jueves, 4 de octubre de 2018

DOGMAN (Matteo Garrone, 2018)


DOGMAN (Matteo Garrone, 2018)

Un dogo argentino ladra enrabietado, sujeto a una cadena metálica y desde dentro de una especie de bañera de aluminio. Oímos a un hombre que trata de tranquilizar al animal mientras intenta lavarlo. Poco a poco el perro va calmándose mientras el plano se amplia, del rostro feroz del animal al espacio de una nave donde un hombre pequeño, extremadamente delgado, del que emana cierto desvalimiento, consigue su propósito de ganarse la confianza y terminar de lavarlo y secarlo con un aspirador. En un espacio mugriento y poco atractivo, la blancura del animal contrasta con el triste guardapolvo del hombre. Marcello es el dueño de ese negocio de lavado de perros y peluquería canina en medio de un panorama de absoluto desaliento. Garrone dibuja el estado anímico de esa pequeña ciudad con la maestría de un par de planos. La cercanía del mar no da ningún lustre al espacio urbano, degradado, misérrimo. Edificios de ladrillo desconchados por el tiempo y el efecto del salitre, pequeños negocios anclados en su origen de los años 60-70 y desde entonces huérfanos de cualquier intento de remozar su aspecto; ningún provecho apreciable de algún turismo inexistente. El polvo circula en cuanto el aire se levanta, los columpios, roñosos, como la propia instalación del espacio infantil que los contiene, rechinan en cada oscilación como el cartel del "saloon" en aquellas ciudades del oeste de nuestra infancia. Y el director ha de saber que nuestra mente va a identificar ese escenario con un prototípico western de héroe solitario, matón peligroso, pueblo que rehuye afrontar sus problemas, y sin embargo estamos en Europa, en la Italia del siglo XXI donde el opulento norte se contrapone al abandonado y degradado sur.

Estamos en el barrio de Villagio Coppola en Caserta, cerca de Nápoles, un ambiente no tan alejado del de "Gomorra", la película que hizo conocido al director, pero ahora sin circunscribirse al mundo de la mafia, aunque las resonancias de la violencia y el abandono institucional están siempre presentes en el desarrollo del relato de un "pobre hombre" arrastrado por su escasa determinación, su nula capacidad de enfrentarse a la violencia con violencia y a la cascada de acontecimientos que van sucediéndose en su vida hasta la conclusión final, donde Marcello, nuestro protagonista, desnuda su completa indefensión y su alejamiento absoluto de la realidad en la que vive. Porque Marcello es el hombre común sumergido en un pozo del que no va a poder salir nunca, un personaje aislado y solitario que sobrevive pensando en el cariño de una hija con la que comparte los momentos de las visitas reguladas y en los minutos de buceo que ambos disfrutan. La disyuntiva entre bucear en Calabria o en las Maldivas es el sueño irrealizable de quien sabe que no lo va a conseguir pero no puede rendirse definitivamente. Antes y después de esos paréntesis de felicidad, Marcello es un hombre anónimo, no exento de su grado de corrupción. Pequeño traficante, colaborador en robos, nunca sabremos si por voluntad propia o por la influencia violenta de Simó, el personaje no puede captar toda nuestra empatía porque termina siendo responsable de su propia degradación.

Marcello es ese tipo de personas que pasan desapercibidas allá donde se encuentren, nadie tiene en cuenta su opinión ni nadie se preocupa por su bienestar. Sólo si Simó necesita un chófer para asegurar la huida de un robo o unos gramos de coca se recurre al hombre de los perros. No por eso deja Marcello de relacionarse continuamente con sus vecinos, de comer en una trattoria, de jugar al fútbol, de frecuentar el local de máquinas recreativas.....unas rutinas sociales para hacer ver que participa de las inquietudes comunes de sus conocidos, pero que no le hacen ni más querido ni más estimado, sí, se le saluda, se le acepta, se le integra en el grupo pero sin sentirse demasiado su ausencia ni su presencia. Por eso su relación con los perros va haciéndose más patente según avanza la película, animales dispuestos a agradecer cualquier atención, la figura de Marcello se va pareciendo cada vez más a la de un perro vagabundo, su mirada se fija en las de los demás buscando aprobación, reprobación o, simplemente opinión, pero cuanto más lo intenta ,menos lo consigue, al revés, su relación con Simó, el matón del barrio, el hiperviolento boxeador que sobrevive amargando la vida al vecindario, no hace sino trasladar el rechazo que aquél provoca al protagonista, mucho más endeble, mucho más manejable, mucho más vulnerable. 

