miércoles, 17 de octubre de 2018

BURNING (Lee Chang Dong, 2018)

BURNING (Lee Chang-Dong, 2018)

Inspirada en el relato "Quemar graneros", incluído en el libro editado por Tusquets, "El elefante desaparece", de Haruki Murakami, la nueva película del director coreano, tras ocho años de silencio, nos devuelve, de golpe, de manera calculada, planificada, asombrosamente diseñada, a un cine que nunca debería desaparecer de nuestras pantallas. Es aventurado decir si dentro de unos meses, unos años, unas décadas, las películas de Lee Chang Dong merecerán la casi unánima aceptación crítica del presente, pero es absolutamente cierto que la contemplación, porque ver "Burning" sólo puede hacerse desde la contemplación, de su última película es una experiencia sólo posible a partir de la obra de los más grandes creadores. Conseguir que 148 minutos de intensidad pausada, de silencios que sirven para narrar a voces el pasado de unos personajes, pasen como una exhalación y dejen con la sensación de querer saber mucho más de Lee, Haemi y Ben, es síntoma inequívoco de la maestría con la que se nos cuenta un argumento dificilmente reproducible, porque la extrañeza que va envolviendo progresivamente al relato; la sorpresa, la duda, la diferencia entre realidad y deseo, culminada con una conclusión imprevista e impactante, hacen de "Burning" una de las grandes películas de este año.



No espere el espectador un relato lineal, ni comprensible, a veces ni asumible. La historia puede desarrollarse de manera contradictoria, presentarse como una historia romántica, derivar a episodio de decepción amorosa mezclado con toques de misterio, trocar en drama psicológico de dobles identidades con toques lynchianos y palmianos, homenajear a Hitchcock, concluir de manera brutal, cortante y abrupta, como una venganza en la que la genética y la diferencia de clases se manifiesta con toda su crudeza, y pese a ello, nunca estaremos seguros de que lo que estamos viendo esté sucediendo exactamente así, o que lo que estamos interpretando realmente se corresponda con lo que el director nos está ofreciendo, y en el fondo nos estamos dejando llevar por la idea preconcebida de cómo debería desarrollarse el relato. Las piezas que va ofreciendo el director, el apartamento, la antena de televisión que produce una reacción sexual en uno de los protagonistas, un gato, un reloj de mujer, unos invernaderos abandonados, que parecen inanes y sin definición precisa cuando aparecen por primera vez, terminan cobrando especial significación cuando la narración avanza y los círculos van cerrándose sobre la mente del personaje de Lee, que va abrasándose a medida que se acerca a la verdad, o a su verdad. Todo parece estar duplicado en la película, pero en la duplicidad el "doppelgänger" se parece tanto como se distancia del original previamente conocido.


Un resumen injusto de la historia hablaría de un triángulo insatisfactorio, un joven repartidor, Lee, es abordado en plena calle por una chica disfrazada de "cheer leader" que le trata con una procacidad y confianza desmedida, se trata de una vieja compañera de colegio y del mismo pueblo que Lee. Este no reconoce a Hae-mi, "¿no me recuerdas?, me he hecho una cirugía", pero acepta que esa persona procede de su pasado, con la misma sencillez con la que terminan acostándose al poco tiempo, como si de esta manera Hae-mi sellara el compromiso que necesita para que alguien cuide de un gato que nadie ve, pero que deja pistas de su presencia, mientras viaja por Africa, haciendo creer a Lee, personaje solitario, traumatizado por un padre violento y lleno de rabia, que se han convertido en pareja. A la vuelta de ese viaje, Lee acude al aeropuerto para recoger a la que cree su novia, que aparece acompañada por un desconocido, Ben. El abismo social entre Lee y Ben opera como catalizador de una retirada por parte de Lee, que se siente perdedor de antemano para retener a Hae-mi, su destartalada furgoneta frente al porsche del triunfador, estableciéndose una relación en la que Lee, sin perder la esperanza de volver con la joven comprueba cómo ésta ha sustituido al componente masculino de su vida. Tras una tarde de embriaguez y marihuana (la que podría denominarse "la escena" de la película), en la que Hae-mi baila semidesnuda para los dos y Ben confiesa que para sentirse vivo necesita quemar invernaderos abandonados, Lee insulta a Hae-mi y ésta desaparece misteriosamente sin que nadie, incluído Ben, pueda dar razón de su paradero. A partir de entonces empieza el relato de obsesión personalizado en la persecución de Ben por parte de Lee al sospechar éste que algo oculto se mueve alrededor de la desaparición de ella. Un gato, un reloj, un movimiento de manos, irán convenciendo a Lee de lo que ha pasado con Hae-mi, al tiempo que todo lo que le sirve, o debería servirle, para confirmar que lo que recuerda es cierto y que la Hae-mi que ha conocido es la verdadera Hae-mi de su infancia, parece desmoronarse hasta la conclusión final demoledora.

