miércoles, 26 de diciembre de 2018

THE SISTERS BROTHERS (Les fréres Sisters, Jacques Audiard, 2018)




“He wore a red ribbon”

En uno de los momentos más emotivos de la película, Eli Sisters (John C. Reilly) quiere que una prostituta represente el momento en que un chal de color rojo le fue entregado en el pasado por una mujer que todavía permanece en el recuerdo. Ese chal mantiene el rastro del perfume depositado por la mujer y sirve de sedante nocturno para el pistolero, que duerme abrazado a su reliquia. Realidad o no, imagen del pasado o deseo de futuro, entrega de una enamorada, o ¿por qué no? de una madre, la representación de ese momento aporta el justo tenor del relato planteado por el binomio Audiard-Bidegain, el del necesario retorno al pasado para curar, de una vez, las heridas abiertas desde que los hermanos Sisters; Eli, el mayor, y Charlie, el pequeño (Joaquin Phoenix), se convirtieron en asesinos a sueldo sin plantearse preguntas acerca de la justicia de sus actos, pagados por el Comodoro (Rutger Hauer), un sátrapa local que mantiene su poder sin necesidad de respetar las leyes.

Cuáles sean las razones por las que Audiard haya decidido abandonar la contemporaneidad de sus relatos, adentrándose en un territorio tan lejano como el Oeste norteamericano, la fiebre del oro, la justicia aplicada por la propia mano y la llegada al Dorado de San Francisco, no tienen mayor importancia porque Audiard-Bidegain aprovechan el western para construir una historia de personajes de hondo calado psicológico. El relato de persecución, ejecución, revelación, conversión y venganza quedaría en poco más que una película de género si las razones íntimas de los personajes no quedaran tan bien explicitadas. El impulsivo y violento Charlie podría emparentarse con el bruto Ali, de “De óxido y huesos”,  el sensible e hiperprotector Eli se asemeja más al personaje construido por Tahar Rahim para “Un profeta”; lo que quizás no había planteado el dúo de guionistas hasta ahora era una pareja que se compensara en sus excesos y déficits afectivos para terminar configurando personas y no simples personajes, lo mismo que ocurre con la otra pareja que funciona como contrapunto durante gran parte de la historia, la perseguida por los dos hermanos Sisters; el químico Warm (Riz Ahmed) y el detective privado Morris (Jake Gyllenhaal).


Construye Audiard un hermoso relato, no exento de una violencia que, salvo cuando ocurre un accidente que trastoca todos los planes de futuro, se muestra en un respetuoso fuera de campo o con la cámara alejada del escenario. No se recrea el director en la filmación de los resultados de las carnicerías, provocadas o encontradas por los hermanos, la sangre no nos salpica y los disparos suenan como verdaderos truenos que anuncian una muerte que evita a los Sisters; porque la intención, mantenida durante sus dos horas, es la de mostrarnos el camino de salida para dos personas que sufren los traumas de su niñez, descargando la violencia recibida y vista de pequeños en un mundo en construcción que no entiende de reglas, propiedades ni vidas ajenas. Sobre las espaldas de los Sisters se acumulan montones de cadáveres que acrecientan eso tan volátil de la fama. Amparados por el poder del Comodoro, sus actos quedan impunes, y su fama atrae a quien quiere arrebatársela del mismo modo que ellos empiezan a pensar, en algún momento, en convertirse en los nuevos jefes de la ciudad de la que proceden.

