lunes, 8 de octubre de 2018

OREINA (Koldo Almandoz, 2018)


OREINA (Koldo Almandoz, 2018)

Existencias a medias, retratos fragmentados de personas cuya vida depende de decisiones de otros y que, mientras no se producen, van generando pesadumbre y decepción. Khalil ama pero no es querido, Josera desprecia a su hermano pero su enfermedad le impide conservar el caserío familiar, a Martín su homosexualidad le ha truncado la posibilidad de vivir libremente y espera un gesto conciliador de su único familiar, para la guarda forestal la persecución de los furtivos se ha convertido en una obsesión y en su único medio de subsistir como persona. Cuando a cada uno de ellos se les trunca la posibilidad de mejorar, de alcanzar un mínimo de paz interior, de que el otro les responda como necesitan, quedan en desamparo, en ruinas, como ese paisaje postindustrial de las rías cercanas a San Sebastián, esqueletos de fábricas que se parecen a las viejas barcazas abandonadas que, a su vez, parecen esqueletos de ballena varados por la desidia de los demás. Las vidas de estos cuatro personajes parece atrapada por la niebla de la ría de Oria, vidas pegadas al terreno limitado donde pasan los días, entre el furtivismo y su persecución, entre la necesidad de reconciliación y el odio profundo, entre la necesidad de ser querido y la realidad de haber sido utilizado.

En "Oreina" la sugerencia prima sobre lo evidente, la quietud del paisaje sobre el nerviosismo interno de los personajes. El ciervo del título no deja de resultar un contrasentido. Un mundo y un microcosmos que gira alrededor de la naturaleza, su preservación y su explotación, termina siendo vigilado, contemplado, analizado, desde los ojos de una cabeza disecada de un animal emblemático y casi desaparecido. Esa cabeza es el blasón de una familia que se sostiene sobre las ruinas de su última generación, tan abandonada y feneciente como la salud de Josera y el optimismo de Martín. Un caserío en el que al desaparecer la madre se ha convertido en un territorio hostil separado entre el norte y el sur, una frontera imaginaria que impide a los dos hermanos conversar, y donde un observador neutral como Khalil, aprecia la tensión del desencuentro a partir de la sugerencia de hechos ocultos.

El primer largo de ficción de Almandoz sirve para confirmar su excelente pulso para crear imágenes, para transmitir sensaciones de todo tipo a partir de lo visual, donde la palabra queda en un segundo plano porque todo lo transmite el rostro de cada uno de los personajes. Es verdad que estos adolecen de cierto esquematismo, que permanecen monocordes desde el principio hasta el final de la película que transcurre en pocos meses para que personas que llevan años anclados en la desazón y en la reafirmación de sus ideas y necesidades puedan evolucionar y cambiar. Como si el guión y la idea visual de la película primaran sobre la espontaneidad sobrevenida de seres humanos acostumbrados a la soledad  y el silencio es el entramado de naturaleza y rostros lo que sirve de puntal para una película notable. No se distorsiona el resultado, no se lastra la experiencia, pero en ocasiones se agradecería un cierto respiro, una concesión, una razón para seguir viviendo entre tanto revés existencial. Ese agua que discurre con normalidad y sin pausa, ese paisaje verde lleno de naturaleza, alrededor del que la vida de todos los personajes gira, es un paisaje que da lo justo y ha quitado mucho, que su belleza exterior no termina ocultando su limo pegajoso en el que quedan atrapados sus protagonistas y por eso cada uno de ellos acaba sumido en un pozo de insatisfacción, como cuando Khalil da placer pero no lo recibe en una muestra más de que todos se convierten en piezas sustituibles sin que nadie eche en falta su presencia.





OREINA. (Ciervo). España. 2018. Dirección y guion: Koldo Almandoz. Producción: Marian Fernández Pascal.  Director de Fotografía: Javier Agirre Erauso. Montaje: Laurent Dufreche.  Música: Elena Setién, Ignacio Bilbao.  Director de Arte: Mikel Serrano. Sonido: Alazne Ameztoy, Xanti Salvador. Intérpretes: Laulad Ahmed Saleh, Patxi Bisquert, Ramon Agirre, Erika Olaizola, Iraia Elias. 90 minutos