domingo, 22 de julio de 2018

NO INTENSO AGORA (Joao Moreira Salles, 2017)


NO INTENSO AGORA(Joao Moreira Salles, 2017)


¿Y si la felicidad fuera algo tan simple como el recuerdo mantenido de un momento en que todo nos sonreía con independencia de lo que pasara alrededor nuestro? Cuando Moreira Salles viaja por cuatro escenarios a lo largo de un 1968 que empieza, para su familia, y su recuerdo, en 1966; lo hace usando imágenes ajenas, la mayoría de ellas extrañas a su propio ámbito, recopilaciones de momentos unidos alrededor de la felicidad de una mujer que permanece ausente y enigmática, apenas enunciada, apenas entrevista. Una mujer que es la madre del cineasta y para la que un viaje a la China de Mao en 1966 supuso el origen del recuerdo perdurable más feliz de su vida. Resultaba, y ha resultado, indiferente lo que realmente pasaba en esa China de la década de los 60, era una turista de "primera" ajena al contenido de las proclamas escritas por la joven guardia roja en los muros de los templos y edificios. Le bastó con asomarse a una cultura milenaria completamente desconocida para ella. Una cultura de ritos y formalidades nuevas en un mundo que empezaba a uniformarse. Para la madre del director ese viaje cultural a China, dentro de un grupo de intelectuales de izquierdas agasajados por el régimen, fue el shock del encuentro inesperado, supuso la sensación inefable del encuentro conmovedor y vital con algo diferente para lo que no estaba preparada y que implicó la creación de ese recuerdo imborrable para el resto de su vida. La realidad que envolvía a la revolución cultural de esos años era ajena al sentimiento de esa mujer para el futuro. Había alcanzado la felicidad en un mes y nada lo iba a borrar, como nada conseguiría eliminar el recuerdo de la felicidad, alcanzada por el éxito, en la memoria de Daniel Cohn Bendit tras el intenso mes de mayo parisino de 1968.




















De manera nada caprichosa la película comienza con imágenes de fiestas familiares, una reunión multitudinaria, una boda quizás. Gente feliz, contenta, bebiendo y bailando. Algo típico en una grabación antigua de súper 8. Es toda la información que tenemos pero, si le añadimos que la filmación está hecha en la república checa en el año 1968, nuestra imaginación empieza a rellenar los vacíos de información y a lanzarnos preguntas que, también, el cineasta sabe plantearnos. Esa gente que baila, ¿ya ha sido invadida por los tanques del Pacto de Varsovia el 21 de agosto de 1968 o se encuentra en ese estado de liberación política que estaba en plena ebullición desde la primavera de Praga y a punto de concluir abruptamente? Si la invasión ha tenido lugar, ¿queda espacio para la celebración? ¿Si no ha sido así,cabía pensar que Dubcek iba a culminar su propósito de libertad? El documental ideado por Moreira se mueve siempre entre la realidad y la ficción fruto del exceso de idealismo. Sea la China soñada por la madre del cineasta, el doloroso fín de la libertad checa, el mito magnificado del mayo francés, o la resonancia reivindicativa en el Brasil de los mismos años, las palabras y su significado terminan cediendo el paso al pragmatismo del poder y a la imposibilidad manifiesta de cualquier revolución que no sea meramente personal si la transformación ha de proceder de quienes detentan el mismo, o desde sus hijos, revolucionarios de salón capaces de decir una cosa y la contraria en menos de un mes.





















Moreira sabe que transita pisando suelo resbaladizo; haymitos que resulta peligroso desmontar porque cuando se desnuda al mito, tras él apenas quedan lemas publicitarios y juguetes rotos. En la idealización postburguesa estudiantil del mayo de 1968 había una pose intelectual que desarmaba los discursos oficiales, escleróticos, anodinos, repetitivos. Había una frescura y un aire de novedad que acababa con el engolamiento y la autoridad innata de los poderes políticos y académicos. Pero detrás de la pose había un evidente distanciamiento entre la entonces, todavía existente, clase obrera, y los estudiantes. Una barrera que saltó por los aires cuando el dinero supo sembrar, a conciencia, la separación entre esos dos mundos que se habían unido de manera artificial. Un dinero que desnudó rápidamente, la supuesta voluntad de eliminación de la cultura capitalista por parte de los mandos estudiantiles en aquellas semanas, caóticas, pero que pasaron rápidamente. Una revuelta que se mercantilizó hasta la saciedad, como el ejemplo que utiliza en varias ocasiones Moreira, centrando el foco en las incongruencias de Cohn Bendit, o, en definitiva, en su innegable condición humana que, ante el peligro del fín de todo el proceso, no dudó en aceptar los cheques que la prensa burguesa, tantas veces vilipendiada desde la tribuna, le ofreció por sus exclusivas.




















