lunes, 1 de octubre de 2018

BELMONTE (Federico Veiroj, 2018)

 BELMONTE (Federico Veiroj, 2018)

¿Qué más quiere usted, Belmonte? Pregunta incisiva, pronunciada en el duermevela de una noche apasionada por una amante que te ha buscado e insistido porque sospecha que tus negativas son meras excusas. En ese ¿qué más quiere? se esconde el doble sentido de lo que acaba de ocurrir, pero también la pregunta indirecta que mantiene activa la película. Qué es lo que busca, qué es lo que le falta, qué provoca ese estado de constante insatisfacción en el rostro de Belmonte, pintor afamado, atractivo para las mujeres que le acosan sin reparo, adorado por una hija que sabe diferenciar, y acomodarse, a la realidad de que sus padres hace tiempo que han dado por finalizado un matrimonio fracasado. Hay, en el cine de Veiroj, esa melancólica propensión a la desesperación existencial con toques de comedia agridulce. Personajes que hacen de su oficio, o de su afición que se transforma en profesión, o de una obsesión, una excusa para no pararse a pensar en lo absurdo de su decaimiento.

Ya sea la obsesión por apostatar, recluirse entre las paredes de una vieja filmoteca, o utilizar la pintura, (Acné, La vida útil, El apóstata son sus anteriores películas), los personajes masculinos de Veiroj van transitando como almas en pena a la búsqueda de un pequeño refugio en el que lamerse las heridas. La excusa de Belmonte es una ruptura sentimental, de la que echa en falta el calor del hogar familiar, y para el que los días de visitas con su hija Celeste siempre resultan insuficientes. El chantaje emocional que indirectamente vuelca sobre su expareja y su hija, no funciona. Cada personaje, menos Belmonte, conoce su lugar en ese mundo y los límites de las relaciones futuras. Ni un nuevo hijo de su expareja ha de modificar las relaciones padre-hija, ni ésta ha de sentir que es menos querida por su madre ante la llegada de un nuevo hermano. Belmonte oculta sus emociones, sus sentimientos se vuelcan en el lienzo donde reproduce desnudos masculinos en los que busca reflejarse, pero donde nunca consigue aproximarse tanto como en el garabato improvisado que su hija dibuja sobre una tela.

Sólo en la oscuridad de la butaca del teatro donde acude a escuchar a una orquesta sinfónica, siente la intimidad suficiente como para dejar brotar una lágrima, expandir sus sentimientos por una obra de arte, sentirse momentáneamente en paz con una parte de su personalidad. En cuanto las luces se encienden, sale a flote, de nuevo, el carácter arisco y maleducado del personaje con los demás, ya sea su padre, los amigos de éste o un tercero empleado de la imprenta en la que se prepara el catálogo de su próxima exposición, como si fueran los demás, y no él, los culpables de su desaliento vital. El éxito artístico no es suficiente para aceptar el día a día, el éxito con las mujeres no le satisface porque tampoco busca ataduras sentimentales. Belmonte, para sentirse maldito y renegado, se aferra a no tener a su hija consigo de manera permanente, o a insinuar a su ex retomar la relación rota , que es rechazado con el gesto de apartar una mano que está provocando un incómodo contacto.

El personaje infantil termina resultando clave para sustentar la bóveda artificiosamente dramática en la que Belmonte intenta convencerse que vive. Con la sencillez de quien todo lo ve sin el filtro de lo "correcto", de lo "socialmente esperado", Celeste somete a su padre a las urgencias vitales del momento sin condicionar el comportamiento a otros hechos imprevisibles o premeditados. Es Celeste quien consigue mover al padre y hacerle reaccionar desde la cómoda, y absurda, posición de quien delega la colocación de los cuadros de la exposición en la menor, en un diálogo surrealista entre la comisaria de la muestra y la niña, que eleva el tono cómico del conjunto. Puesta en escena y estado interior del personaje van dándose la mano convirtiendo el encuadre en una simbiosis entre pinturas y rostro, resultando éste último afectado por el color y las formas que le rodean, del mismo modo que la música, tanto la pop, como la clásica, no sirven solo para rellenar el silencio, sino que sus letras, o el sentido de lo que se escucha, sirven para transmitir un estado de ánimo, cambiante y depresivo, que ha de concluir con un necesario tono optimista porque, en el fondo, las razones de Belmonte, son más autosugestiones de derrota y fracaso que una interpretación real de lo que pasa en su vida.

Belmonte es un hombre aburrido que pretende que nos creamos que nada le interesa, que su trabajo y afición no le interesa aunque no para de crear, que todo le da lo mismo pero no para de vender su obra, que las mujeres ya no le proporcionan placer pero porque quizás está esperando algo más que un sexo ocasional y furtivo con una clienta, como le ocurre cuando mujer, música, juventud y sexo pueden confluir. Es un hombre que se escuda en los días en los que cuida a su hija para imponerse una disciplina de obligaciones y horarios, de tareas e ilusiones. A Belmonte se le puede escapar la risa o la sonrisa, ya sea viendo a su hija en el patio del colegio o recuperando un viejo juguete infantil, hasta que se da cuenta de que, si mantiene ese gesto, su figura de hombre doliente y sufriente se derrumba. Belmonte quiere parecer un ser digno de lástima, pero no nos convence, y Veiroj nos dibuja tan bien al personaje que sabemos que el tono cómico es más sincero que el dramático. Hay en esta película de Veiroj algo que, sin dejar de ser él mismo, la acerca a Mogullansky y a Matías Piñeiro, dos directores que también saben que hablar de lo trascendente, hablar de la vida; exige mezclar lo triste con lo divertido. Una estupenda película breve y pequeña cuya coproducción española ojalá la acerque a la gran pantalla. 
BELMONTE. Uruguay, México, España. 2018. Dirección y Guión: Federico Veiroj. Fotografía: Analía Polio, Arauco Hernández. Montaje: Manuel Rilla, Fernando Franco. Música: Leo Masliah, Rafael Bonavita. Intérpretes: Gonzalo Delgado, Olivia Molinaro Eijo, Tomás Wahrmann. 75 minutos. Productoras: Cinekdoque, Nadador Films, Corazón Films, Ferdydurke. Productores: Fernando Franco, Federico Veiroj, Sandro Halpen, Juan José López.

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