martes, 9 de octubre de 2018

GIRL (Lukas Dhont, 2018)

 GIRL (Lukas Dhont, 2018)


Lara rehuye mirarse en los espejos, mujer nacida en un cuerpo de hombre, mirarse y ver la imagen devuelta es enfrentarse con el reflejo de lo que no le gusta. Su mente femenina choca con ese cuerpo en el que anhela ver curvas pero permanecen los músculos, anhela ver desaparecer sus genitales masculinos a cambio de otros femeninos. Para Lara todo es urgencia y ansia, como cuando bebe agua de manera acaparadora. La dulzura, la fragilidad, la sensibilidad de esa mujer por fuera y en sus relaciones con los demás, se transforma en un torbellino de impaciencia en su necesidad adolescente de ver el cambio. Sólo cuando superados los test psicológicos y médicos empieza el tratamiento hormonal, de modo tímido, con miedo, Lara empieza a asomarse al espejo. Como el personaje del cuento de Blancanieves, Lara se asoma, no para saber que es la más bella, sino para que el espejo le confirme que no sólo es mujer, sino que su cuerpo empieza a parecerse al de las mujeres con las que comparte el vestuario de las clases de ballet. Por más que lo desea, a sus 16 años, lo que el espejo devuelve no es lo que espera. En la impaciencia adoptará una decisión drástica. Cuando Lara vuelve a mirarse al espejo ha desaparecido el cuerpo de hombre, si, pero tampoco hay un cuerpo de mujer enfrentándose a la mirada inquisitiva de la joven. El espejo devuelve una imagen doble, superpuesta, borrosa, sin perfiles definidos, como varias capas de Lara que intentan juntarse para crear una nueva realidad. Finalmente Lara ha conseguido que el espejo le devuelva un reflejo donde hay un cambio. El coste puede haber sido brutal y la experiencia traumática, pero por fín el espejo responde.
El tono íntimo con el que Dhont sabe filmar la historia de unos meses de la vida en plena transformación de Lara, consigue dotar de verdad a las imágenes que nos golpean desde la angustia de quien quiere romper con su cuerpo cuando éste no se acomoda a la realidad mental de quien lo porta. Tan creíble Lara en su sufrimiento impaciente, como la preocupación real y sincera de un padre que ha asumido con absoluta normalidad y naturalidad apoyar a su hija en el proceso de cambio. Porque como reconoce Mathias, no puede negar que es un hecho poco frecuente, pero nada impedirá que acepte a su hija como lo que realmente quiere ser. Y Dhont calibra muy bien el tono que ha querido darle a la historia, suficientemente dramática de por sí, suficientemente dolorosa ante la impotencia de conseguir lo que se desea de manera rápida, como para añadirle el componente del rechazo social, algo que aquí Lara apenas sufre, tan sólo tangencial y puntualmente, en alguna escena de pre-bullying escolar que, efectivamente, añade tensión y daño a lo que vive la protagonista, pero sobre lo que no se carga las tintas, porque basta asistir al dolor íntimo sin acumular daños externos.
En el cambio físico hay dolor, del real y del emocional, por eso el proceso de cambio de Lara se hace más evidente introduciendo el mundo de la danza. El sacrificio enorme de un entrenamiento brutal y exigente, acompañado de un cambio de sexo que obliga, a un cuerpo de hombre en mutación hacia el de una mujer, a comportarse en el escenario como si la metamorfosis ya se hubiera completado. El empeño de la voluntad del baile va parejo al del cambio físico, si uno progresa el otro sigue el mismo camino, si uno desfallece todo parece derrumbarse. La paciencia, el sacrificio, la fuerza de voluntad son valores nada despreciables, pero todos tienen un límite, y cada persona los suyos. Los de Lara son sobrehumanos, pero no inagotables. Las heridas en los pies, las distensiones en los tobillos, la fragilidad de sus emociones, encerradas en un caparazón personal que no quiere, ni puede, transmitir a nadie, consiguen que la joven viva su día a día en una olla a presión interior dificilmente soportable ante la parálisis visual del avance.
Dhont sabe que maneja un material sensible proclive a ser tratado de manera sentimentalmente pornográfica, pero como en el caso de "Mikele", el estupendo documental de Ehkiñe Etxebarría, sale indemne de esa prueba porque no hay intención alguna de caer en la provocación, ni en el escándalo, ni en el melodrama gratuito. Basta con observar y poner en imágenes la normalidad de un hecho que ocurre, unir los miedos y la curiosidad propia de la adolescencia al reconocimiento de una identidad sexual diferente de la que dicen los genes con el trauma físico del cambio que no llega y termina afectando a lo mental. Por eso Dhont sigue a sus personajes con cariño, pero también sin exponerlos gratuitamente a la luz. En un Bruselas grisáceo, los interiores domésticos se tiñen de luces y sombras, la luz que entra de los días que empiezan nunca inciden completamente sobre Lara, porque un nuevo día es un nuevo reto donde se unen la ilusión y el temor de que nada cambie; las mismas luces y sombras  por las que va fluctuando su pensamiento, a veces con la ayuda de terceros que se comportan como imbéciles, pero sobre todo porque ese espejo no devuelve el reflejo de lo que se ve a diario en el vestuario de sus compañeras.


GIRL. Bélgica. 2018. Dirección: Lukas Dhont. Guión: Lukas Dhont, Angelo Tijssens. Dirección de Fotografía: Frank van den Eeden. Música: Valentin Hadjadj. Edición: Alain Dessauvage. Dirección artística: Philippe Bertin. Diseño de Vestuario: Catherine Van Bree. Departamento de maquillaje: Michelle Beeckman. Productor: Dirk Impens. Compañías productoras: Menuet bvba, Frakas Productions, Topkapi Films. 100 minutos. Intérpretes:Victor Polster, Arieh Worthalter.