lunes, 23 de julio de 2018

QUE LE DIABLE NOUS EMPORTE (Jean Claude Brisseau, 2018)



QUE LE DIABLE NOUS EMPORTE (Jean Claude Brisseau, 2018)


“Ningún rastro del camino. ¡Estamos perdidos! ¿Qué podemos hacer? El demonio nos entrena a través de los campos y nos hace girar sin rumbo, pues bien…….” Pushkin.
 

Las señas de identidad del cine de Brisseau se mantienen visibles en su última película, donde se permite interpretar un pequeño papel como padre de una de las protagonistas que muere en el curso de los minutos. Despedida a la francesa podría decirse, un “ahí os quedáis con vuestra moral, vuestros reproches de mala conciencia burguesa, con vuestro conservadurismo de salón y vicios privados, porque yo no tengo nada que ocultar. Muero en la ficción porque apenas me queda ya mucho por delante, pero muero sin despedirme porque no lo merecéis”. Deseo, placer femenino, lesbianismo, celos, culpa, una cosmovisión sexual de la vida de las tres protagonistas demasiado obvia y, también hay que decirlo, muy fea visualmente cuando Brisseau introduce la informática a nivel usuario para mostrar, a las amantes, en medio de la galaxia, acariciándose entre las estrellas, levitando en medio del universo con un uso de algo parecido al “chroma” que produce cierta ternura pensando en la edad del director, pero que, si no se es indulgente, acerca el concepto visual a los videos musicales de los 80 más que a lo que estamos acostumbrados a ver y sentir en su cine. Brisseau permite a su hada diabólica abofetear, golpear, al hombre de la película. El cine de Brisseau es un cine de mujeres, aunque el punto de vista suela ser siempre bastante masculino.

Y pese a estar ante un Brisseau reconocible hay un halo, a lo largo de toda la película, que suena a impostura, a forzamiento, a confundir improvisación con trabajo a medio terminar. El uso del azar, tan alejado del referente rohmeriano, suena a mentira, como suena a falso todo lo que ocurre a partir del descubrimiento de un teléfono olvidado. Si el motor de la historia, que empieza en la estación de tren en Aviñón resulta tan poco afortunado, el primer encuentro entre las tres protagonistas, Camille (Fabienne Babe), Suzy (Isabelle Prim) y Clara (Ana Sigalevitch), hace saltar por los aires cualquier viso de verosimilitud en lo que vamos a ver, y habría que intentar evitar creer que la historia se sustenta sobre algo sólido, porque si no, la debacle va a ser absoluta, y será más productivo centrarse en puntos generales, en aspectos que afectan al mundo en que vivimos más que en el devenir amoroso, sexual, placentero, reparador, místico, tántrico, onírico, levitatorio, divertido, de los personajes, una película donde la puesta en escena es mínima, donde el espacio juega muy poca importancia en lo que se nos cuenta, donde éste solo sirve para contener a los personajes, pero no para dotarles de entidad definida.


No está falta de humor la última película de Brisseau, muy evidente atendiendo a su cine precedente siempre tan serio, tan ajeno a lo frívolo; un humor de quien ya no tiene que rendir cuentas de nada, rodeado de su equipo habitual y en los escenarios de sus últimas películas, ¿qué puede haber más barato que filmar en casa propia, rodeado de sus películas, sus objetos, sus recuerdos?. Pero pese a este humor, el uso feérico de alguno de los personajes o las connotaciones paterno-filiales en otros, incluso la necesidad de reparar la maquinaria amatoria de seres desesperados; que relaciona la película con las últimas de Arrieta y Vecchiali pero sin acercarse a su maestría, ni a la del propio Brisseau; el experimento, por intencionalmente provocador que se pretenda, no termina de funcionar lastrado por el peso de lo impuesto por el guión, más que por la evolución normal de unos personajes que, en definitiva, terminan pareciendo no vivir más que por  y para el placer, sin importar con quién ni porqué, y a los que a la postre, su vacío existencial solo les permite la carcajada.


Utiliza la película Brisseau para hacer un repaso generacional de la historia sentimental viva de Francia, la ancianidad que representa el propio director, sabia por edad, vulnerable por la misma razón, que se contenta ya más con ver y dejar hacer, esperando recibir un trato similar, que en el caso del director viene acompañado de polémica desde la llegada del nuevo siglo. La edad madura de Fabienne Babe, representante de la generación que sufrió los efectos post-mayo del 68, la liberación sexual mal entendida procreando hijos que quedaron relegados a meros objetos y se transformaron en juguetes sexuales para hombres sin escrúpulos. La juventud madura de Ana Sigalevitch, el hada-diablo de la película, un hada que no rehúye, ni descarta cualquier forma de exploración sexual y afectiva, sin ataduras, sin compromisos, solamente dedicada a mejorar el funcionamiento interno de todos los déficits que van desmoronando la autoestima de los demás, generando rencores, celos, envidias, en las que el cuerpo, su forma, y el sexo, se sitúan en el centro de la insatisfacción. Es el centro de la trama, y así lo evidencia el director en la más notable de las opciones de la limitada puesta en escena, su retrato preside el centro del salón, es la dueña y ama del espacio, todo se desarrolla según sus reglas. Y la juventud apenas superada la adolescencia de Isabelle Prim, la de quien con su erotismo a flor de piel parece caminar con paso seguro por la vida haciendo del sexo su arma más poderosa pero que, en el fondo, es incapaz de ocultar la absoluta desesperación de una soledad anunciada, donde el juego erótico no es más que un parche temporal al que no sigue una relación real.
 

Nunca ha dudado Brisseau en mostrar el cuerpo femenino, ni en mostrarlo en pleno acto de amor, sobre todo entre mujeres, quedando los hombres reducidos a meros objetos que consumen ese calculado voyeurismo, pero en “Que le diable nous emporte” uno llega a dudar de si el ejercicio del sexo no se convierte en una marca de agua identificadora del director sin existir al servicio de lo que se cuenta. En una película donde los personajes entran en contacto mediante la recogida de un móvil en cuya memoria Camille encuentra videos sexuales de Suzy, y en cuya devolución Camille y Suzy terminan amándose, para incorporar a Clara en un trío juguetón y festivo cuya convivencia llega forzada por la aparición injustificable de Olivier, el amante de Suzy, que, a su vez, pasa a convertirse en la nueva experiencia sexual de Clara, el personaje demiúrgico y diabólico que va conduciendo a todos los demás hacia donde ella quiere, nada puede resultar creíble sino bizarro, como un gran guiñol cuya conclusión no puede ser más que la carcajada sin sentido provocada por el triunfo del amor, aunque quizás habría que hablar más del triunfo del sexo que produce armonía mientras es placentero y la culpa permanece ausente.
QUE LE DIABLE NOUS IMPORTE. Francia. 2018. Dirección y guión : Jean-Claude Brisseau. Fotografía: David Grinberg. Sonido : Emmanuel Le Gall. Montaje : María Luisa García. Música: Georges Delerue, Jean Musy, Anna Sigalevitch. Productores: Jean-Claude Brisseau, Gaël Teicher.  Productoras: La Sorcière Rouge, La Traverse. Intérpretes: Fabienne Babe (Camille), Isabelle Prim (Suzy), Anna Sigalevitch (Clara), Fabrice Deville (Fabrice), Jean-Christophe Bouvet (Tonton). 97 minutos.

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