lunes, 15 de octubre de 2018

EL AMOR Y LA MUERTE (Arantxa Aguirre, 2018)

EL AMOR Y LA MUERTE (Arantxa Aguirre, 2018)

La idea de un biopic, como la de una biografía literaria como mera recopilación de datos, anécdotas y fechas, se me antoja inasumible, seca y dura como el pedernal, imposible de aceptar como una propuesta atractiva. Ahí entra la función del creador, del cineasta o del literato, para aportar un punto de vista creativo que consiga unir la vida de la persona a la que se quiere homenajear, con una proyección que va más allá del biografiado, componiendo un instrumento de poder artístico con autonomía propia. Así es el cine de Arantxa Aguirre, su cine sobre teatro, pintura, ballet no es mera transposición a imágenes de una representación. De ser así estaríamos ante el reportaje carente de alma. El cine de Aguirre sabe no desenfocar quién es el importante en sus películas, ya sea Béjart, el ballet de Lausana, el grupo teatral o ahora Granados, sin olvidar que a partir de esa realidad hay que saber componer una obra propia, y eso se consigue sobradamente en cada uno de sus intentos, y "El amor y la muerte" no iba a ser una excepción.
"Era siempre el mismo. Corazón abierto a los más nobles y exquisitos sentimientos. Franco y sencillo, inspiraba respeto que nacía de los propios méritos. Su sonrisa y dulzura cordiales invitaban al entusiasmo expansivo. Todos acabábamos por sentirnos cohibidos, ante la grandeza de su espontaneidad», Frank Marshall a la muerte del compositor. Sencillez, franqueza, timidez y melancolía, que la película de la directora española sabe transmitir con una composición artística, tanto de las piezas que un largo elenco de primeras figuras de la música y danza interpretan, como en el concepto visual de la misma, incluído el tono naïf de esos dibujos que representan los años previos al nacimiento del músico, sus orígenes cubano-catalanes, sus abuelos, sus padres. Una época donde el cine no existía y la fotografía estaba empezando a florecer, un mundo que Aguirre nos transmite desde el trazo de resonancias sencillas y sensibles de unos dibujos que se mueven como habaneras sin sonido. «Largas melenas de un cuidado descuido, grandes ojos fáciles a entornarse, amplios mostachos con lejano destino, susurrante hablar», de "Semblanza de Enrique Granados".





















Hay en "El amor y la muerte" una sencillez que no oculta un gran trabajo; de documentación y de diseño de las imágenes que no pueden tener movimiento si de Granados se refieren, sustituyendo ese dinamismo del cuerpo que no se puede obtener salvo con un actor que simule ser el compositor, con el movimiento del fondo fotográfico donde se inserta la figura dibujada o sobreimpresionada de Granados, o de Albéniz, o de su esposa, o de ese fatídico viaje en barco a Nueva York que supuso la puerta de entrada al éxito y la fama, y terminó resultando el momento de gloria efímera de quien no pudo disfrutar de la suerte económica y de reconocimiento que su trabajo merecía en vida. Hay en la película una pregunta que, sin hacerse expresa, sobrevuela toda su duración, ¿qué habría sido de Granados si hubiera nacido francés, inglés, británico? Sin duda hubiera estado al lado de Debussy, de Ravel, Satie, Richard Strauss, Elgar, Vaughan Williams, Gustav Holst; su fama habría trascendido las fronteras en vida del autor y se habría convertido en artista universal potenciado desde su propio país. Aquí es muy difícil que esto suceda, y muy difícil que suceda desde las instituciones. Granados se hace grande por sí mismo y sin ayuda ajena, pero se hace así de importante a fuerza de generaciones y, sobre todo, de intérpretes que saben valorar la importancia del material que las partituras les entrega.























La partitura que también consigue Aguirre no olvida que es en la interpretación de la música, más allá de las aventuras y desventuras del personaje, donde el espectador puede llegar a comprender el verdadero nivel de quien la creó. Menos ha de importarnos las vicisitudes de su vida, los constantes guiños de la mala suerte cuando parecía que en la siguiente temporada podría dejar de lamentarse por el presente que ofrecía a su esposa y a sus hijos. Es la palabra un acompañante discreto y episódico del catálogo musical, en el que la presencia de artistas de renombre internacional como Rosa Torres Pardo o Evgeni Kissin en el aspecto pianístico, o Arcángel cambiando completamente el registro habitual de las canciones de Granados, lo que ayuda a presentir la gran pérdida anticipada que supuso su muerte en plena primera guerra mundial al cruzarse, de nuevo, la fatalidad de tomar un barco de bandera británica que, al surcar el Canal de la Mancha, fue torpedeado por un submarino alemán. Un miedo, uno de tantos que acongojaban al músico, a morir ahogado que terminó haciéndose realidad de manera mucho más dramática e inhumana que el simple accidente y naufragio temido de antemano.













































Es un gusto disfrutar así, de una biografía que no lo parece, dejarse mecer por un agua que, en vez de amenaza ,suena a poesía infinita que acompaña las notas surgidas de las teclas del piano, ensoñaciones procedentes de aires musicales que parecen andaluces pero, que acto seguido, se transforman en el idioma de su origen leridano, sin solución de continuidad, en esa normalidad lingüística de quien se expresa conforme le dicta el sentido y el sentimiento en cada momento, tan universal como una música que puede degustarse y sentirse en cualquier teatro del mundo (los espacios en los que la directora sitúa sus representaciones musicales también propician esa universalidad, desde el teatro más selecto y decimonónico, al salón de una casa o a un local de ensayo de un conservatorio). Las imágenes recreadas y dibujadas se ensamblan tan bien con la música y la palabra de los textos de los propios escritos del músico, que nuestra imaginación no necesita volar demasiado alto, aunque los dibujos nos inviten desde una cercanía chagalliana, porque se nos da el trabajo hecho de soñar con los ojos abiertos gracias a la creación artística de Aguirre, quien consigue hacernos conocer la vida del músico, sus lugares y sus obras, de tal manera que, con la fluidez que acompaña sus películas, todo parece tan sencillo que hasta cuesta darse cuenta de lo bien hecho que está todo en este "documental".
EL AMOR Y LA MUERTE. ESPAÑA. 2018. Dirección: Arantxa Aguirre. Guion: Arantxa Aguirre. Música: Enrique Granados. Fotografía: José Luis López-Linares. Reparto: Rosa Torres Pardo, Evgeny Kissin, Juan Manuel Cañizares, Miguel Arcángel Rivera, Rocío Márquez, Nancy Fabiola Herrera, Ana María Valderrama, Luis del Valle, Elisabet Ros, Alexis Delgado, Adolfo Gutiérrez Arenas, Julien Favreau. Productora: López Li Films / Televisión Española (TVE) / ICAA. Distribuidora: Márgenes-