martes, 6 de noviembre de 2018

OSCURO Y LUCIENTES (Samuel Alarcón, 2018)




Las buenas intrigas exigen ambientación, sorpresas, pistas falsas, sospechosos, soluciones que, una vez parecen inatacables, se derrumban ante la aparición de un nuevo dato. Una investigación exige buscar pruebas para, después, intentar encajar éstas en el comportamiento de alguien. Un acontecimiento de novela negra vendrá acompañado de personajes atractivos, de seducciones interesadas y despechos, de traiciones, de mentiras. ¿Y qué mejor preámbulo para una historia de este tipo que afirmar que el personaje principal perdió su cabeza después de muerto y, a día de hoy, sigue sin ser encontrada?. Samuel Alarcón (director de la formidable La ciudad de los signos, donde también utilizaba el misterio como motor y polo de atracción para captar la atención del espectador) se sirve de un hecho histórico irrefutable, que alguien sustrajo el cráneo de Francisco de Goya y Lucientes tras su muerte en Burdeos en 1828 y, todavía hoy, se desconoce el destino final del mismo, aunque mucho hay que temer que, entre intereses, mitómanos, médicos, asaltatumbas, los restos del pintor nunca descansarán completos y, como si fuera una víctima de la imaginación de Washington Irving, reposarán descabezados sea cual sea la sepultura bajo la que se encuentren.


La película es documental, cierto, se utilizan imágenes no ficcionadas no exentas, digamos, de cierta manipulación técnica y argumental, pero en el haber del creador se encuentra dotar de la virtud del relato que no pierde interés a lo que podía haber sido un simple suceder de hechos con fechas y lugares. Un preámbulo genérico que nos remite a las excavaciones de cualquier tiempo o lugar, excavaciones destinadas a revelar ese pasado enterrado bajo nuestros pies y que representa la memoria colectiva, o personal, de cada uno de nosotros, nos conduce a un Goya ya anciano, exiliado en 1824 en Burdeos apurando los últimos años de su vida, un recorrido que nos lleva por sus domicilios, sus amigos, sus reuniones, su familia, o mejor dicho, sus familias. Es la excusa para presentarnos al personaje, aunque a Goya le sobren presentaciones, sin embargo no le sobran reparaciones de una memoria colectiva muy frágil, ésa que trata de desconocer su pasado y cómo miles de intelectuales y artistas de este país se han visto obligados, de manera periódica, a abandonar España por diferencias políticas que podían suponer la cárcel, o la propia vida.
Al espectador corresponde averiguar cuánto de realidad,  y cuánto de leyenda o ensoñación, acompaña a las imágenes, sean éstas de archivo, o fotografías de cuando este arte empezaba a emerger. Cómo se engarzan las imágenes del presente con la crónica de aquellos días en los que se enterró a Goya, se desenterró en Burdeos 60 años después de su muerte, o llegó a España 10 años aún después, demuestran la ironía y el sentido del humor del cineasta, pues, seamos ingenuos y pensemos que los hechos ocurren de manera accidental y casual ante la cámara, la voz de Feodor Atkine se superpone a unas imágenes que, en situaciones muy diferentes, se corresponden con los hechos del pasado pero a través de actividades lo más prosaicas posibles del día a día. Todo buen relato de novela negra exige esas pistas que alertan al lector, y una película que intenta mantener la atención deseando obtener respuestas finales ha de ir sembrando de «macguffins» la mera imagen, como esa aparición de una cabeza descomunal del pintor que emerge ante un mar de paraguas en la que el director asoma como si de Hitchcock se tratara. La cabeza de Goya es un verdadero macguffin del que se sirve el director, con independencia de la atracción propia de la historia, para hablarnos de Goya, su obra, sus mujeres, sus coetáneos, su país miserable, el reconocimiento francés y la dejadez hispánica, todo ello sin abrir continuamente hilos narrativos que parecen dispersar la atención pero que terminan confluyendo en el cauce principal, la cabeza perdida de D.Francisco.

