miércoles, 23 de enero de 2019

LOS ÁNGELES VISTEN DE BLANCO. ( “Jia Nian Hua”, Vivian Qu, 2018)



Entre las piernas de una monumental escultura de Marilyn Monroe, hortera en apariencia y colorido, reproduciendo la escena de “La tentación vive arriba”, podemos optar por vislumbrar un escenario de grúas que se dedican al crecimiento urbanístico obsesivo y enfermizo, o alzar la vista hacia arriba y contemplar la ropa interior de la crecida muñeca. Esos pies de uñas pintadas de rojo serán punto de encuentro a lo largo de la película de Vivian Qu en varias ocasiones, pero es esa imagen inicial, reproducida como ángel caído al final de trayecto, el resumen perfecto del estado de las cosas en China, el poder del dinero, representado por las grúas, y el poder del sexo, o el poder para tener sexo con, y cuando, se quiera, amparándose en el abuso de la posición dominante. 



Mia, Wen y Lily serían los ejemplos de mujeres cuyo futuro se ha destrozado por su condición femenina, la abogada Hao el de la mujer dispuesta a sacrificar su futuro profesional como acusadora en asuntos de abusos de menores, cuando no directamente de pederastia. Por el camino las madres de unas niñas de 12 años, víctimas de agresión sexual a manos de un cargo político, reviven su propio pasado siempre condicionado por ser mujer. Estamos ante un relato femenino de las consecuencias y frustraciones de no ser libre por el género, en el que los hombres se mueven por intereses, siempre de poder, dominación e impunidad; motivaciones que terminan extendiéndose a las mujeres desde su infancia, acostumbrándolas a ser mero objeto de placer, sin capacidad de decisión. En la edad en la que se da el salto de la infancia a la adolescencia, el origen social, y las posibilidades de defensa familiar, son tan importantes como discernir quien se acerca a cada mujer y para qué.


Vivian Qu, productora de la premiada “Black Coal”, representante de esta sexta generación de cineastas chinos surgidos a partir del mazazo de Tianammen y dispuestos a ofrecer una mirada sobre la China actual crítica desde la contención que exige la censura, con directores como Jia Zhangke, Diao Yinan, Zhang Yuan, Wang Xiaoshuai……., una directora con conexiones con la China angloparlante y la metrópoli, se sirve del relato negro para ir acomodando imágenes y discurso hacia la crítica social sin que en ese empeño se ataque directamente a la estructura de mando, sino a sus miembros corrompidos. Pero si algo consigue la película de Qu es precisamente, lo que debe haber inspirado su obra, denunciar el sistemático acoso a la mujer y la facilidad con que el poderoso es capaz de mantener libre su expediente a base de dos armas, el abuso de su posición y el silencio que otorga el dinero.


Siendo el detonante de la acción un hecho que se mantiene en fuera de campo pero que no nos cuesta imaginar, en el que un dirigente local borracho aparece en un hotel de playa (construido gracias a comisiones y mordidas) acompañado de dos niñas de 12 años vestidas como colegialas, alquilando dos habitaciones para dar apariencia de que no van a dormir juntos, mientras las cámaras de seguridad demuestran que el adulto termina entrando en la habitación de las menores; la posterior investigación criminal va quedando en un segundo plano conforme las carencias sociales y afectivas van saliendo al descubierto. Una policía manifiestamente incompetente que piensa en la mujer como agente provocador y no como en una víctima, un sistema de salud que trata con una frialdad absoluta a dos niñas que acaban de ser violadas y se niegan, quizás anticipando un combate en el que no puede haber victoria, a contar lo sucedido y a revelar la identidad del autor que todo el mundo conoce; unos padres que no se alarman porque sus hijas no duerman en casa una noche o que, pasadas las semanas, prefieran recibir un iphone y una matrícula en un colegio privado para sus hijas antes de seguir exigiendo de la policía que esclarezca el suceso.




Todos los actores del proceso se muestran deliberadamente equívocos en sus intenciones mientras la menor más afectada y la jovencísima recepcionista del hotel, única testigo real de la llegada al mismo, deambulan sin rumbo, cada vez más confundidas, ante la evidencia de que, su papel de víctimas directa y secundaria, sólo les va a reportar un más que difícil futuro. “No seré una mujer cuando renazca” terminará confesando Lily, la bella recepcionista titular del hotel, a Mia, la adolescente suplente por amistad, cuando después de muchos abusos, desprecios y violencia, tome conciencia de que su obsesión estética lo único que hace es perdurar el molde impuesto por los hombres para disfrutar de las mujeres como mercancía perecedera fácilmente sustituible. En un mundo amoral, una mujer de 20 años empieza a ser vieja para satisfacer los deseos sexuales, que no son sino reflejo del poder de la nomenclatura, aunque ésta pertenezca a los escalones más bajos de la administración.


El mar aparece así como una invitación al escape, a limpiar una mente perturbada antes de tiempo por la acción, u omisión de los adultos. Ante la evidencia de la violación, los adultos son incapaces de asumir culpa alguna, y la única reacción de una madre superada por su propia responsabilidad es la de negar la feminidad de su hija cortándole el pelo, rompiéndole los vestidos y tirando sus cosméticos, convertirla estéticamente en un pequeño varón para evitar la atracción física de los depredadores, victimizando, en suma, doblemente, a quien simplemente ha empezado a ser mujer de la manera que libremente va conformando, ajena a la posibilidad de que su sexualidad en desarrollo pueda ser violentada por el deseo infame de personas de su entorno.


En ese entorno, la victimización del sexo, el oscurantismo pecaminoso que culpa cualquier alusión sexual, termina cayendo sobre las mujeres, sean reales, sean menores de edad o sean reproducciones de iconos occidentales cuya falda demasiado alta, permite asomarse a unos genitales tapados por una ropa interior cuya visión parecería justificar cualquier reacción masculina bajo el inaceptable pretexto de la provocación. El relato va acercándose hacia la violencia, sin llegar a estallar con la contundencia que uno teme, pero manteniéndose en el larvado estado que paraliza a las protagonistas. Malo es ser víctima de la violencia sexual, pero peores parecen las consecuencias de querer denunciarlo o aprovecharse de la condición de testigo. Los vestidos blancos de novia de todas las parejas que se dan cita en la playa para hacerse los reportajes del momento no engañan al ojo del espectador, no hay pureza en un mundo donde por miserables cantidades de dinero se compran voluntades, lealtades y leyes. Es un mundo del que solo cabe huir intentando encontrar nuevos anonimatos, aunque ello signifique seguir una estatua de libertad derrumbada por la falsa moral masculina.


LOS ÁNGELES VISTEN DE BLANCO. Título Original: JIA NIAN HUA. 2017. China. 107 min. Dirección y Guión: Vivian Qu. Dirección de Fotografía: Benoît Dervaux. Productoras: 22 Hours Films, Hangzhou Puhua Chuansheng Cultural Investment Partner, Kashgar J.Q. Media & Culture. Edición: Hongyu Yang. Música: Zi Wen. Reparto: Ke Shi, Weiwei Liu, Mengnan Li, Qi Wen, Yuexin Wang

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