Las voces que llaman a Marcello son muy diferentes de las que salían de la Fontana de Trevi en la voz de Anita llamando a Mastroianni; quien reclama a Marcello no busca sino el interés propio entregando unas migajas a cambio de un riesgo elevado para el perrero. Un riesgo que le conduce a la cárcel, momento definitivo en el que el hombre termina convirtiéndose en un perro de verdad. Entre rejas su aspecto parece el de un perro apaleado, abandonado por su dueño, traicionado en su fidelidad, como esos animales abandonados en verano o dejados en "hoteles caninos" en cuya inteligencia sobreentienden que nunca volverán a su antiguo hogar sin entender las razones. Las puertas que se cierran, mientras en las galerías el resto de reclusos, musculados, violentos, se insultan y se provocan de pasillo a pasillo, semejan una jaula como aquéllas en las que nuestro hombre encierra a los animales cuando termina la jornada de trabajo. El regreso de Marcello a su barrio tras cumplir una condena que no le correspondía, asumiendo esos códigos no escritos que circulan por el mundo del crimen, es el momento de comprender que todo ha cambiado, que ni sus conocidos le aceptan porque, directa o indirectamente, le hacen responsable del hecho por el que fue condenado, ni Simó quiere hacer frente a su compromiso. El perro de compañía se termina transformando en la imagen del animal con la que se inicia la película, hay que ladrar y morder, aunque sea de forma metafórica. En su mente sabe que con la fuerza física no podrá vengarse, pero con la inteligencia puede conseguir cobrar lo que se le debe y reivindicarse ante su pueblo, proclamando ser el autor de un hecho notable para la comunidad que le permita rehabilitarse ante sus vecinos.


Indudablemente Marcello ha perdido el norte y su relación con la realidad; ha sufrido el shock del animal abandonado y su rabia interior se proyecta sobre el amo ingrato, y es en ese cambio interior del personaje donde la idea cinematográfica de Garrone sobresale utilizando exteriores grises, húmedos, incómodos, de aún mayor soledad que los iniciales soleados y solamente degradados. La compañía de los animales proporciona un mínimo remanso, un sentido a una vida donde la fidelidad animal de Marcello ha desaparecido y ha de intentarse recuperarla aunque sea desde la más despiadada de las reacciones. "Gomorra", "Reality" y "Dogman" no están tan alejadas entre sí en el reflejo de una sociedad anclada en lo ordinario, en lo vulgar, en lo desastrado. Personas anhelantes de un dinero que no va a llegar y atrapados en las redes perversas de la corrupción que marca unas reglas de relación absolutamente viciadas por el ejercicio del poder que, en este caso, se equipara al poder que nace de la fuerza y la violencia. En Gomorra la violencia era la de las armas y las venganzas mafiosas que infectaban hasta los núcleos de resistencia moral más exigentes, en Reality la violencia era ética y económica, desnudando el lado más ordinario de la existencia humana afectado por una fama ficticia y sin valores, y, sin embargo, la mayor violencia se encuentra en "Dogman", una violencia animal que nace de la propia genética humana, como si no hubiéramos evolucionado y el barrio casertano se rigiera por la ley del más fuerte.

Tras el derrumbe moral del personaje de Marcello hay un prodigioso broche final a la película en los últimos minutos. Una llamada de auxilio, un ladrido de un hombre que pide ser reconocido, recibir la caricia perdida, que alguien vuelva a pasarle la mano por el lomo agradeciendo su servicio a la comunidad. Su mirada, su pesada carga, su camino hacia el campo de fútbol, y después, cuando nadie le presta atención, hasta el campo de juegos infantiles con el que se inicia la película, son el punto y final para una sociedad donde nada importa salvo sobrevivir, donde, acostumbrados a convivir con la violencia, nada sorprende ni nada espanta. Por eso, en la mente de Marcello, es posible que no se llegue nunca a entender el absoluto rechazo generado por hacer lo que todo el mundo hace, ¿por qué a él y no a los demás? ¿qué ha cambiado? ¿qué raza es la suya que no merece respeto ni cariño? 

DOGMAN. Italia. 2018. Dirección: Matteo Garrone. Guion: Maurizio Braucci, Ugo Chiti, Matteo Garrone, Massimo Gaudioso. Fotografía: Nicolai Brüel. Reparto: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi, Francesco Acquaroli, Alida Baldari Calabria, Gianluca Gobbi. Productora: Coproducción Italia-Francia; Archimede / Le Pacte / RAI / Eurimages. 120 minutos.