Hay como un espíritu de cómic en el que Tintín sigue la pista del Unicornio rojo para llenarnos de preguntas que se van respondiendo y que, poco después, nos dejan con la incógnita de si esa respuesta es acertada, es completamente desacertada o, simplemente, imposible. Seguimos la pista de un cráneo (genial escena de la reconstrucción del presunto robo de la calavera mediante el uso de dos gatos que se pasean por el cementerio de Burdeos) intentando reconstruir su desaparición de Burdeos hasta el Marqués de San Adrián, amigo y protector de Goya, de éste a su pintor de confianza Dionisio Fierros, al nieto de éste que recuerda a un tío que estudió medicina en Salamanca y se llevó un cráneo de la casa familiar que perteneció al abuelo y del que existen dos cuadros que lo han perpetuado.........todo apasionante, todo revelador, deslumbrante, pero sin respuesta, ¿será o no será? De las ermitas de Madrid a la pradera de San Isidro, de los cuadros de Goya a las fiestas del presente, de las calles de Burdeos al reconocimiento vacío de Zaragoza, de túmulos funerarios donde no se encuentran los restos de Goya a enterramientos en iglesias que fueron desacralizadas para dar acogida al pintor. Goya y Fuendetodos, Goya y la Quinta del sordo, Goya y sus grabados, sus pinturas negras, la momia de S. Isidro amputada por los fieles, los restos materiales extraídos de la tumba de Goya tratados como reliquias religiosas, la duquesa de Alba, destobillada para que cupiera en el ataúd, Goya sin cabeza y su amante sin pies; sin pies ni cabeza; como la historia tan bien contada por Alarcón que parece no poder tener ni principio ni final porque, posiblemente tenga que ser así; como el arte que, si no deja en el aire preguntas sin respuesta en el observador poco importante debe ser lo que cuenta.


Hay, por tanto, un homenaje explícito a uno de los grandes artistas de nuestro país, un homenaje implícito a quienes lo acogieron y desearon que volviera, aún muerto, a España, hay un retrato picaresco de los españoles siguiendo la historia del desentierro y lo que se encontró en la tumba y cómo no escandalizar al gobierno de turno. Hay humor, amor, sexo, traición, intriga, revelaciones inesperadas, personajes torturados y tortuosos, hay ingenio en la imagen y narrativa sencilla para seguir la historia, de por sí muy prolija en datos, pero el director nos avisa al principio con un «seré minucioso», y desde luego lo es, sin caer en lo pedante, en lo redundante, con la mezcla justa de obra, vida y presente. Es una buena película para conocer algo más de Goya, pero sobre todo para conocernos aún más como país y nuestro pasado proyectado en el presente. Detrás del proyecto hay nombres tan conocidos del nuevo cine español como el propio Samuel, Eneko Vadillo, Omar Razzak, Roberto San Eugenio, Sergio López Eraña, Juan Barrero.........el espectador debería arriesgarse a vencer sus prejuicios ante un documental y además de cine español, si no lo ven se perderán una estupenda película, y después vendrán los franceses a recordarnos qué buenos artistas ha habido, y hay, en este país.


OSCURO Y LUCIENTES. España-Francia. 2018. Dirección y guión: SAMUEL ALARCÓN. Narrador: FÉODOR ATKINE. Música: ENEKO VADILLO. Productores MAYI GUTIÉRREZ COBO, MARTINE VIDALENC, EMMANUEL QUILLET. Producción Ejecutiva: MAYI GUTIÉRREZ COBO, MANUEL ARANGO, OMAR A. RAZZAK. Dirección de Producción:MANUEL ARANGO. Cinematografía: ROBERTO SAN EUGENIO A.E.C. Montaje: SAMUEL ALARCÓN, JUAN BARRERO. Sonido: SERGIO LÓPEZ-ERAÑA. Dirección de Arte: ELENA GALLÉN.Productoras: Tourmalet Films y Marmita Films, en coproducción con RTVE y France 3 Aquitaine. 82 minutos.