lunes, 7 de enero de 2019

TEN YEARS THAILAND (Apichatpong Weerashetakul y otros, 2018)


El cine de capítulos, o de cortos condensados en una única obra, del mismo, o de varios directores, suele adolecer de ciertas incoherencias internas, diferencias de estilo, notables altibajos de calidad, que resienten el resultado final. "Ten years Thailand" no puede ser una excepción a esa regla confirmada durante décadas, y entre sus cuatro historias, todas marcadas por una directriz de los productores, que es imaginar Tailandia dentro de diez años, las diferencias de interés se hacen muy palpables, con dos muy buenas obras, la primera y la cuarta, sobre todo la primera, de Aditya Assarat, y la muy reconocible en estilo de Apichatpong Weerashetakul, una irregular segunda historia de Wisit Sasanatieng y un experimento friqui más cercano a la instalación museística a cargo de Chulayamnon Siriphol. La película responde al relativo éxito de una pieza previa, "Ten years Hong Kong", que parte de la misma premisa, encargar a varios directores de la ciudad estado, una breve historia cuyo epicentro se encuentre a diez años vista, con el horizonte de la plena integración de la ciudad a la vecina China. Un país convulso en lo político como es Tailandia, se convierte en la segunda etapa de esta propuesta. Un país bajo control militar y un rey que va afianzando su poder, diluida, aparentemente, la protesta social de los "Camisas Rojas", no puede ofrecer a sus artistas un futuro prometedor a diez años vista, por eso, recurriendo a la violencia extrema, a la videovigilancia, a la depuración del disidente o alienándonos con productos relajantes que nos abstraigan de la realidad, los cortos reunidos en esta colección no aportan salidas esperanzadoras.





















Que el primer corto, el de Aditya Assarat, sea, precisamente, el de mayor calado intelectual, el más abiertamente crítico con lo que sucede, y va a suceder, en un país, que como el mundo, se encamina a la censura y a la posverdad, produce un efecto de progresivo desinfle del conjunto al comprobar que el resto de historias no se encuentran a la misma altura. "Wonderful town" juega con el arte como elemento de perturbación de las autoridades. Una exposición de una fotógrafa bajo el título "Reí muy fuerte y lloré", produce una visita policial a la misma para comprobar, in situ, quejas recibidas por parte de los visitantes. Alumna de un artista censurado en el país, la fotógrafa es incapaz de reaccionar ante las críticas que recibe de los policías militarizados que le lanzan la interrogante de estar provocando una idea "equivocada" sobre el país. Así, jóvenes riéndose ante monumentos, o policías llorando en público, son interpretados como abiertos ataques al régimen, una visita que concluye con una advertencia para que "la provocación" no vuelva a ocurrir. Paralelamente, y ahí se encuentra el verdadero poderío de la obra, uno de los policías, que simplemente acompaña al oficial durante su servicio obligatorio, asiste intrigado, como el resto de espectadores que contemplan la actuación policial, y sorprendido, a la reacción oficial, mientras su mente está ocupada en cómo declararse ante la joven limpiadora, diplomada universitaria, que atiende las instalaciones. Assarat traslada así, el foco visual de la historia a un doble eje, el de la política y la represión, y el de la vida común de la gente de la calle que va a seguir viviendo, enamorándose, haciendo fotos y, en definitiva, sonriendo ante una cámara sin que ello implique un acto de protesta política sino un acto de vida sublime.

























"TEARS OF A BLACK TIGER" juega con la fábula distópica de un futuro dominado por una raza de humanos-gato donde los pocos humanos puros que perviven lo hacen en la clandestinidad y en la incertidumbre de ser descubiertos y masacrados. Wisit Sasanatieng traslada aquí el control y la represión, de los cuerpos policiales a la masa social, cómplice y colaboradora, cuando no ejecutora, de los planes supremacistas de los líderes gatunos. En medio de ese estado fascista, la empatía y la compasión humana son utilizadas como autodelación por la clase dominante para ir descubriendo a esos seres camuflados entre la nueva especie, aunque, en ocasiones, el germen, la semilla, de un futuro en convivencia puede ir arraigando para, en un futuro, conseguir revertir la situación presente. La obediencia ciega, el seguidismo cómplice, la influenciabilidad de la masa, la anulación de lo individual, y algún toque de humor surrealista, dan cuerpo a un cuento futurista que, en definitiva, habla de las razzias persistentes en la historia de la humanidad y que puede repetirse en un futuro no muy lejano en un país como Tailandia con los integrantes de la oposición, porque distinguir a un partidario o no del régimen, obliga a usar la mentira y la traición, porque los hombres-gato sólo distinguen al humano no por su aspecto, sino por su olor, y el olor puede ser camuflado, lo que exige el engaño en el desenmascaramiento.

