miércoles, 7 de noviembre de 2018

CANTARES DE UNA REVOLUCIÓN (Ramón Lluis Bande, 2018)




En Octubre de 1934 el movimiento obrero intentó hacer su revolución, de corte prosoviético, como reacción  a la contrarreforma derechista que se hizo con el poder de la República en España. Esa acción revolucionaria, con el uso de las armas, fue un fracaso nacional porque nadie más se alzó, salvo en Asturias, donde el 5 de octubre de 1934, alrededor de 9000 mineros, con más corazón que cabeza, y más dinamita que armas y estrategia militar, iniciaron sus acciones armadas contra cuarteles y comisarías intentando implantar una república socialista en España. Esta iniciativa sin seguimiento nacional facilitó el apaciguamiento y la brutal represión por parte del ejército y las fuerzas de seguridad, que actuaron durante semanas con carta blanca para restaurar el orden republicano oficial. Es la revolución de 1934 uno de esos episodios que encanallan el debate político en este país, utilizando el revisionismo historicista de periodistas o falsos estudiosos el episodio como justificación de lo que ocurrió a partir de julio de 1936, en vez de analizar las causas y los porqués de esa reacción obrera, pero eso es otra película, porque la propuesta de Ramón Lluis Bande es más modesta, pero no menos emocionante, centrada en preservar la memoria músico-vocal de esas semanas de ilusión, violencia y barbarie, con un nuevo episodio más de su impagable filmoteca documental alrededor de la memoria histórica en Asturias como portavoz de la estética del perdedor y de la resistencia filmados en la última década.

La película de Bande parece seguir un macabro ritmo ternario, como un vals de muerte y destrucción en el que la melodía de las imágenes viene muy marcada por la música, canciones populares de ese momento que inciden en los hechos de aquellas semanas, pero para mantener ese un, dos, tres del vals, a la canción le acompaña la palabra y la imagen, la palabra transmitida por los protagonistas de ese octubre rojo, y la imagen de un presente que se transforma en pasado con la recopilación de viejas fotografías. La música es el verdadero hilo conductor del documental desde el principio, desde ese salón ya conocido de la vivienda de Nacho Vegas en Gijón por otras películas, pero la figura del músico asturiano, que va convirtiéndose en un icono, no solo de cierta resistencia cultural regional, sino de la progresía nacional, tan necesitada de referentes intelectuales en los que mirarse, se convierte en un elemento cohesionador del conjunto. Vegas canta, interpreta, comparte o asiste a esas canciones recreadas en el presente que resuenan con compases del pasado, utilizando Bande un recorrido cronológico desde el estallido de la revolución a la rendición minera y la represión final contra el movimiento. Y es verdad, no se puede juzgar porque la película de Bande ni pretende ser objetiva ni exhaustiva, son 9 canciones que se refieren a 9 situaciones de aquellas semanas, expuestas, analizadas, sentidas casi en exclusiva desde el punto de vista de los mineros revolucionarios.

Denominar musical a este documento me parece limitar su alcance, porque en su concepción hay un claro sentido cinematográfico de la puesta en escena para acompañar a esas canciones, que no son sino reflejo inmediato de lo que aquellas personas sintieron durante los días de lucha. Del anhelo inicial al miedo de la invasión, la decepción de la soledad, el dolor de la represión inhumana, el rastro de destrucción, elementos deducidos de las canciones pero también de las palabras, podría decirse que recitadas, extraídas de textos de revolucionarios, fundamentalmente las reflexiones de Belarmino Tomás, presidente de aquel comité revolucionario. En ese ritmo terciario, Bande utiliza la música, la palabra del testimonio y la imagen de las viejas fotografías, mezclando el presente de los lugares con el pasado de su destrucción, los rostros de herederos de aquellos revolucionarios con los de jóvenes de ahora, creando un nexo de unión entre realidades muy diferentes pero en las que no deja de sentirse ese eterno mantenimiento de la desigualdad, y quién mejor para encarnar la actual que la de una juventud precaria y esclavizada en el presente y en la que la letra del "Asturias tierra bravía", acomodándose a la música del "Asturias patria querida", sirve para recordarnos que nuestro ahora es tan frágil como el de aquel pasado, aunque ya no existan mineros dispuestos al sacrificio y al levantamiento.

Y aunque se diga que el estilo de esta última película es muy diferente al del resto de su cine, no termino de compartir esa impresión que puede leerse en otros comentarios, pues en esta "Cantares" aprecio mucho de aquello que tanto me sorprendió y me atrapó con "EQUI Y N,OUTRO TIEMPU", es cierto que ésta carecía de personas y sólo recogía lugares con una introducción de viejas fotografías de guerrilleros tras el final de la guerra civil, que lo que en "Cantares" es palabra verbalizada salvo breves letreros que van separando cada capítulo, en "Equi" eran rótulos más extensos que nos ponían en situación ante los lugares donde habían ocurrido sucesos estremecedores en los que predominaba el silencio, pero el mantenimiento del plano, la mirada seria y profunda sobre las personas, el notable estatismo de la cámara frente a los que hablan o cantan, me lleva inconscientemente a ese precedente del cine de Bande, cuestión que no me parece demérito ni mucho menos, sino la confirmación de un estilo muy personal de recopilar memoria y almacenar historia alejada de juicios de valor interesados.

Es  una suerte contar con directores que, al mismo tiempo, mezclen compromiso con estilo, la voluntad de Bande con su cine es honrar y mantener viva la memoria de los que faltan o no van a tardar en faltar, pero para ello ni se usa el sentimentalismo vacío, ni el mítin panfletario, ni el reportaje de testimonios; lo suyo es investigación y búsqueda del material original para plasmarlo en los espacios del presente que asistieron mudos a una parte de nuestra historia que ojalá no hubiera ocurrido. La palabra ayuda a su cine para que el espectador no se despiste ni se desoriente, pero es la imagen fija, el plano limpio de afectación, el detalle persistente de la barbarie, oculto para el ojo profano pero captado por el objetivo, el que hace imprescindible su cine y necesaria la divulgación de su obra, y cuanto más salgan de Asturias sus filmaciones, más habremos ganado todos para no olvidar. 

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