de ese grito desesperado de una madre que no encuentra a su hijo rodeado por sombras indiferentes y amenazantes y que anuncia la evolución de lo que después se verá, se centra en la cotidianeidad de una vida occidentalizada de clase media con educación que, el 17 de abril de 1975, se despierta con la entrada de los khemeres rojos en la capital, y el descubrimiento de que se ha pasado a ser sospechoso y ciudadano de segunda solamente por el hecho de no vivir en el campo, y ese “impasse” de días hasta que se ordena el desalojo y el traslado forzoso de un millón y medio de personas hacia los campos de todo el país para potenciar la producción agrícola como germen de la nueva sociedad a reivindicar es el primer momento para empezar a abrir los ojos y darse cuenta de que ya nada va a volver a ser igual.

Nada de lo que vemos debería sorprendernos, a poco que uno haya intentado informarse conoce lo que fue la marcha, obligar a atravesar campos minados por la guerra, la rapiña de los bienes de los detenidos sin juicio, el trabajo en el campo, la separación de las familias, el asesinato más colectivo que selectivo, los abusos, los desprecios, las amenazas, el miedo, la envidia, el egoismo. No incide Do en la generalización, sino que centraliza la narración en una familia y su progresiva desaparición a lo largo de los 4 años de cautiverio, marcados por la sucesión de desgracias y la separación accidental entre el joven matrimonio, formado por Chou y Khuon (voces de Berenice Bejo y Louis Garrel), y su hijo Sovanh, verdadero leit motiv de la historia y que va justificando las acciones de todos ellos para intentar, en algún momento, recuperar la convivencia, aunque sea en el reducido, e infame, espacio de un campo.

El tiempo en condiciones tan extremas se hace interminable, sólo el dibujo demacrado del rostro de las víctimas permite advertir ese transcurrir soportado gracias a una idea, la del reencuentro. Mezclando las imágenes de las distintas situaciones por las que van pasando los personajes, sobre todo los femeninos, para que no perdamos de vista la referencia que les hace resistir. Este doloroso camino lleva a una conclusión hermosa y nada condescendiente, en el que liberarse de un pañuelo hace las veces de liberarse de unas cadenas. El contexto histórico es importante, pero para Do no es trascendente a la hora de que el espectador sienta lo que pudo suponer para centenares de miles de personas, pasar de ciudadanos a esclavos, ser humillados continuamente bajo la amenaza de un ajusticiamiento caprichoso, siendo más revelador comprobar cómo entre esas tropas alienadas y fanáticas podía existir, todavía, algún resto de humanidad individualizada, o cómo entre quienes sobreviven a duras penas, el egoísmo por la supervivencia les puede conducir a no cuestionarse, moralmente, ningún acto que les priva, precisamente siendo víctimas, de su dosis de humanidad, unas víctimas en las que sobresale la condición femenina, doblemente víctimas, por serlo y por ser mujeres.


El festival de Annecy ha premiado tres soberbias películas, ésta con su primer premio, “The breadwinners” con el segundo y “Casa Lobo” con el premio del jurado, tres tremendas maneras de reflejar la realidad de la perdición humana en medio del furibundo paisaje de la intolerancia, el fanatismo, la misoginia, el fascismo. Tres brutales retratos del poder llevado a sus últimas consecuencias exterminadoras bajo el paraguas condescendiente de la creación de sociedades modelo que no permitían la disidencia. Desde la línea clara de las dos primeras hasta la radicalidad experimental de “Casa Lobo”, el palmarés de esta última edición,  de uno de los festivales de animación de mayor prestigio, ha premiado tres soberanas obras de arte que, ojalá, puedan llegar a distribuirse en España.
 
FUNAN. Francia, Bélgica, Luxemburgo. 2018. Director: Denis Do. Productores delegados: Sébastien Onomo, David Grumbach, Louise Genis-Cosserat. Productora extranjera: Annemie Degryse. Directora de producción: Nadine Mombo. Director artístico: Michaël Crouzat. Guionista: Elise Trinh. Voz: Bérénice Bejo, Louis Garrel. Música: Thibault Kientz-Agyeman. Productoras: LES FILMS D’ICI, BAC FILMS. 86 minutos.