Un resumen parcial e injusto, porque eso pasa en la película, pero lo que la palabra no puede transmitir es el calado sensorial y emocional de las imágenes, el valor intrínseco de cada puesta en escena, el sentido del espacio, la rabia contenida del injusto reparto de la riqueza en Corea, la sensación de abandono de Lee, de soledad de Hae-mi, de éxito que tritura a los demás, empequeñeciéndoles, de Ben, como ese bostezo nada disimulado que dedica a sus parejas cuando ellas hablan. No se puede explicar por qué se siente a Lee como un James Stewart al volante de su coche siguiendo a una Madeleine que aquí es un hombre, Ben, del que cree que le va a llevar hacia la desaparecida mujer. ¿Cómo transmitir la profundidad de una escena que dura alrededor de 20 minutos, con tres personajes sentados en el exterior de una finca agrícola bebiendo vino, fumando marihuana y contemplando un atardecer en el que cada uno de ellos desvela algo de su intimidad oculta y que concluye con un enigmático "ésta es la noche para hacerlo?. Lee Chang-dong sabe usar la palabra para sugestionar la imagen, incluso la imagen para dirigir la acción, cuando Hae-mi cuenta la experiencia de un atardecer en Namibia o habla sobre la diferencia entre el poco hambriento y el muy hambriento, aceptamos la anécdota como dibujo de un personaje emocionado por su viaje a África; cuando el atardecer en la granja del pueblo, en una panorámica de izquierda a derecha hacia el horizonte, nos desvela que el cielo va del naranja al rojo y concluye en un azul previo al crepúsculo, nuestro cerebro revive la escena contada antes por Hae-mi sin salir de la Corea fronteriza con su vecino del norte, y el espectador sufre un cortocircuito provisional impactado por la maestría con la que el director nos recuerda las vivencias de la joven desde los ojos de Lee.

Será mejor no buscar racionalidad ni explicación en cada escena, dejar que la película crezca por si sola, en su visión y tras ella, porque cuando se piensa con calma en alguna de las deslumbrantes escenas, rápidamente acuden a la memoria aquéllas que se relacionan entre sí y dan más sentido a lo visto aunque, inicialmente, pudiera parecer absurdo o inconexo. La película no es literal, ni lineal, ni metafórica, a veces ni congruente, pero cuando analizas el conjunto es todo ello y mucho más, es rotunda y triunfal en su concepción, con eso me basta para señalarla como una de las mejores creaciones que ha llegado a nosotros este año.

BURNING. Corea del Sur, 2018. Título original: Buh-ning. Director: Lee Chang-Dong. Guion: Lee Chang-Dong, Jungmi Oh (Historia: Haruki Murakami). Duración: 148 minutos. Edición: Da-won Kim, Hyun Kim. Fotografía: Kyung-Pyo Hong. Música: Mowg. Productora: Pine House Film / NHK / Now Films. Intérpretes: Steven Yeun, Kang Dong-won, Yoo Ah In, Jong-seo Jeon.