sábado, 19 de enero de 2019

LA CAMARISTA (Lila Avilés, 2018)


Con inteligencia y sensibilidad, la película de Lila Avilés, centrada en un, casi único, personaje, permite trascender de lo particular a lo general para tomar conciencia, si es que ésta nos falta, de las desigualdades económicas que crean un muro, o un foso, infranqueable por el que quien nació en la pobreza va a permanecer en ella por más horas que haga o por más esfuerzos que dedique a progresar en el trabajo. Eve (diminutivo de Evelia) trabaja como camarera de piso en un hotel de lujo en México D.F. Las alturas desde las que contempla la extensión de viviendas que se prolonga a sus pies es ficticia, son las alturas de un mundo al que desearía pertenecer, pero tiene que contentarse con soñar en llegar a la planta 42, la mejor y más selecta de las del hotel, aquélla en la que se supone hay un aumento de sueldo y la posibilidad de recibir propinas más generosas. Conseguir ese ascenso a la planta 42 y que se le entregue en propiedad un vestido rojo olvidado por una huésped son sus deseos más inmediatos para soportar las largas jornadas de trabajo, los desplantes y egoismos de los clientes, la falta de tacto de los superiores.
Abrir cada puerta de las habitaciones es abrir un mundo de sorpresas o de envidias, apreciar los equipajes, lo ordenado o desordenado que es el ocupante, los libros que lee, y también, conforme se va ascendiendo en la escala social del propio hotel, ir comprobando el diferente status económico en función de las apreciables diferencias de espacio, decoración y servicios que ofrecen las habitaciones. No parece, por tanto, tan dificil, imaginar la progresiva alienación de un personaje introvertido cuando las semanas pasan y el progreso no se produce, sumado a que las agotadoras jornadas de trabajo apenas dejan tiempo para descansar en su propia casa, dejando a un hijo al cuidado de extraños sin que ella misma pueda disfrutar de su crecimiento. Los gestos, los movimientos, las presencias de Eve son siempre discretas, como de quien no quiere ser percibida en el interior de espacios privados por los que siente especial atracción, una voyeur de intimidades ajenas en ausencia de los moradores. Comodidades de las que no disfruta en su vida personal se abren a sus ojos día tras día, y día tras día su atrevimiento irá en aumento, hasta que esos sueños despierta dejen de tener sentido en un mundo donde sobran camaristas y faltan sueldos dignos.

La frialdad del personaje y la frialdad impersonal del entorno, una comodidad espacial ganada con dinero y no con afecto, se adueñan de un relato en el que hasta los momentos más relajados parecen preludiar una salida insatisfactoria para quien, aun guardando en su interior una fuerza de voluntad que no se apaga, va tomando conciencia de ese techo imposible de franquear aun llegando a esa ansiada planta 42. Las jornadas de trabajo se suceden sin fín, el monótono trabajo de cambiar sábanas, limpiar baños, reponer suministros, parece detener el tiempo, que sólo asoma fugazmente a la realidad exterior con las llamadas de teléfono que la empleada hace a la persona que cuida de su hijo, el único momento del día en que puede oir su voz, apagada por el sueño tanto cuando se marcha a trabajar como cuando regresa. Es cuando el rostro de Eve se ilumina con una sonrisa espontánea que le hace olvidar la realidad de una vida de trabajo sin provecho. Es éste su único contacto con la realidad día tras día, una realidad que termina siendo tan lejana como el lujo del propio hotel para sus empleados.

Cada momento en el que podemos imaginar que la joven puede empatizar con algún personaje, su realidad personal le devuelve a ese estado de frustración. Sabe que su futuro está más cerca de esas compañeras que, durante la jornada de trabajo, intentan vender juguetes o utensilios de cocina para completar su sueldo, que al de esas habitaciones de lujo que cuentan con piscina interior y vistas desde un ventanal sobre la ciudad. Abandonarse a la ensoñación de pertenecer, por un instante, a un mundo prestado, no ayuda a superar la confirmación de que hay un espacio para los ricos y otro para los pobres. Someterse o renunciar, asearse en el trabajo para ahorrar o dar un portazo con el que nadie va a sufrir por su ausencia. El relato de Avilés entra de lleno en la monotonía de la repetición, en la abulia de la ausencia de empatía del personaje por lo que le rodea; pero es por su cuidada distancia, la nula intención de recalcar lo evidente y la huida de cualquier efectismo de corte social con lo que la película sobrevive con cierta solvencia en el retrato de una vida anónima e insignificante, la vida de una trabajadora necesaria para que unos pocos disfruten mucho mejor.
 
LA CAMARISTA. México. 2018. Directora: Lila Avilés. Guion: Lila Avilés, Juan Carlos Márquez. Fotografía: Carlos F. Rossini. Edición: Omar Guzmán. Reparto: Gabriela Cartol, Teresa Sánchez, Alan Uribe. Diseño sonoro: Guido Berenblum. Productor: Tatiana Graullera, Lila Avilés. Productores ejecutivos: Pau Brunet, Jana Díaz Juhl, Axel Shalson. Compañías productoras: Foprocine, Limerencia, Bambú Audiovisual, La Panda, Bad Boy Billy. Distribución: Cine Caníba. 102 minutos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario