domingo, 4 de noviembre de 2018

PETRA (Jaime Rosales, 2018)


El desorden de la memoria. 

Acercarse a «Petra» es como intentar recordar un episodio doloroso del pasado de cada uno, ocurrido hace años, y tratar de contarlo sin saltos en el tiempo, sin vacíos, sin que nada quede descolocado en el itinerario. Ya no hablamos de si lo que recordamos es lo que realmente sucedió o si es producto de nuestra interesada memoria, donde nuestro egoismo, o nuestra mezquindad, intentará hacernos quedar mejor de lo que fuímos o que los otros queden peor de lo que fueron. Rosales en su última película juega un tanto con esa idea de memoria desordenada, contándonos la relación de Petra con un ambiente en el que se introduce para  buscar la verdad de su origen en capitulos; pero unos capítulos en los que alteramos el orden como si los dioses estuvieran jugando a los dados con nuestra vida y un dado fuera un suceso y el otro el que decide cuándo se cuenta sin importar el momento en el que el suceso transcurrió. Por eso los 7 capítulos en los que se estructura la obra caminan a saltos, de delante a atrás y nuevamente hacia delante para retroceder. Rosales le otorga al espectador la genial idea de imaginar lo que pasó, o pudo pasar, para llegar después a la constatación del acierto o a lo equivocado de nuestra imaginación, en ocasiones lo veremos y en otras nos lo anunciará un fuera de campo, pero contemplar la consecuencia antes que la acción que la desencadena, es un «tour de force» no muy al alcance de cualquier creador.


El argumento es tan sencillo, y tan complejo, como el que deriva de las relaciones personales y familiares. Petra quiere ser artista, y como becaria llega al taller creativo de Joan, un afamado, y temido, artista con el que compartirá una estancia como becaria. En ese deseo de crear se esconde la mentira de Petra, que lo que realmente desea es conocer. Hija de madre soltera, que ha tratado por todos los medios de ocultar la identidad del padre, Petra ha llegado a la conclusión de que ese escultor puede ser el padre que nunca ha tenido. Muerte, incesto, humillación, olvido, abandono, nacimiento, amor, suicidio. Los elementos de la tragedia clásica se agolpan en la historia sn caer en manierismos ni forzadas reacciones melodramáticas. No hay lugar para el «melo» en una tragedia con todas las letras en la que la información y los golpes adversos van acumulándose, sedimentando un rencor creciente en el que el personaje de Joan opera como «deus ex machina» de los males de todos los personajes que se relacionan con él, uno de los personajes más abyectos del reciente cine español, retratado con la sobriedad y estilo característico del cine de Rosales, en el que el daño se causa, no tanto por el ataque directo, como por el uso envenenado de la palabra junto con la acción gratuita.

Petra (brillante Bárbara Lennie) trabaja en ese atèlier prestado sabiendo que, antes o después, será objeto del juicio aniquilador de un personaje que se mueve por encima de lo terrenal. Sus ejercicios coreográficos delante de una cámara para captar sus movimientos son pasos de danza destinados a buscar el nexo que le une genéticamente con un personaje al que, poco a poco, va detestando, de la misma manera que siente cierta atracción por el hijo anulado de ese hipotético padre al que tiene que rechazar por motivos que sólo ella sabe cuando los demás lo contemplamos. Esos movimientos se plasman en lienzos, cuerpos que recuerdan al de Petra pero en los que falta el rostro, como falta un pasado, un origen, una respuesta a una pregunta que funciona como aliciente y que, desvelada, permite al personaje manipulador seguir dominando con el mal a todos los que le rodean, porque la información es poder, y la información puede manejarse y adulterarse a conveniencia. Los personajes de Petra y Jaume mantienen un duelo en la distancia que se abre entre ellos  desde valores muy diferentes ambos quieren controlar sus vidas y no ser controlados, una para crear desde ka educación, otro para seguir dominando todo aquello que tenga un mínimo de ligazón con él, mientras que el resto de personajes han decidido claudicar y retirarse ante un enfrentamiento que sólo conllevará derrota, retiradas que significan huida o cerrar los ojos.


Pero para contar su historia Rosales no quiere que veamos todo lo que sucede, la cámara mantiene un curioso movimiento en el interior de las estancias que nos separa de la presencia física de los cuerpos manteniendo el contacto de sus voces, magnifica así el fuera de campo sin que el espectador se desoriente, al tiempo que otorga una importancia excepcional a los espacios donde esas personas libran sus luchas de poder o se someten. Tan notorio es el uso de esa imagen, como partir la escena mediante elementos arquitectónicos (puertas, paredes, pasillos) que ayudan a acrecentar la idea de asfixia interior que padecen casi todos ellos, idea de corte, de ruptura, que termina proyectándose sobre el relato; ni todo se explicita ni todo se redondea hasta apurar el final de una conversación. Es mejor, mucho más convincente, dejar en el aire el interrogante de la verdad, o de una verdad enfrentada a otras verdades, hasta que llega la brutalidad de un desenlace que ocurre antes de que concluya la película de manos de otro elemento definitorio de la tragedia clásica, el hijo vengador, porque ya se ha dicho que los capìtulos se han desordenado, alterado en el tiempo, que no en el contenido, lo que produce un efecto perturbador en quien mira sin saber si la conclusión alcanzada es cierta o no.

Aunque en el riesgo también existe la posibilidad de error, y no voy a ocultar que la sobresaliente película de Rosales se me resiente cuando, a la hora de cerrar las puertas abiertas, un episodio se adelante al siguiente alterando ese rumbo temporal ordinario. Cuando asistimos a las consecuencias sin vuelta atrás sin haber recibido explicaciones previas, al llegar éstas casi sobran, y por eso el final de la película se me hace más árido que el resto, porque al adelantar la conclusión, y aún manteniendo el rigor formal, el rigor visual y de sonido que atraviesa toda la película, la magia del suspense nos es arrebatada de manera que conocer los errores, las mentiras, las interpretaciones equivocadas después de que los personajes han decidido actuar sobre la base de un hecho cierto, se convierten en innecesarios. A pesar de ello el conjunto es muy acertado, muy arriesgado y la tragedia reuniendo amor, dolor, traición, rencor y perdón una de las mejores apuestas del cine español de este año, como casi todo el cine de Rosales.


PETRA. España. 2018. Director: Jaime Rosales. Guion: Jaime Rosales, Clara Roquet, Michel Gaztambide. Edición: Lucía Casal. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Kristian Eidnes Andersen. Diseño de producción: Victoria Paz Álvarez. Productoras: Fredesval Films, Wanda Visión, Oberón Cinematográfica, Les Productions Balthazar, Snowglobe Films, Televisión Española, Movistar+,Televisió de Catalunya. Música: Kristian Selin Eidnes Andersen. Intérpretes: Bárbara Lennie, Àlex Brendemühl, Marisa Paredes, Joan Botey, Petra Martínez, Carme Pla, Oriol Pla, Chema del Barco, Natalie Madueño. 107 minutos.