viernes, 5 de octubre de 2018

CHUVA E CANTORIA NA ALDEIA DOS MORTOS (Joao Salaviza, Renée Nader, 2018)



CHUVA É CANTORIA NA ALDEIA DOS MORTOS. (Joao Salaviza, Renée Nader, 2018).



En medio de la noche; una noche iluminada de manera irreal, un joven indígena de la tribu Krahó deambula oyendo el canto distante que le aproxima a la gran cascada cercana a su poblado. Ihjâc tiene pesadillas, duerme mal, su padre muerto se le aparece cada noche como un espíritu doliente que vaga por la selva sin rumbo, buscando una luz que no encuentra y llevando el fuego consigo que le permite andar sin tropezar. Es un fuego que ayuda a ver, pero que, a cambio, abrasa por dentro a Ihjâc; todo, sus ojos, su cabeza, su cuerpo parece en combustión, es un calor que sólo siente él y le desfallece, no es un calor que se pueda medir por los humanos. Es el fuego que transporta quien no consigue abandonar el lugar de los vivos cuando desde hace tiempo murió y canta como modo de comunicación con su hijo. No pueden verse, pero siguen presentes el uno para el otro. Para Ihjâc, su mujer Kôtô y el pequeño Tepko no regresará la paz de la vida rural mientras no consigan que el espíritu del fallecido deje de perturbar al hijo y le permita celebrar la ceremonia ritual con la que, por fín, los vivos quedan liberados de recordar a los muertos, les permiten abandonar este mundo y, a nosotros, dedicarnos a lo que de verdad importa ahora, a los más cercanos, al trabajo, la cosecha, a lo material de nuestra vida interrumpida por un tiempo en el que lo tangible y lo espiritual no consiguen separarse.







No es fácil transmitir un cine de sensaciones más que de argumentos como es el cine de Salaviza, aquí codirigiendo con Renée Nader. Es un cine observacional en el que la cámara funciona muchas veces como una mirada subjetiva de un tercero que permanece neutral ante lo que ve, de forma que las personas se alejan o se acercan por su propia decisión, pero no porque la cámara los persiga (las escenas en que Kôtô llega, y se marcha, de la ciudad en la que Ihjâc intenta curarse de su mal interior son sintomáticas de esa neutralidad del observador, nos alejamos del protagonista porque la acción progresa mientras la cámara permanece en el mismo lugar que al principio). Con sólo dos largometrajes, y una decena de cortos, Salaviza se reafirma como uno de los valores en alza del cine portugués, construyendo, tras su demoledor retrato adolescente en un Lisboa irreconocible en “Montanha”, uno de los filmes más sugerentes, atractivos, estéticos y sensoriales de esta temporada con “Chuva e cantoria”, donde se participa de un cine antropológico al servicio de un relato. No se busca solamente el simple reflejo de la vida y las costumbres generacionales de un clan indígena (y perdonen la más que probable inexactitud del término), algo que también vemos y del que participamos, sino que ese inmanente sentido de la mezcla entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se va desarrollando en forma de guión interpretado por actores no profesionales que, en definitiva, representan sus propias costumbres para hacernos partícipes de una ficción sujetada en la realidad.



La circularidad de la película no es algo meramente estético, esa gran cascada donde mora el fuego del espíritu que vaga, a la espera de ser olvidado, y emprender su viaje final a la aldea de los muertos, aproxima, en una elipsis completa donde podríamos obviar el resto de la historia, el antes y un después de un viaje iniciático emprendido por Ihjâc para cambiar interiormente y pasar a ser otra persona. Un lago que le previene mediante la aparición del fuego y se transforma en una especie de lugar tabú, se ha transformado en otro espacio acogedor en el que sumergirse, donde la voz del padre ha dejado de oírse para ser sustituida por los ruidos animales de la noche selvática, en le medio pasan muchas cosas y hay mucha evolución en este personaje masculino, pero la ida y vuelta a la cascada resume perfectamente la idea del relato. El juego entre civilización y tradición se superpone abundantemente durante el disfrute de esta película, en la que la comunidad intenta hacer perdurar su forma de vida sin perder de vista alguna de las ventajas del progreso, sobre todo las médicas y las de transporte. La enfermedad de la que se queja Ihjâc es la excusa para buscar en la ciudad la reparación de un mal interno que no tiene más cura que el de concluir un rito para el que los médicos del cuerpo no están preparados ni tienen conocimiento. Ihjâc intenta alejarse del foco de su insomnio buscando prepararse para el momento definitivo, sabe que mientras no culmine el rito no descansará, pero al tiempo tampoco quiere dejar de pensar en su padre, tradición y sentimientos chocan de manera irremediable en una persona que se ve exigida por los vivos que le rodean para que opte, de una vez, por cumplir con sus obligaciones vitales.


Serena, poética, visualmente atractiva, naturalista, “Chuva e cantoria” es el reverso pacifista de “Cocote”, y frente al vagar sin rumbo emprendido en “Arabia” a lo largo de Brasil, aquí el personaje se desplaza para regresar, en un camino nocturno a pie, a su verdadero lugar, convencido, por fín, de dónde se encuentra su futuro y en qué forma ha de decidir afrontarlo, una vuelta sin derrotas, una vuelta con afirmaciones personales de cambio. El viaje a Ijhâc le sirve para confirmar una sospecha, que la ciudad no es el lugar donde va a poder vivir porque, poco a poco, las puertas se van cerrando hasta que duerme en la calle una noche en la que el padre termina apareciendo por la ciudad blandiendo su antorcha con la que ilumina el rostro durmiente de un hijo empeñado en resistirse a lo inevitable, demostrando así que da lo mismo el lugar porque el sueño perdurará sea cual sea donde Ijhâc se encuentre; del mismo modo que la vida de la aldea está cambiando, “cuando mataron a nuestro pueblo”, como dice el anciano, un recuerdo en el que se encierra el fín de una manera de vivir porque, pese a que el poblado ha recuperado la población, la vestimenta, las costumbres, la forma de relacionarse de las nuevas generaciones apenas se parece a la de los ancianos del lugar (visualmente llama la atención cómo cuanto más jóvenes son los indígenas, más vestidos aparecen, más pudor, menos espontaneidad). “Las cosas cambian, ya no soy el mismo, conozco el alma de las cosas” confiesa el joven al finalizar la película, como si se hubiera apoderado del alma de ese “macaw” (guacamayo) en el que se encierra parte de la sabiduría, y también superstición, de su pueblo, que nos mira desde un primerísimo plano de su ojo rodeado de plumas coloridas, como si fuera capaz de escrutarnos para comprobar cómo el paso del tiempo, y las experiencias, modifican nuestro interior. “Chuva e cantoria” es una de las grandes experiencias cinematográficas de 2018.


CHUVA É CANTORIA NA ALDEIA DOS MORTOS. (THE DEAD AND THE OTHERS). Brasil-Portugal. 2018. João SALAVIZA – Director. Renée NADER MESSORA – Directora. Renée NADER MESSORA - Directora de fotografía. Pablo LAMAR – Sonido. João SALAVIZA – Montaje. Edgar FELDMAN – Montaje. Renée NADER MESSORA - Montaje . João SALAVIZA - Guión/ Diálogos. Renée NADER MESSORA - Guión/ Diálogos. 113 minutos. Intérpretes: Henrique Ihjãc KRAHÔ – Ihjãc. Raene Kôtô KRAHÔ – Kôtô

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