jueves, 1 de febrero de 2018

ATTENBERG (Athina Rachel Tsangari, 2010)



 

ATTENBERG (Athina Rachel Tsangari, 2010)

Dos mujeres jóvenes (Marina-Ariane Labed, Bella-Evangelina Randou) se sitúan en el centro del plano medio, frente a frente, como aquellos viejos muñequitos imantados que representaban a una pareja que se besaba como consecuencia de la atracción de los polos opuestos, con las manos en la espalda, sin pasión alguna ni excitación, con un fondo blanco que parece sinónimo de asepsia. El beso se transforma en un entrelazar de lenguas, “nunca he sentido nada húmedo en la lengua”, la torpeza de Marina contrasta con la naturalidad de Bella, asistimos al mundo de la representación y de la enseñanza, quien nunca ha besado se deja guiar para cuando llegue el momento por quien todo lo ha experimentado ya, a sus 23 años Marina sigue sin definir sus orientaciones de atracción, le gustan más las mujeres que los hombres, quienes identificados con su pene le producen asco, repulsión, pero ese gusto por las mujeres es diferente al que sienten los hombres, no hay deseo, no hay pulsión sexual en su amistad con Bella, simplemente hay un acomodo entre iguales, un mimetismo en el comportamiento que las lleve a coreografiar sus citas, a comportarse como espejos que ejecutan bailes y movimientos de cortejo como si fueran animales salvajes, esos que Marina contempla absorta en los documentales de Attenborough, de ahí el título. Marina es como uno de esos jóvenes ejemplares de cualquier especie que aprende viendo lo que sus mayores hacen, o repitiendo lo que se le enseña, cuando descubre el beso, aunque no le guste, tendrá que intentar llevarlo a la práctica, cuando se conciencia de que el sexo es natural, como en el apareamiento de las especies, también sentirá esa necesidad de experimentar, con o sin deseo, somos animales.




No resulta difícil emparentar entre sí las películas más significativas del nuevo cine griego, siendo el país que ha servido como banco de pruebas más salvaje para demostrar hasta dónde es capaz de aguantar la ciudadanía sin producirse una revolución social, tampoco es de extrañar que haya sido la cinematografía europea que mejor ha radiografiado, y antes, los efectos del saqueo económico y de derechos en las clases medias del continente. Más tarde ha llegado Portugal para incidir en el mismo aspecto pero una vez que se produjo la descompresión de conseguir que la izquierda gobernara el país, en España seguimos esperando una corriente lúcida y reconocible sobre los efectos del mismo fenómeno en nuestro cine, y ya es de temer que no la veremos, pero en Grecia hay un formalismo estético y argumental que une, sin necesidad de utilizar los famosos seis grados de separación, el cine de Lanthimos con el de Tsangari, el Lygizos con Koutras, el de Kotzamani con el Tzoumerkas, el de Exarchou con Ekonomides, en una envidiable paridad hombres y mujeres tras la cámara (de Portugal podría decirse otro tanto), el carácter estático y trágico de las imágenes remiten al coro griego que anticipa el desastre y el drama. Los espacios deteriorados, el abandono sistemático de los inmuebles, las urbanizaciones modélicas solamente el día de su inauguración para entrar, directamente, a un progresivo y acelerado estado de descomposición. Tsangari vacía los espacios de personas, el movimiento de Marina por la fábrica, el patio, la carretera, el hospital, la casa, está ausente de personas, no hay médicos que atiendan al padre, no hay compañeros de trabajo, no hay sino un brazo al que agarrarse y compartir movimiento, el de la amiga, por eso cuando aparece el ingeniero (casualmente Yorgos Lanthimos, justificando esa conexión apreciable entre unos y otros creadores, además productor de la película, como Tsangari lo fue de Canino) la relación también se activa a distancia y por impulsos, más como ritual animalesco que como resultado de la atracción, es el único hombre sobre la tierra descartada una relación sexual con un padre en estado terminal, es la única manera de mantener viva la necesidad de experimentar.





El padre es el arquitecto que diseñó la urbanización en la que vive junto con Marina, un espacio monoforme, de casas unifamiliares que vivieron mejores épocas, a punto de concluir el milenio la imagen del Olimpo aparece ensuciada por urbanizaciones y grúas, un mundo en obras que no progresan porque ya no hay quien compre ni quien venda. Una urbanización que no merece sino ser escupida una y otra vez, escupir es otro intercambio de fluídos, algo que sale de dentro para compartir, “¿qué es el semen? Pregunta Marina a su amiga, “los espermatozoides, imagina millares de hombres dispuestos a entrar en ti, lo he probado, pero al tiempo te sientes culpable”, “no lo sé, lo ignoro, no lo he probado”, ellas hablan de un sueño, pero Marina confunde los sueños con la realidad como confunde los rituales de comportamiento animal con su propio progreso personal. Mientras Marina aprende a vivir, experimenta  nuevos sentidos, nuevas sensaciones aparentemente sin deseo, sólo como aprendizaje, lo que ve en televisión en los animales quiere aplicarlo para sí en su comportamiento diario, coincidiendo con tener que ir asumiendo la idea de la inevitable muerte del padre, nada más griego que unir eros y tánatos en el mismo relato con todo el sinfín de relaciones freudianas que pueden extraerse de las conversaciones entre padre e hija.




En la reciente “Chevalier” la directora escrutaba un mundo exclusivamente masculino resultante de las cenizas de la crisis, una competición que tenía mucho de encontrar al macho alfa de la manada elitista que puede presumir de enriquecerse con el dolor ajeno, en “Attenberg” el ojo se sitúa sobre la mujer y la visión de la película también es femenina, una mujer que aprende, que siente rechazo hacia sus propias pulsiones y se asusta ante la amenaza del referente paterno después de haber superado la muerte de la madre años atrás. Es un polluelo que empieza a moverse de manera independiente, que mueve las clavículas como si unas incipientes alas empezaran a despuntar en su espalda, que descubre que el sexo ni es tan desagradable ni tan antinatural, que lo que comienza siendo un ritual de apareamiento mecánico y sin fines de procreación termina convirtiéndose en algo espontáneo, lo que empezó en la oscuridad se termina desarrollando a plena luz del día justo cuando el padre acaba de morir, en una sucesión que constata el fín de un viejo orden arruinado y el inicio de otro en el que las nuevas generaciones aún no han sabido aprender a volar por si solas por encima de los restos de una degradación que amenaza el propio aire que se respira. Sólo al final, constatado que Grecia no es un lugar deseable ni para morir, algo parecido a una lágrima asoma en los ojos de Marina, justo después de vaciar la urna recibida desde Hamburgo con las cenizas del padre. Hasta entonces la falta de empatía, de humanismo, de sentimientos de la joven, revela la parálisis afectiva de un país que ha saltado por los aires. Concluir en un espacio que recuerda “El desierto rojo” de Antonioni no es mal telón final.





TITULO ORIGINAL: ATTENBERG. Grecia. 2010. Dirección: Athina Rachel Tsangari. Duración: 95 min. Reparto: Ariane Labed, Giorgos Lanthimos, Vangelis Mourikis, Evangelia Randou. Productora: Greek Film Center, Stefi S.A., Boo Productions, Haos Films, Faliro House Productions. Fotografía: Thimios Bakatatakis. Guión: Athina Rachel Tsangari. Montaje: Matthew Johnson, Sandrine Cheyrol. Producción: Angelos Venetis, Athina Rachel Tsangari, Giorgos Lanthimos, Iraklis Mavroidis, Maria Hatzakou