miércoles, 4 de julio de 2018

VILLAGE ROCKSTARS (Rima Das, 2017)



VILLAGE ROCKSTARS (Rima Das, 2017)


Hay maneras de acercarse a la pobreza desde la amoralidad destinada a destacar el morbo, para utilizar la imagen como reclamo de toda la desgracia que acecha al hombre y servirse de ella con el objetivo de provocar la lágrima fácil, privando de dignidad al ser humano y convirtiéndolo en mero instrumento de sufrimiento, utilizar la pornomiseria para mercantilizar los sentimientos y sentir una empatía fugaz, y falsa, por lo que vemos, pero que nunca nos va a salpicar tan cerca como para que nos incomode realmente. Hay maneras muy deshonestas de acercarse al tercer mundo, o al cuarto, y pretender dar lecciones morales a quienes apenas consiguen sobrevivir día a día, utilizando nuestros parámetros sociales y nuestras construcciones mentales bien-pensantes.  De ahí que el cine occidental de ficción que utiliza barrios marginales, países en el pozo de la desigualdad, clases sociales desfavorecidas en medio de sociedades auténticamente desestructuradas apenas tenga interés, aunque pueda tener éxito de taquilla o de academias. Uno de esos lugares paradigmáticos para jugar a redentor planetario es la India, quizás el más simbólico, el más manoseado, el que se suele utilizar como paradigma de los lugares comunes de lo que una obra de arte no tendría que plantearse si no estuviera más pendiente del talonario y la recaudación.


Por eso la película de Rima Das; una pequeña producción realizada junto a su familia; un, como dice al inicio, "homenaje al lugar y a la gente de donde procedo", desborda naturalismo, desborda sinceridad, realidad, crudeza y esperanza, rezuma verdad como pocas veces puede verse desde los ojos de un occidental que aterriza en un medio y lugar desconocido con las ínfulas de creerse capaz de entender las costumbres de un país extraño, como si la buena voluntad y los buenos propósitos fueran suficientes para alterar el curso de las cosas y aleccionar a propios y extraños sobre lo que hay que hacer en el futuro. Das consigue, en esta pequeña historia campestre, proporcionar al espectador la sensación de espiritualidad de quien vive con arreglo a los ciclos de la naturaleza sin necesidad de representar la religión, nos muestra la realidad de la mujer en el tercer mundo sin necesidad de mostrar a un hombre, nos enseña cómo el crecimiento de una niña puede verse lastrado por tabúes ancestrales que imponen diferentes ritmos de vida en función del sexo, y nunca sin alterar la voz, sin exagerar la mirada, con el ritmo pausado y tranquilo que produce navegar por las aguas crecidas del río tras la llegada de los monzones, atravesando los campos de cosechas anegados por el agua, dejándose mecer por el vaivén de la fragilidad de la canoa, tan frágil como la existencia y futuro de todos los niños y adolescentes que aparecen en pantalla.


En “Village rockstars” el personaje de Dhunu se enfrenta, desde su propia naturalidad infantil, a punto de concluir socialmente al alcanzar la pubertad, a las reglas que parecen absurdas para cualquiera, pero que determinan la exclusión o inclusión social. Subirse a un árbol, simular que se es una guitarrista de rock, ir al colegio con su hermano y sus amigos en vez de con otras chicas, es algo que la comunidad no acepta, contraría la necesidad de la mujer sumisa y obediente, pendiente de la casa y los hijos, al servicio de un marido. La ausencia de un padre, prematuramente muerto en circunstancias que también influyen para que la madre de Dhunu provoque el aprendizaje de su hija, alcanza un hondo significado en el discurrir de la historia, sin un hombre en casa, madre, hija y hermanos conviven en un plano de igualdad donde todos comparten todo y todas las tareas, en medio de la pobreza extrema, o de esa ausencia de medios que te permite comer pero no te permite alegría alguna; la inexistencia de un hombre invita a madre e hija a descubrir la sensación y la necesidad de igualdad, y así se van a comportar enfrentándose a otras generaciones y otras costumbres.

Del mismo modo que la película reivindica, sin palabras, esa igualdad en un mundo claramente machista, la vida necesita de sueños para continuar. Dhunu tiene uno, poseer una guitarra de verdad y no una réplica de porexpan recortada y decorada por ella misma. Frente a la realidad el deseo, frente a la pobreza la esperanza, frente a la discriminación el ejercicio de libertad e igualdad. Los días de Dhunu pueden ser muy exigentes, caminar hasta la escuela, trabajar en el campo, ayudar en casa, pero siempre hay un momento para el juego, para ir al río, para navegar, para soñar con ese momento en que, al frente de un grupo musical, pueda mejorar sus condiciones de vida, aunque de momento se conforme con lo más básico, conseguir el instrumento que le permita seguir soñando, porque, hasta los sueños, en estas condiciones, tienen que ser paso a paso, como las estaciones y la lluvia, que unos años son insuficientes para la cosecha y en otros te obligan a abandonar hasta tu casa por las crecidas.


Las imágenes no son bellas por su calidad, su enfoque, su cálculo, su búsqueda de la inmensidad de la naturaleza; las imágenes se hacen bellas por lo que cuentan, por su quietud, por sus personajes, dignos y veraces. Es la verdad de lo que vemos lo que hace bello el conjunto, sin necesidad de que la fotografía nos obnubile. Sentimos lo que debe ser hacerse el muerto en medio de un arrozal con el sol en la cara, o cerrar los ojos para levantar el rostro en medio del campo, subirnos a diez metros de altura en un árbol y mirar el horizonte o recoger la cosecha de fruta, acompañamos la resignación de Dhunu en la ceremonia por convertirse en mujer y respiramos aliviados cuando, tras cumplir con el rito social, su instinto libertario permanece intacto y vuelve a ser la niña que hemos visto antes. La escena inicial y la final se dan la mano, si Dhunu forma parte del círculo al principio y contempla como espectadora, ahora pasa a ser la protagonista a la que todos rodean; en medio de la pobreza se puede mantener la dignidad, en medio de la necesidad los sueños no sólo son necesarios, sino que se pueden ir cumpliendo si se desean fervientemente y se hace algo por conseguirlos, y aunque la protagonista sea Dhunu, el personaje de la madre resulta esencial para que esta niña crezca libre.




VILLAGE ROCKSTARS. India. 2017. Dirección, Fotografía, Montaje, Guion y Producción: Rima Das. Sonido: Amrit Pritam. Música: Nilotpal Bora. Intérpretes: Bhanita Das, Basanti Das. Duración: 87 minutos