sábado, 3 de noviembre de 2018

QUIÉN TE CANTARÁ (Carlos Vermut, 2018)


QUIEN TE CANTARÁ (Carlos Vermut, 2018)


La cámara se acerca a una playa en la que un cuerpo tendido sobre la arena, en la orilla, empapado, con otra mujer arrodillada sobre ella e intentando reanimarla (una cámara lenta que anuncia el esteticismo visual de toda la película) nos coloca en el plano de la tragedia; el accidente, la enfermedad o el suicidio se han acercado a la mujer yacente. Cuando en un paroxismo de reanimación el personaje interpretado por Najwa Nimri recupera violentamente el sentido al recibir, por fín, la bocanada de aire salvadora, o el flujo sanguíneo que reanima el cuerpo, sabemos que alrededor de ese episodio inaugural va a girar gran  parte de la incógnita a desvelar. En la siguiente escena, un primerísimo plano acompaña una mano que recorre unas sábanas y, posteriormente, con timidez, no exenta de miedo, un rostro. La misma Nimri, de quien todavía no conocemos su nombre, se explora, como una ciega que intenta «ver» al otro con las yemas de los dedos, toca su propia cara intentando reconocerse. Todo es en vano porque después del episodio inicial, ha dejado de ser ella misma, Lila Cassen ya no existe, o lo más probable, había dejado de existir antes del incidente y la imposibilidad de rehacerse le había empujado a la desaparición. 

Partiendo de esa amnesia, acaso fingida para huir de un pasado que atormenta, Lila Cassen tiene que empezar a aprender a ser ella misma, o algo que se parezca a ella. Cantante de moda una década atrás, su silencio voluntario iba a terminar empujada por un ritmo de vida que no se puede mantener sin actuar. La vuelta a los escenarios se ve truncada por la pérdida de memoria y la imposibilidad de cantar sus propias canciones, o la negativa consciente, y oculta, a hacerlo. Esta es la excusa para incorporar el personaje de Violeta (sobresaliente Eva Llorach, más sobresaliente en tanto que sus compañeras de reparto parece que no acaban de creer en lo que están haciendo y su inseguridad, o mal hacer, termina contagiando también al conjunto), una perdedora que (mal)vive como camarera y cantante de karaoke interpretando las canciones de Lila Cassen y asumiendo sus formas y movimientos en escena mientras es sometida por una hija tiránica. La amnesia de Lila y la perfección imitativa de Violeta son el motor de arranque para que una trabaje para la otra enseñándole a ser lo que fue. Antes de que la película termine en el mismo lugar del principio y sin mujeres en escena, Vermut nos habrá desvelado el secreto, si bien para ello habrá huido de la elipsis y la sugerencia que empapa la mayor parte de la historia, para caer en un exceso explicativo que no se adecúa con el aire de misterio y dolor que los personajes han mantenido encerrados durante años, el pasado de Lila se nos oculta, el presente de Violeta es demasiado explícito.

Vermut utiliza la asimetría para unir a las dos mujeres, mujeres demediadas (idea que el director no oculta y utiliza en exceso, rostros partidos por la mitad, perfiles que se complementan con el de la otra mujer que mira en sentido contrario, espejos que devuelven la imagen de un ser que no es quien se dice ser) en cuyo pasado-presente hay una historia de dominación que no trasciende más que en las conversaciones íntimas (tampoco demasiadas, ni bien estructuradas, que surgen o desaparecen sin aparente razón de ser) que Lila y Violeta van entablando conforme avanzan los ensayos y van fundiéndose en una sola. En el pretendido goce estético de las posturas, de las interpretaciones, las performances, los acercamientos no exentos de una mezcla de vampirismo y atracción sexual, Vermut, o no quiere, o no puede, esconder demasiadas costuras que se ven en el entramado, como si le pareciera intrascendente que los diálogos rocen el patetismo las más de las veces en el cara a cara, llenos de lugares comunes, expresiones forzadas muy poco espontáneas, expresados con la tonalidad de quien recita una lección aprendida y no con la soltura de la actriz que, se supone, está viviendo lo que dice. En ese choque imagen y palabra es donde la película sufre una dialéctica irreconciliable, como si se hubiera echado el resto en lo estético (y no siempre se consigue porque en más de una ocasión lo estético está al servicio de una casa en un acantilado más que hacer de este espacio un eje narrativo) y el guión resultara secundario en una historia que termina haciéndose previsible en cuanto se atisba esa simetría en la vida de ambas cantantes, o mejor dicho, entre la madre fuera de campo de Lila y la propia Violeta, y Lila y la hija de Violeta.