Para Moreira, un niño en 1968, con unos padres emigrados de Brasil, un país que se identificaba con el verano y la vuelta al hogar por un mes, el Mayo de 1968 se recrea a partir de los trozos filmados por otros que  sí estuvieron allí, trozos de películas que perduran como testimonio de un momento, que fueron filmados para explicar al mundo lo que sucedió y ahora perduran como recuerdo de lo que, realmente, no llegó a ser. El mayo francés fue televisado, publicitado, explotado; fue una revuelta libre donde la libertad de expresión no cedió ni un milímetro. Pero junto a ella existieron sin fín de "mayos" donde el resultado fue menos humanitario, menos racional. En el ideario revolucionario parisino se recuerda al único estudiante muerto durante aquellos días, pero se olvidan los que murieron en provincias, o el policía atropellado con un camión lanzado contra la barricada policial en Lyon. Un muerto recordado como un héroe que murió por la clase obrera, frente decenas de desconocidos checos muertos mientras la población no terminaba de ser consciente del fín de una efímera libertad. Una libertad que no les impedía seguir filmando desde sus casas o desde la calle, grabaciones sin autor, rollos solamente numerados , "rollo 25", "rollo 127, "otoño extraño", ecos de un mundo en el que la libertad para contar, y para recoger información, iba reduciéndose día a día hasta desaparecer, como esa alegría de una boda o la  de la representación escolar para turistas en China. Resonancias que se van apagando hasta darse cuenta de que ni hubo revolución en Francia, ni progresos en China o en Chequia, ni menos aún en ese salto limitado y calculado al Brasil convulso de 1968, también de la mano de más muertes.


Y cuando la revolución desapareció, engullida por la misma burguesía que movilizó a 500000 franceses en los Campos Elíseos cuando De Gaulle anunció el fín de la huelga obrera, antesala de la fulminación de la revuelta estudiantil; otros cadáveres empezaron a llenar los cementerios, en sordina, víctimas de lo que quiso ser pero no llegó. Muertes de rebeldes que quedaron vacíos cuando comprobaron que el esfuerzo había sido vano, ilusorio, accidental, desde la burguesía y para la burguesía. Las muertes de Anna Sylvia, de Pierre Louis, de Dominique, de Michel Recanati, pasan inadvertidas como víctimas directas de cualquier tipo de represión. No lo son, son víctimas del propio idealismo y del brutal choque con la realidad, que nada de lo dicho ha tenido plasmación en un cambio de la sociedad, que en el poder continuan los de siempre y con las normas de siempre. Sartre lo vió venir, cuando Cohn Bendit alcanza "la cima del mundo" al ser entrevistado por el filósofo, éste le pregunta por el programa del movimiento, y el líder contesta, "no es momento para programas, la fuerza del movimiento está en la espontaneidad, los programas paralizan. Hay que romper la sociedad capitalista, que desaparezca". Sintomático reflejo de la falta de camino por recorrer, no gustaba lo que había, pero no había otra opción, ni chinos, ni soviéticos; ni ácratas ni burgueses, pero al final más burgueses que revolucionarios.







































El director brasileño traza así un complejo entramado poético, político, cinematográfico, personal y familiar utilizando material siempre ajeno, pero siempre consecuente. Intentando desentrañar esa felicidad ajena dentro del más caótico de los mundos posibles, sin rehuir la mirada crítica a lo propio y a lo ajeno. Dejándonos el material convenientemente mezclado para que seamos nosotros quienes decidamos juzgar, o no, a sus protagonistas, con sus ideales y sus enormes y dolorosas contradicciones. A Salles le sorprende el excesivo conservadurismo de los líderes del movimiento en su manera de vestir, en su aspecto físico; la invisibilidad de la mujer en el movimiento, sólo hombres al frente y sólo hombres hablando, y le sorprende la desigualdad racial. De una manera simple, con imágenes, con películas como "Grands Soirs et petits matins", "Mourir á 30 ans", "Hermoso mes de Mayo", "Flins 68", "La Wonder á Saint Ouen", el director lanza preguntas sin necesidad de palabras y de respuesta evidente. "Me domesticó la gloria", reconoció años después Cohn Bendit, o unos pocos francos como esa humillante vuelta al trabajo de los obreros de la fábrica Wonder. Ya se lo dijo Sartre, después de mayo llega el verano, y con el verano las vacaciones y se acaba la revolución, será un paso atrás. Lo que llegó no fue un paso atrás, sino la antesala de un retroceso inacabable, en el que China es la excusa, el refugio, el recuerdo feliz, lo permanente de lo casual. En todo individuo hay un lugar para el instante, aunque sea equivocado.



NO INTENSO AGORA. Brasil. 2017. Dirección y Guión: Joao Moreira Salles. Productora: Videofilmes Produçoes Artisticas Ltda. Producción: Maria Carlota Fernandes Bruno. Producción Ejecutiva: Maria Carlota Bruno. Fotografía: Antonio Venancio. Edición: Eduardo Escorel, Lais Lifschitz. Música: Rodrigo Leão. Sonido: Denilson Campos, 130 minutos.