martes, 29 de enero de 2019

SOPHIA ANTIPOLIS (Virgil Vernier, 2018)








En "Sophia Antípolis" el director Virgil Vernier utiliza el dispositivo que tan bien funciona en "Mercuriales" para ofrecer una imagen desasosegante del primer mundo, focalizado en una ciudad falsa y fantasma como la del título. Una creación impuesta para crear una especie de comunidad científica en el departamento de Alpes Marítimos, cerca de Antibes, mezcla de industria avanzada y lugar de esparcimiento, como un parque temático de la nueva era industrial y, al tiempo, lugar de vacaciones en la Costa Azul, próxima a Niza, Cannes. Lujo impersonal, fachada exterior, mucha soledad, mucha decepción, mucha vida vacía. En la película los personajes van dándose un relevo invisible que aporta información de esa inexistencia de rumbo personal que conduce a jóvenes de belleza indiscutible a someterse a operaciones estéticas para aumentar sus pechos, a viudas acomodadas a encontrar una respuesta a sus vidas estancadas en nuevas propuestas milenaristas cercanas a las sectas, a madres cuyas hijas desaparecen por voluntad propia a buscar respuestas a intentar encontrar respuestas, a vigilantes de seguridad de un escenario vacío a convertirse en justicieros limpiadores de vagabundos, extranjeros, ocupas, en definitiva, a seguir un camino en el que el centro narrativo se encuentra en una muerte, en una cruel muerte de una adolescente de 16 años operada por lo mismo que las primeras jóvenes que vemos en pantalla, para adquirir seguridad en sí mismas basada en el aspecto físico determinante, para su juicio, de la aprobación masculina.

"J’habite à Paris, intramuros, une ville qui a beaucoup changé, qui va nous obliger un jour à la quitter, par la force des choses. Elle ressemble de plus en plus à ces villes occupées par les marques de luxe, la haute bourgeoisie, les fortunes mondiales, la haute finance. Ce sera bientôt un lieu de luxe pour tourisme mondialisé. J’aime ma ville, mais bientôt je n’aurai plus les moyens d’y rester." Virgil Vernier a Telerama
Qué mueve a todos estos personajes a mantenerse con vida no tiene más respuesta que su juventud, egoista e interesada la mayoría de las veces, que pasa de la emoción de hacer una depilación brasileña integral a una persona joven, al asco ("degoutant") indisimulado de atender a una sesentona; o el instinto de supervivencia, de miércoles a miércoles por una cita, esperar la llamada de esa hija que decidiò crear una nueva vida, imaginar un futuro mejor en un hombre deformado por el efecto del fuego. Los escenario por los que se mueven los personajes de Vernier no dejan de ser reales, pero llenos de huecos por los que esa realidad se transforma en un decorado fantasmal y sin alma propia. Como la ciudad, ejemplo de la ausencia de núcleo, de población, ideada para que un vecino no conozca al resto, mezcla de lenguas que transforma en una Babel incompresible la posibilidad de comunicación interpersonal, una ciudad de fronteras y esquemas imprecisos donde el descanso y el aislamiento van de la mano de un nuevo modo de concebir la existencia como ausencia de sociedad. Estas ciudades, la Paris de "Mercuriales" o la "S.A." del mismo título, remiten al descreimiento de los relatos de Houellebecq. Individualismo, miedo, soledad, desmotivación, inseguridades, se concentran en los personajes que acompañan al cine de Vernier en un calculado proceso de desmoronamiento, en el que a cada uno le importa muy poco lo que sucede a su alrededor, salvo que le afecte de manera directa.



Hay un sol que aplana a los habitantes silenciosos de esta ciudad creada de la nada, un sol de verano que confunde la estancia vacacional con la estancia permanente. Esferas vitales apenas tangentes que son incapaces de discernir cómo lo que parece no afectarles, se desarrolla, precisamente, porque sí les afecta por muy distantes que se sientan del hecho, pues las consecuencias les alcanzarán de lleno. Jóvenes y adultos apenas si quieren reflexionar porque aquello que se vislumbra como futuro resulta muy poco alentador. El mar no deja de ser un espejismo, una invitación superflua al descanso y al relax que no oculta el molesto reflejo del sol sobre sus aguas, como molesta es la realidad en la que vive todo este conjunto heterogéneo de personas que, por muy diferentes motivos, comparten el espacio físico de la urbe tecnológica y vacacional sin tocarse. Las preguntas quedan sin respuesta en el cine de Vernier, pero comprobamos sin posibilidad de descarte, que aquello que compromete la estabilidad de un grupo de personas se extiende, como un reguero de pólvora, a la existencia solitaria del resto de una Europa que se debate entre la violencia y la mano dura, entre la belleza moldeada a gusto del capitalismo y el desprecio a la madurez y vejez como sinónimos de fracaso ante el tiempo. Los enemigos de estas socializadas, ficticiamente, comunidades sin nexos no son visibles. Los pobres, los emigrantes, carecen de espacio en una ciudad de enormes dimensiones cuya vigilancia la policía cede a las empresas privadas, mientras, el crimen aparece de repente, y brutalmente, y altera ese estado letárgico e inmóvil de la gente como una sacudida que pasa tan rápido como fugaz es la noticia.
Asistimos así a una ficción que no desdeña la realidad, la realidad de la calle trasladada a un ejercicio simbólico de reproducción fílmica donde los espacios no se modifican, si acaso se saturan en su color para dar esa sensación de agobio, de asfixiamiento progresivo en un estancamiento absoluto de los deseos humanos, como en L,étranger de Camus, sustituyendo la actividad por la violencia o la desesperanza, e incluso, por las falsas esperanzas en otras vidas o civilizaciones. La apariencia de asepsia, orden y limpieza queda en entredicho por los carteles que reflejan la realidad de un proyecto sin éxito, "á louer, á louer", recogen ese estado de las cosas en una de las primeras economías del mundo, como una sombra ennegrecida en una pared de un local la despiadada aparición de la violencia para eliminar rastros, o la expulsión de un inmigrante indica la radicalidad de la presencia del Frente Nacional en el día a día de una zona donde tuvo su primer auge, mientras la mirada perdida de una adolescente a través de unos cristales empañados de un ascensor señala  la inevitable caída hacia la depresión de un mundo sin salida para quien todavía no debería sentir el peso de la derrota anticipada. Vernier se muestra, de nuevo, como un desasosegante cronista de la sociedad francesa, y su cine tenemos que seguir esperándolo con atención.
 
SOPHIA ANTÍPOLIS. Francia. 2018. Dirección y Guión: Virgil Vernier. Fotografía: Simon Roca, Tom Harari. Edición: Charlotte Cherici. Sonido: Jean Collot, Olivier Vieillefond, Simon Apostolou. Música: James Ferarro. Productor: Jean-Christophe Reymond. Compañía Productora: Kazak Productions. Intérpretes: Dewi Kunetz, Sandra Poitoux, Hugues Njiba-Mukuna, Bruck, Lilith Grasmug. 97 minutos.

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