METRÓPOLIS-PLANETARIUM, del videoartista Chulayamnon Siripol es, con diferencia, el más flojo de los cortos que componen la serie. No exento de interés, más por su fondo que por su forma, su comienzo es prometedor en una sociedad digna de "1984" donde todo está militarizado, milimetrado, controlado. El observatorio astronómico y el complejo deportivo que sirven de sede a la jefa de gobierno, junto con un espectral humano que aparece de vez en cuando vestido como rey del país, más marioneta que poder efectivo, no se utiliza para escrutar el espacio, sino para adentrarse en la intimidad de los ciudadanos, a quienes, a gusto y conveniencia del poder, puede interrumpirse en cualquier momento en sus actividades, provocando una parálisis que se desactiva por el capricho temporal de quien maneja ese mando a distancia paralizador, y que sólo obliga a intervenir cuando la disidencia se niega a seguir las órdenes arbitrarias del poder simulando una muerte que termina imponiéndose como castigo. El régimen no admite desobediencias, y ya sea real o metafórica, la eliminación de los adversarios conlleva su confinamiento, su electrocutación, su lanzamiento a un espacio exterior y posterior troceamiento que termina provocando el colapso del sistema, porque no hay poder que pueda ejercerse de manera ilimitada de manera autocrática sin contestación. El dispositivo visual utilizado provoca el desinterés cuando, a la buena idea de imaginar el centro de poder como un lugar de vigilancia, le sucede el uso indiscriminado de la animación 2D y el neón con referencias budistas en su segunda mitad.

SONG OF THE CITY de Apitchapong Weerashetakul reúne las características visuales más reconocibles del cine reciente del director, utilizando los espacios de su ciudad natal, Khon Kaen, para, sin criticar abiertamente la situación política del país, evidenciar el absurdo de unas obras en un espacio público dedicado a homenajear a un militar golpista de la década de los 50. El espacio, a medio rehabilitar, no impide la presencia de ciudadanos llevando a cabo su actividad cotidiana, charlar, pasear, cantar músicas tradicionales, vender productos de relajación encaminados a diluir el pensamiento esquivando esa realidad que se materializa en los muros de las paredes con la reproducción de las gestas guerreras y cívicas del personaje en cuestión. Pocas palabras y mucha contemplación, poco interés del ciudadano por honrar a un personaje que ha de soportarse como peso del pasado por imposición del poder actual. Trabajadores con camisetas rojas llevan a cabo su trabajo en medio del calor tropical, con profesionalidad pero sin entusiasmo, mientras el capataz, de vez en cuando, lanza una mirada interrogante a esa estatua que permanece de pie, en medio del parque, rodeado de montañas de tierra y obras a medio terminar, como si Tailandia, en definitiva, se tratara de eso, de una ingente cantidad de trabajo pendiente que, por muy alto que se coloquen los militares, no tiene visos de concluir.




TEN YEARS THAILAND. Tailandia, Hong Kong, Japón. 2018. 92 min. DIRECCIÓN: Aditya Assarat, Wisit Sasanatieng, Chulayarnnon Siriphol, Apichatpong Weerasethakul. PRODUCCIÓN: Cattleya Paosrijaroen, Soros Sukhum, Aditya Assarat, Felix Tsang, Lorraine Ma. FOTOGRAFÍA: Sarun Srisingchai, Pitthai Smithsuth, Pasit Tandaechanurat, Chatchai Suban. Intérpretes: Boonyarit Wiangnon, Kidakarn Chatkaewmanee, Tanasawan Thepsatorn

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