En la hermosura de su evolución juega un papel fundamental la palabra. La palabra del ilustrado químico cuyo invento le hace bordear la ejecución sumaria por la codicia ajena, pero que consigue ir evitando ese momento a fuerza de exponer sus razones y su vocación de conseguir una sociedad más justa desde la que reconstruir un país que se deshace en violencia día tras día. El Oregón y la California del relato son trasladables al mundo de hoy, no sólo a los EEUU del poder de la fuerza por encima de todo, no a la insolidaridad manifiesta de sus gobernantes actuales, sino al germen que se va extendiendo por un mundo que se creyó civilizado y ajeno a la violencia como solución de sus conflictos. Ese paso atrás lo combate Audiard con un broche optimista acerca de la naturaleza convertible del ser humano, y no sólo hacia mutaciones peligrosas o negativas, sino también abriendo la puerta a la posibilidad de cambios a mejor. En “Los hermanos Sisters”, el juego del título podría contener connotaciones sexuales equívocas, pero es posible que la mejor manera de entender el guiño lingüístico es que es, precisamente, el lado femenino de su psicología, la que termina imponiéndose y generando el cambio. Asistimos a una película notoriamente masculinizada y que ofrece un retrato cruel y salvaje de un mundo en el que, parecería querer apuntarse, la existencia de una mujer como referente, idealizado, pero real, consigue rehabilitar, o por lo menos se apunta en ese sentido, a dos asesinos cuyos escrúpulos van creciendo conforme asumen que, muchos de sus encargos, sólo responden a la codicia de quien se cree con derecho a robar y no a un derecho a defenderse.


Las dos partes en las que se divide la historia, y que podríamos situar en el momento en que las dos parejas terminan encontrándose, aportan a la película el necesario revulsivo para evolucionar y reavivar una atención que, por mor de la idea de la búsqueda de ciudad en ciudad, de anécdota en anécdota, de conversación fraterna en conversación, podría haber concluido en la morosidad y decaimiento de un simple encargo violento. Cuando los hermanos Sisters enfundan sus pistolas y se convencen de que puede haber llegado la hora de un cambio de actividad, que tiene que pasar por una ruptura unilateral de su contrato con el Comodoro, con las implicaciones que ello conlleva, comenzando esa fase en que la idea del falansterio socialista y humanista promovido por el químico puede haberles empezado a interesar, es cuando la historia alcanza otra dimensión, es cuando la idea de la reconversión, de la expiación por la necesidad de un cambio consigue que el conjunto de la historia tenga mucho más sentido que el de un relato de pistoleros en el Oeste. Ese abrazo entre las sombras de una puerta (cómo resuenan los ecos de John Ford en esa escena), ese plano secuencia falsificado en que la cámara repasa las estancias de una niñez donde los personajes aparecen y reaparecen una y otra vez, con la sonrisa relajada de quien ha encontrado la verdadera paz, construyen un colofón emocionante y verdadero para una película que, rezumando clasicismo en todos sus conceptos, hace de sus personajes el eje central de lo que se cuenta y porqué se cuenta. Es ese final el que produce el mismo efecto que el de “Z, the lost city” de James Gray, otro de los “clásicos modernos” del cine americano. Aquí Audiard reivindica su clasicismo desde otro continente, rodeado de sus técnicos habituales, de la deslumbrante música de Desplat, de la brillante fotografía de Benoït Debie, demostrando que el lenguaje del cine se propaga cualquiera que sea el país de procedencia, que clasicismo no es acartonamiento, que lo sencillo puede contener altas dosis de modernidad. Si Cahiers de Cinema reivindicó el western en los 60 es porque advirtió la pureza del lenguaje de sus autores, Audiard reivindica esa leyenda por más que este Oeste haya sido rodado en España y Rumanía.

 
THE SISTERS BROTHERS (Les fréres Sisters). Francia-Bélgica-Rumanía-España. 2018. Director: Jacques Audiard. Guion: Jacques Audiard, Thomas Bidegain. Productoras: Why Not Productions, Page 114, Annapurna Pictures, Knm, Michael De Luca Productions, Top Drawer Entertainment, France 2 Cinéma, France 3 Cinéma, Ugc, Apache Films, Mobra Films, Les Films Du Fleuve. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Benoît Debie. Montaje: Juliette Welfing. Vestuario: Milena Canonero. Reparto: Joaquin Phoenix, John C. Reilly, Jake Gyllenhaal, Riz Ahmed, Rebecca Root, Jóhannes Haukur Jóhannesson, Ian Reddington, Philip Rosch, Rutger Hauer, Carol Kane, Creed Bratton, Duncan Lacroix, Niels Arestrup. Duración: 120 minutos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario