martes, 30 de octubre de 2018

BLACKKKLANSMAN (Spike Lee, 2018)

BLACKKKLANSMAN (Spike Lee, 2018)

En 1968 Agnes Varda filmó "Black Panthers", mediometraje de sus años en California, donde con su cámara en mano, retrató los rostros, los lemas, los discursos, la escenografía militar del movimiento reivindicativo negro en los Estados Unidos de Norteamérica y el racismo policial empleado para disolver sus legítimas protestas. Son los años de los asesinatos de Martin Luther King, de Malcom X, Fred Hampton, Bunchy Carter, John Huggins. Son los 60 los años del comienzo de la guerra de Vietnam en la que la comunidad afroamericana sirvió de carne de cañón. Años de lucha por los derechos civiles que continuaban en "stand by" pese a la apertura oficial, pero con una fuerte resistencia de los blancos supremacistas. Se constituyó como partido por su vocación de actuar, de participar, de aportar soluciones concretas, se llamaron panteras negras porque su naturaleza no era la de atacar en primer lugar, sino que, siendo la comunidad negra acorralada y vejada sistemáticamente, debía responder de manera feroz y sin piedad ante su agresor; era, por tanto un movimiento de autodefensa que propugnaba la militarización de sus bases para poder dar respuesta, incluso armada, a la violencia institucional. Y en ese mediometraje de Varda se apuntan las directrices políticas de la película de Lee, discurso de líderes incluídos, aquí bajo la figura episódica pero revulsiva de Kwame Turé, cuyo nombre original era Stokely Carmichael.


"Hermanos" y "hermanas" en plena exaltación de la negritud, en reivindicación de una cultura en oposición a la institucional de blancos para blancos y sin respeto de las minorías. "Todo el poder para el pueblo" es el lema que crearon los fundadores del partido Elbert "Big Man" Howard, Huey P. Newton (ministro de Defensa), Sherwin Forte, Bobby Seale (Presidente), Reggie Forte y Little Bobby Hutton (Tesorero) con una idea nacionalista, socialista y de dar la voz a los de abajo. En este mundo referencial, Lee recupera su vibrante discurso de raza, su orgullo de ser como es y de cómo han sido sistemáticamente oprimidos, marginados, excluídos de la sociedad norteamericana para exigir cuentas desde el pasado y para que no olvidemos el presente. El hecho de tomar como punto de partida una investigación policial real, con evidentes notas de ficción, no ha de hacernos olvidar que la proyección del film de Spike Lee, que vuelve a sus mejores minutos de cine desde las ya lejanas "Haz lo que debas", "Nola darling", "Jungle fever" o "Mo,better blues" es la de denunciar la permanencia del racismo policial y el evidente rearme de las ideas supremacistas y fascistas en el mundo occidental.
La película no se deja llevar por la trascendencia del tema y prefiere utilizar la sátira, el humor negro y la amenaza de la violencia para desnudar la irracionalidad absurda de una institución como el Ku Klux Klan, trufada de descerebrados que parecen salidos de la América profunda de los hermanos Coen cruzados con los hiperviolentos y testosterónicos personajes, y no menos discapacitados intelectuales, de Tarantino (cuyo Django parece sobrevolar parte de la estética actualizada de Blackkklansman, fanfarria musical de Terence Blanchard incluida). La película se disfruta como comedia pese a lo serio de su mensaje, no es difícil mantener la sonrisa permanente y hasta la carcajada, porque la anécdota real contada por Ron Stallworth en su libro, en el que desvela el periodo en que estuvo infiltrado dentro del KKK, carecería de humor si no fuera porque Stallworth fue uno de los primeros policías negros y el primero en la comisaría de Colorado Springs, y actuó como agente doble consiguiendo engañar al líder del partido racista por teléfono, mientras su compañero Flip Zimmermann ponía la cara ante los miembros locales del Klan haciéndose pasar por Stallworth. Así las cosas, un afroamericano y un judío consiguieron conocer la estructura interna de la organización local y, con bastante suerte, evitar un atentado de posibilidades potencialmente catastróficas que se saldó con una divertida justicia poética.

Un cuidadísimo diseño de producción, una ambientación fantástica que devuelve al espectador a los años del "blaxploitation" de películas como "Cleopatra Jones", "Shaft", "Superfly", "Coffy", "Black samurai", "Las noches rojas de harlem", del soul y el rithm&blues con un conjunto de canciones que acompañan la música de Blanchard para crear un ritmo frenético, de la marihuana y el "paz y amor", enfrentados a la "Intolerancia" y "El nacimiento de una nación" de Griffith, devoradas por los miembros del KKK como los presos de "Los viajes de Sullivan" asistían a la proyección de los dibujos de Mickey Mouse, al country y a la cerveza. Dos culturas llamadas al enfrentamiento al actuar de manera excluyente pero cuyo ejemplo de integración es la figura del policía Stallworth, orgulloso de pasear el color de su piel por la comisaría y de ir ascendiendo de labores administrativas a trabajos de investigación, a diferencia de su compañero Zimmermann, quien se hace llamar de otra manera para ocultar su origen, haciendo hincapié Lee en que el problema racial en los EEUU no es patrimonio de los afroamericanos, sino de cualquier minoría que no cumpla los mandamientos del "wasp".
Como en la película alemana "El capitán", Lee quiere hacer una transición final hacia la actualidad del momento, y la hace mucho mejor, con mejor sentido y acabado, con mayor calado en este espectador. La amenaza permanente en la que va a vivir el agente y quien con él comparta su vida se representa por la cruz ardiente símbolo del Klan. Por la cruz y por la necesidad de vivir armado en un país en el que la facilidad para disparar es directamente proporcional a su atracción por las armas y su uso. La transición de ese plano en el que el agente y su pareja apuntan hacia un enemigo invisible, pero palpable, y la mira de su pistola acaba en la lejanía de una cruz ardiente, da paso a las escalofriantes imágenes extraídas de la realidad televisiva cuando el año pasado se convocaron manifestaciones supremacistas blancas en EEUU que reivindicaban la segregación racial y el fascismo más cavernario, imágenes que terminan con el atropello intencional de un miembro de esa ideología que lanzó su coche contra una marcha antirracismo. Desde que Lee terminó su película las cosas han empeorado, en EEUU, y en el mundo occidental que conocíamos. La película de Spike Lee se hace necesaria porque se ve con el agrado de una comedia mordaz e inteligente, en la que la capacidad intelectual del policía negro ridiculiza a las mentes enfermas de los miembros del Klan, líder incluído, pero deja el regusto muy amargo, casi desesperanzado, consecuencia de su buena concepción visual y de guión, de que nada de lo que hemos visto puede considerarse intrascendente ni superado, y que como los Black Panthers, hay que organizarse para la defensa.


Estados Unidos, 2018. Título original: Blackkklansman. Director: Spike Lee. Guion: Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel (Libro: Ron Stallworth). Duración: 128 minutos. Edición: Barry Alexander Brown. Fotografía: Chayse Irvin. Música: Terence Blanchard. Productora: Blumhouse Productions / Monkeypaw Productions / QC Entertainment / Perfect World Pictures. Distribuida por Focus Features. Intérpretes: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Paul Walter Hauser, Craig muMs Grant, Michael J. Burg, Chris Banks, Tom Stratford, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson, Ken Garito.