miércoles, 6 de diciembre de 2017

BRAGUINO (Clement Cogitore, 2017)

BRAGINO (Clement Cogitore, 2017) 
Hasta el 23 de diciembre quienes visiten Paris pueden buscar la exposición de Clément Cogitore sobre «Bragino, la communauté impossible», para quienes no lo hagan o vista crezca su curiosidad, pueden suplir esa ausencia a través del Canal Arte y ver en abierto y subtitulada, una de las películas más poderosas de la temporada, rodada con la sencillez de un documental que sabe dónde se dirige y lo que quiere reflejar, con el minimalismo de sus escasos 50 minutos y enfocando donde realmente quiere incidir, en la intrínseca naturaleza humana diseñada para hacer daño, tanto a la naturaleza como a sus semejantes, sobre todo si entra en juego la codicia en forma de posesiones, poder o dinero. «Bragino» respira ese aire de western fronterizo donde cada uno tiene que velar por si mismo y los suyos y no esperar que el gobierno te ampare, normalmente porque éste va a estar siempre apoyando al más fuerte, o al más rico económicamente. Los Braguine y los Kiline son dos familias que viven a 700 kms. del núcleo urbano más cercano, si es que en Siberia existe algo parecido a un núcleo urbano, sin acceso a sus propiedades por carretera. En el territorio de la taiga siberiana su contacto con el exterior es, para los Braguine, una radio artesanal y una lancha con la que moverse y cazar. En contraposición los Kiline disponen de varias lanchas, la familia es numerosa e inabarcable con la vista, y periódicamente reciben gente armada en helicópteros que se dedican a esquilmar el bosque cazando sin límites, lo que los Braguine llaman «los corruptos».


Cogitore se inserta como un ojo portátil en la familia que le acoge, no interactúa con ellos delante de la cámara, filma su modo de vida desde el inclemente invierno al verano pleno de mosquitos, pero siempre se respira ese aire de amenaza, de expectación a punto de estallar en violencia irrefrenable que una relación de vecindad mal llevada ha ido enquistando, dos vecinos que no se hablan, que no se ayudan, que están separados por una valla que les impide la visión directa salvo cuando ambos salen al río, una valla que ha ido creciendo a costa de su terreno según los Braguine. En ese fiero mundo de los adultos el director introduce otra mirada aún virgen, los ojos de la infancia de ambas familias que reflejan el temor al diferente y, a la vez, la curiosidad de la novedad, como si mirándose no descubrieran nada anormal en el otro grup que justifique ese odio generacional. Frente a las casas de ambos, separadas en la inmensidad de ese territorio por una ridícula frontera que dibuja a las claras la filosofía hobbesiana, existe un espacio neutral respetado por ambos, entre otras cosas porque es inapropiable al depender de las crecidas del río y los aluviones del mismo (como ocurría en la película georgiana «Corn Island»), una isla en medio de la nada que los niños de ambas familias utilizan para jugar, para tantearse, como dos camadas de cachorros que no pueden mezclarse, y que sin enseñarse los dientes, se vigilan y se valoran como contrincantes. Esta infancia aún destila inocencia y posibilidad de redención, pero es una visión poetizada por la cámara de Cogitore que se centra en sus miradas, sus juegos, sus cuerpos, sus cabellos rubios en medio de la inmensidad de un espacio salvaje y peligroso. Donde Herzog en «Happy people» incidía en la lucha por la supervivencia en medio de un entorno de naturaleza tan hostil, Cogitore sitúa su observación en el peligro que surge del propio hombre, tanto hacia sus semejantes como hacia su entorno.


Sin ir más lejos este año ha habido otros documentales donde lo importante parece conseguirse una vez encontrado el personaje magnético, ocurre, por ejemplo en «La falda de la montaña» o en «Omar y Gloria», pero el discurso cinematográfico se agota rápidamente cuando el personaje ya no puede dar más de sí dentro de su peculiaridad y su rango distintivo. Aquí no, aquí al núcleo familiar dispar, alejado de todo contacto humano, con niños nacidos en medio de la nada, criados en comunidad, sin contacto con nadie que no sea la propia familia, el director le añade una historia, un discurso que hace que la narración progrese y nosotros podamos mantenernos en vilo sobre si la amenaza de violencia se materializará o no. Los Braguine son retratados como respetuosos con el medio que han escogido para vivir, frente a los esquilmadores Kiline, cuyo éxito estriba en organizar esas cacerías espantosas que no vemos pero intuímos, en las que ricos rusos aparecen armados hasta los dientes dispuestos a matar cuanto más mejor, incluso al que se oponga a su diversión, pero tampoco hay un intento de mitificar a los protagonistas, porque en aras de proteger a la familia no dudarán en cazar sin necesidad, matar al oso que desde hace días merodea por su casa y puede terminar atacando a alguno de los integrantes. Hay ese respeto por la naturaleza, pero no hay el idealismo de Kurosawa en «Dersu Uzala», no, los Braguine luchan por sobrevivir, pero saben que el peligro no proviene tanto de la naturaleza como de sus vecinos. Cogitore transforma el documental en una verdadera ficción sin necesidad de inventar nada, simplemente usando su cámara y enfocando lo que sucede a su alrededor, dejando que esas manadas enfrentadas interaccionen delante de él y colocando, en el momento preciso, al vecino como una presencia fugaz que elimina todo vestigio de armonía.



Que esta película gane en Donosti frente a rivales de tanto peso como Hong Sang soo, Ostlund, Metev, Manivel, Depardon, Wiseman....en la sección Zabaltegui sí que indica algo en este caso, que su juego con la realidad para construir un relato solidísimo y minimalístico, depurando la historia de todo elemento superfluo, consigue dotar al conjunto de tanta intensidad y ritmo que uno asiste ansioso a su desarrollo, generando endorfinas por la tensión provocada por la violencia latente, o hipnotizados por la mirada infantil, o asombrados por lo fácil que resulta acabar y despiezar un animal tan majestuoso como un oso. Simbólicamente, la muerte del oso puede interpretarse como la muerte anticipada de una familia que ya no consigue contactar con la autoridad, es el anticipo del fín de un mundo aislado y que pretendió sobrevivir al margen de normas escritas y presencia humana. El anuncio de una oración por el oso muerto coincide en pantalla con la imagen de la cabeza del propio oso sobre una especie de improvisado túmulo en el que no resiste su propio empuje y termina rodando por el suelo, el orgullo, la fuerza, el poder del oso es la misma fuerza de voluntad de los Braguine para permanecer y resistir en un entorno doblemente hostil, un entorno en el que un error en pleno invierno puede llevarte a la muerte, pero en el que un disparo certero desde la vecindad es más probable que el zarpazo de un oso hambriento.