martes, 18 de septiembre de 2018

TARDE PARA MORIR JOVEN (Dominga Sotomayor, 2018)


TARDE PARA MORIR JOVEN (Dominga Sotomayor, 2018)

La película se convierte en un relato cerrado iniciado y concluído con una imagen casi idéntica pero de significado opuesto. Al comienzo un vehículo va recogiendo niños y jóvenes para llevarlos a su último día de colegio antes de las vacaciones escolares. La cámara permanece fija enfocando el asiento trasero en el que van sentándose diferentes menores. Tras montarse una de ellas un perro se resiste a dejar marchar a su ama y corre tras el vehículo en una carrera sin posibilidad de éxito mientras los niños contemplan la escena a través de la luna trasera. Cuando la película concluye, esa misma niña adopta una decisión, suelta la correa del perro y vemos cómo éste vuelve a salir corriendo, pero ahora lo hace para alejarse de su dueña y, entendemos, volver con su verdadera familia. En ambos casos el humo-polvo envuelve la imagen de la nebulosa propia de un recuerdo, como si realmente eso que vemos no hubiera ocurrido de esa manera, como si el tiempo que ha de pasar ya empezara a modificar la importancia de lo vivido en espera del moldeado definitivo.

Tratándose de una de las mejores experiencias contempladas del presente año cinematográfico, la directora chilena Dominga Sotomayor confirma lo apuntado con su anterior "De jueves a domingo", crónica de una avanzada ruptura familiar con las hijas como receptoras omniscientes de las luchas de poder y los vaivenes de los adultos; y utilizando aquí un momento de cambio, personal y social, tanto de los jóvenes que se apuran por madurar cuanto antes, como de un país, Chile, que acaba de romper con la dictadura pinochetista, lanza una mirada de atención, naturalista y desafectada, al día a día de una comunidad que acoge nuevos vecinos intentando crear un germen de extensión democrática desde abajo hacia las estructuras de poder, autogestionando sus recursos, su urbanismo, su población; una especie de comuna donde se conserva la propiedad privada y se comparten las necesidades comunes, donde la idea de clan trata de imponerse a la de familia o privacidad, un reducto donde apenas si hay puertas con cristales o ventanas con marcos, como si nadie tuviera que avergonzarse de exponer su interior al exterior.

En ese ideario, que termina convirtiéndose en un reservorio lleno de traumas, inseguridades, fracasos personales y afectivos procedentes del pasado, permanecen los adultos en un segundo plano omnisciente que condiciona la vida de sus hijos. La directora dirige su mirada más atenta a los personajes más jóvenes, dos de 16 años, la Sofía interpretada por Demian Hernández, cuya androginia hace dudar al espectador acerca de su verdadera condición sexual, y Lucas, el aspirante a músico, ambos asfixiados en un ambiente que, para ellos, les aleja del mundo soñado de la ciudad y les coarta en su crecimiento personal, sujetos al deseo egoísta y visionario de un grupo de adultos que provoca el aumento de sus deseos de huida y escapada; y Clara, de 10, una niña ante cuyos ojos desfila todo un catálogo de infidelidades, traiciones, desafectos, que difícilmente podrían ser asumidos y comprendidos desde su escasa edad, pero que la ayudan a tomar la decisión anteriormente descrita en el párrafo anterior.


Hay en "Tarde para morir joven" el mismo espíritu de dejar a los personajes que se expliquen por si solos, sin necesidad de acompañarles con palabras innecesarias, que se admira en el cine de Milagros Mumenthaler o Pepa San Martín, mujeres que comparten un ámbito geográfico cercano con Sotomayor, y, hasta el momento, la obligación de contar las turbulencias de los cambios a partir de la mirada de la juventud y de la infancia a punto de ser abandonada. El conflicto permanente de los personajes va trazando líneas que crean una telaraña difícil de desenredar,  el deseo de una madre ausente que atosiga a Sofía, provocando un rencor hacia un padre incapaz de comunicarse y expresar su amor, el conflicto generacional de Lucas con sus padres, a quienes siente como una rémora para su propia evolución, el conflicto de Clara visto a través de los ojos de su madre, un referente que salta por los aires ante la enfermedad de un padre que parece anularse en el momento más trascendente, el conflicto a tres bandas entre Sofía-Lucas y Roberto, persiguiendo amorosamente cada uno de ellos a la persona equivocada, o huyendo de ella, forzando una situación de decepción y desilusión; o los conflictos más violentos, más latentes, menos resolubles por afectar a su personalidad inamovible, de los adultos, que funcionan como una parte de la puesta en escena, siempre incomodando a los jóvenes, siempre pontificando, siempre intentando imponer un criterio cuando no son capaces de orientarse a sí mismos.

La película de Sotomayor transcurre con la fluidez del relato bien planificado y bien llevado, los personajes se mueven en círculos intentando arreglar su vida en apenas un par de días y una larga noche de fín de año que concluye con un largo y catártico amanecer. Los sueños construidos como castillos en el aire están encaminados a derrumbarse, para los jóvenes es parte de su proceso de aprendizaje, de aceptar el rechazo, el error; para los adultos un incendio es aceptado, desde el primer momento como sinónimo de pérdida irreparable, de evaporación de un pasado construído sobre lo material y no sobre lo personal. El humo que envuelve el bosque no oculta el resultado final de la experiencia, en la derrota temporal de los tres jóvenes se encierran los motivos bastantes para el afianzamiento de un futuro. Que entre el humo y el desconcierto de ese amanecer los adultos corran sin sentido, se difuminen en el espacio sin ser capaces de actuar con lógica y aceptando lo inevitable, que terminen simulando un decorado que continúa sin saber cómo hablar a sus hijos, es efecto y resultado necesario de todo lo visto anteriormente. "Tarde para morir joven" es otra de las grandes películas de 2018 y otro ejemplo claro de la presente vitalidad del cine chileno.


TARDE PARA MORIR JOVEN, Chile, Brasil, Argentina, Holanda, Qatar. 2018. Escrita y dirigida por: Dominga Sotomayor. Producida por: Rodrigo Teixeira, Dominga Sotomayor. Productor Ejecutivo Omar Zúñiga. Productores Ejecutivos: Sophie Mas, Daniel Pech. Co-producida por Violeta Bava, Rosa Martínez Rivero, Stienette Bosklopper, Lisette Kelder, Inti Briones. Productores Asociados: Nicolás San Martín, Alejandro Wise. Dirección de Fotografía: Inti Briones. Dirección de Arte: Estefanía Larraín. Montaje: Catalina Marín. Diseño de Sonido: Julia Huberman. 110 minutos. Intérpretes: Demian Hernández, Antar Machado, Magdalena Tótoro, Matías Oviedo, Andrés Aliaga, Antonia Zegers, Alejandro Goic

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