Si Vermut ha querido eliminar la naturalidad de las interpretaciones; usar el «modelo Green» o Brisseau; no lo ha conseguido, porque el hieratismo y declamación neutra de los personajes interpretados por Nimri y Elías roza lo impropio en sus carreras (sobre todo en Elías) y se termina confundiendo con una mala elección de casting; y si no se ha pretendido ese efecto su dirección de actrices no ha sido afortunada. Si se quería hacer creer en la originalidad de la historia, mezclando dobles y vampirización, su apuesta también se resiente porque la comparación, inevitable con «Persona» de Bergman, queda muy por debajo de los originales, en los que no faltarían Losey, los ecos lejanos de la Madeleine de Hitchcock y, en una medida negativa, los ecos estéticos y melodramáticos de un Almodóvar en retroceso, de hecho viendo «Quien te cantará» uno siente el mismo hastío visual en demérito de lo que se cuenta que, por ejemplo, sucede con «Los abrazos rotos». El director apuesta por un dispositivo visual que prima sobre el argumental, y cuando se quiere hacer remontar la historia en la conclusión, ésta no produce sensaciones, de ahí que el melodrama no cuaje porque sus soluciones para cerrar la historia, mejor o peor ideadas, más o menos creíbles, entran por los ojos con la misma neutralidad emocional que lo que se ha visto antes, lo que convierte un final donde solo ha de quedar una de las mujeres reconvertida en otra diferente, mezcla de ambas, en una sucesión de hechos que no emocionan.

Un disco oculto y un disco partido, una playa para resucitar y una playa para desaparecer, una madre muerta y una hija en trance de serlo. La película está plagada de señales que eliminan el interés mediante líneas de fuga intrascendentes, porque el dolor y la culpa de una hija y una madre deberían bastar para llenar una emoción que no se siente, que queda supeditada al envoltorio en vez de ser el envoltorio lo accesorio para que las sensaciones fluyan. También es posible que este espectador no haya sabido abstraerse de la forma, tan evidente, y haya pensado que los antecedentes de Vermut deberían obligar a éste a mantenerse en un nivel de excelencia que pocos pueden conseguir a lo largo de su carrera. Es verdad que no me convencen las actuaciones, ni el trabajo de escritura del guión, es tan evidente que se juega a la perfección del plano que tanto encuadre elocuente me termina hastiando, pero también hay que reconocer que existe un evidente empeño en crear una obra personal, diferente, alejada del canon televisivo del actual cine español. Hay que agradecer el empeño, el trabajo que se nota, aunque la película apenas flote sin hundirse.


QUIÉN TE CANTARÁ. País: España/Francia. 2018. Duración: 119 minutos. Dirección y guión:Carlos Vermut. Casting: Sara Bilbatua. Dirección de Fotografía: Eduard Grau. Música: Alberto Iglesias. Edición: Marta Velasco. Dirección artística: Clara Álvarez. Productora: Pilar Robia. Productores ejecutivos: Alejandro Arenas, Mar Ilundain, Marta Velasco. Diseño de producción: Laia Ateca. Compañías productoras: Apache Films, Aralàn Films, Les Films du Worso. Intérpretes: Eva Llorach, Najwa Nimri, Carme Elias, Natalia de Molina.