miércoles, 9 de enero de 2019

CARELIA INTERNACIONAL CON MONUMENTO (Andrés Duque, 2018)

"El pasado es más incierto que el futuro"

En la última película de Andrés Duque, la realidad se va confundiendo con un estado onírico de armonía con la naturaleza y con el pasado de un pueblo que, de manera puntual durante la exposición, y de manera magistral y sin contemplaciones en su tramo final, da paso a la confrontación visual y verbal, entre una historia que pervive en la memoria frente al revisionismo histórico más obtuso por parte del poder central ruso, constatando así que, Carelia, guarda en el interior de su suelo numerosos dramas personales y nacionales que la ingenuidad infantil no terminan de borrar. La obsesión de los hijos del matrimonio Pankratev por hurgar en las hoquedades del bosque, construir refugios improvisados, mirar dentro de agujeros, remover el fango del pantano, intentar rescatar un objeto perdido de la profundidad del lago, parece responder a una impronta genética que les indica, sin saberlo, que para conocer la realidad de su República, más ideal que real, el pasado debe rebuscarse en lo oculto, en lo que  no se quiere revelar; hay que acudir a las fuentes para mantener viva una evolución. 



















Carelia, tierra fronteriza, lugar de mitos y leyendas, saberes druídicos y animales fantásticos, tradiciones chamánicas y religiones animistas de ortodoxia cristiana, ha sido lugar de continuas luchas, externas e internas. El ojo de Arkady Pankratev se deforma ante nosotros a través de la lupa con la que revisa viejos textos que narran las atrocidades de Iván IV, Iván "el terrible", en 1570 en la ciudad de Novrogod. Un exterminio religioso en el siglo XVI puede dar paso a un exterminio racial y cultural en el siglo XX a partir de 1937 bajo el yugo stalinista. No hay diferencias en las consecuencias, y los porqués resultan banales e innecesarios porque buscan una justificación en todo acto de maldad. En medio, ese intento de reivindicar lo propio frente a lo ruso, que termina invadiéndolo todo hasta eliminar lo diferenciador, hace que el carelio sienta tanta afinidad por lo suyo como por la vecina Finlandia, admitiendo la porosidad de una frontera que permite asumir como identitario el "Kalevala", poema épico finés, o la suite "Carelia" de Jean Sibelius; aceptados como ejemplos de su propia cultura autóctona.






















Estamos ante la idealización del campesino ilustrado, del mujik crédulo pasamos al repleto de atávicas creencias armónicas con las esferas del universo, personas que acomodan sus ritmos de vida a los ciclos terrestres y escuchan a la naturaleza que les rodea. El rodaje en verano hace más asumible ese equilibrio personal en el que progenitores e hijos comparten experiencias y reciben saberes en un aparente mundo de juegos, cultura, misticismo, ensoñación, acompañados permanentemente por el zumbido de los insectos. Cualquier objeto recogido en el bosque puede permitir la elaboración de un enser doméstico, o una simple corteza de árbol permitir la elaboración de toda una filosofía panteísta de adoración familiar. El juego como campo de aprendizaje va convirtiéndose en un relato en si mismo que parece acercarnos a esos entornos de comunidad bien avenida con sustrato familiar muy fuerte como pueden ser "Braguino" o "El cartero de las noches blancas", comunidades donde el individualismo queda excluido por la fuerza del grupo familiar como ente verdaderamente poderoso.




















Pero lo que termina ocurriendo en el tramo final de la película contiene una inteligentísima mirada hacia lo que rodea al extraño que aterriza con una cámara en un lugar desconocido, y demuestra que, en el cine documental, es más importante saber mirar que buscar la imagen que justifique un guión previo. Encontrar el equilibrio entre lo que se quiera contar y lo que los personajes que interrelacionan con el director ofrezcan es esencial para dar credibilidad, en este caso, a una historia que parece apuntar en una dirección y, de repente, pese a existir fogonazos que nos advierten que detrás de esa bonhomía autodidacta familiar, subyace una historia que ese mismo bosque oculta, termina explotando en pantalla a través de la experiencia de una segunda familia, la de Yuri Dmitriev y su hija Katarina. Si los Pankratev hablan del pasado medieval tortuoso, con miles de asesinados por el poder dominante, el trabajo de Yuri Dmitriev pretende remover el sustrato más reciente que alimenta esos enormes árboles de la taiga.





















La figura de Dmitriev pasa a equipararse, desde su ausencia física del relato por su detención, al de las "Pussy Riot" en el documental del mismo nombre o al del cineasta ucranio Oleg Sentsov. Cualquier opositor a las consignas del Kremlin se transforma en un peligro para Rusia, confundiendo a Putin con el país, y rápidamente es eliminado de la esfera pública. En este caso, además, pasando del apoyo institucional a su labor de apertura de las fosas que los bosques carelios guardan desde la represión stalinista y, posteriormente, por las producidas en la segunda guerra mundial, a su detención, encarcelamiento y condena por delitos de índole sexual para los que, como suele ser habitual en los documentales vistos en Occidente, las pruebas son ocultadas por la policía hasta el momento de presentarse en juicio, vulnerando los más básicos derechos fundamentales de cualquier persona. Contradecir la política oficial en Ucrania y cuestionar la figura de Stalin en la Rusia actual son elementos que el poder del Kremlin no pasa por alto, y a Dmitriev, un carelio más, le va a suponer un alto coste personal. En los tiempos de la posverdad cuestionar el pasado construido como un discurso oficial inatacable es tan peligroso como cuestionar el presente nacionalista ruso. Es en esta fase final de la película cuando ese bosque del recuerdo, esas fotografías que desde los troncos de los árboles aluden a los ausentes desde hace 80 años, proporcionan un significado mucho más trascendente al hecho de ser carelio. Acompañar a la familia Pankratev nos proporciona el sustrato cultural de un pueblo perseguido, acompañar a Katarina, con las imágenes del bosque donde persiste el memorial de este particular holocausto, nos transporta al hecho trágico de ser carelio en la historia más reciente.



































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