miércoles, 25 de julio de 2018

EL DORADO (Marcel L,Herbier, 1921)

 EL DORADO (Marcel L,Herbier, 1921)

“Finalmente una película”, así recibió la prensa, que comenzaba a especializarse en la crítica cinematográfica; del mismo modo que el cine empezaba a ser un arte eminentemente popular y rentable; el estreno de la película de Marcel L,Herbier; ponderada por intelectuales como Louis Delluc o Pierre Mac Orlan como uno de los primeros logros del “verdadero cine” francés que estaba por llegar, con una vanguardia que anticipó y de la que participó L,Herbier, pero en la que se integraron realizadores como Epstein, Gance o el propio Delluc. Coincide la eclosión del cine de L,Herbier con un hervidero de creatividad en lo cultural, con la implantación del futurismo, del cubismo, con la arquitectura y decoración art-déco. En ese espacio de transición, en “Eldorado” estamos tan cerca de los carteles de Fernand Léger como del costumbrismo más rancio de quien retrata un país como España a través del estereotipo de la bailarina gitana; se gira alrededor de ideas apreciadas en el cine de Josef von Sternberg y, al tiempo, la historia, en ocasiones, se precipita hacia el melodrama sentimental sin solución de continuidad, mezclando lo original y lo manido. Esa relación entre cine y artes fue entrevista por los profesionales de la época, Mallet Stevens, después de colaborar en películas posteriores de L,Herbier, como "La inhumana", señalaba "resulta innegable que el cine ha ejercido una influencia reconocible en la arquitectura moderna, así como la arquitectura ha hecho sus aportaciones al arte fílmico.....en le futuro el arquitecto será un colaborador imprescindible del realizador.....precisamente el carácter decorativo de la decoración desaparecerá en favor de una línea limpia, clara y unitaria, mientras que el ornamento, los arabescos, serán agregados mediante las personas en movimiento".

Ese concepto de lo arquitectónico, del uso del espacio como un elemento que sirve, al igual que las artes decorativas, para definir a los personajes y lo que les sucede, tan alabado en el cine de L,Herbier, ya está presente antes de "La inhumana", en esta "Eldorado", nombre de la "maison de danse", y también "maison de plaisir", en la que Sibilla, la bailarina gitana, consigue sobrevivir con su mísero salario, sus admiradores que buscan algo más que disfrutar de sus habilidades en el escenario, y su hijo enfermo, esperando, tras largos 12 años, que el amante que la sedujo en su momento cumpla con su palabra y, una vez viudo, se case con ella y reconozca al hijo. Como se ve están presentes todos los elementos propios de un auténtico drama, y ninguno de ellos se desvanece, sino que va "in crescendo" en una historia de sacrificio, odio, venganza y renuncia digna de cualquier heroína romántica, donde el exceso de la acción queda compensado por la maravillosa concepción de la puesta en escena del director y el uso de innovaciones visuales que permiten contemplar, por ejemplo, la Alhambra más fantasmagórica que recuerdo, al mismo nivel que consiguió en literatura el propio Washington Irving, cuya esencia sobrevuela esas escenas que mezclan deseo y venganza en un mismo espacio cuando la bailarina descubre la manera de hacer daño, o intentarlo, a Estiria, su cobarde seductor.

  En esa amalgama que va produciéndose fruto de relaciones cruzadas donde los artistas van "prestándose" ideas, colaborando en la mejora de las nuevas corrientes artísticas del momento, Delluc tiene una participación directa en esta película, no sólo por la relación que le unía a L,Herbier, convirtiéndose en firme defensor de su cine con la fe redoblada del converso, no sólo por ser el esposo de Eve Francis, la actriz que encarna a Sibilla y que provocó el acercamiento del, hasta entonces escritor, al mundo de la imagen a partir de conocerse en 1916, sino también por estar presente en el rodaje y haber dejado una colección de fotografías extraordinarias de aquellas semanas en las que el equipo de filmación anduvo por Granada y Sevilla. En esa ósmosis artística no es de extrañar que las imágenes de L,Herbier reflejen precedentes del expresionismo alemán, la luz ilumina los rostros mientras la penumbra se extiende por el resto del espacio, es esa leve luz que mantiene con vida a los personajes y que, poco a poco, va extinguiéndose; como la llama de esas velas que apenas permiten entrever la cara macilenta y ojerosa de un hijo moribundo y el embozo de unas sábanas. Una luz que proyecta sombras sobre el cuerpo inerte de Sibilla, una especie de "cámara obscura" que hace que el telón funcione como pantalla que magnifica la silueta de quienes, alertados, acuden al grito de la vieja mujer que descubre el sacrificio de una madre para que su hijo pueda sobrevivir.

A ese juego de luces y sombras del que se alimenta L,Herbier, le sucede la inspiración para otros cineastas posteriores del mismo modo que él ya había adoptado soluciones de cineastas como Wiene, Murnau, Wegener.... Es esa retroalimentación continua que permite hacer del arte una sucesión de acontecimientos conectados por el uso, que no copia; de soluciones ideadas por otros y que no pueden permanecer en exclusividad de quien tuviera la primera ocasión de llevarlos a cabo, cuando en los espacios de Sibilla se advierten los ecos posteriores de Sternberg en sus magníficas "Muelles de Nueva York" y "Morocco" reseña Muelles de Nueva York reseña de Morocco , como el flujo de las artes deja su impronta, no sólo desde la literatura, como ya se dijo antes, sino desde y hacia la propia pintura, por ejemplo ese personaje de "El payaso", mitad criatura falta de cariño, mitad ser priápico y violento, recuerda, en su fisonomía, vestuario, extrema delgadez acrecentada por la forma de presentarlo en los espacios, al arlequín picassiano que éste había empezado a crear, en una larga serie de cuadros, en 1917, y que continuó poco después en París, donde entró en contacto con muchos de los integrantes de este grupo intelectual. Pero si la influencia funciona hacia delante en la historia del arte, también L,Herbier recoge el testigo pictórico precedente de los que se inspiraron en la Alhambra, no sólo porque uno de los personajes, Hendrick, el espíritu puro alejado de las  pasiones que han arruinado la vida de Sibilla por la traición de Estiria, que junto a Iliana, hija de éste, conforman la pareja que exalta el amor romántico, sea un pintor hechizado por Andalucía, sino porque en la composición estética y escénica de las imágenes de La Alhambra, y de esa Granada de semana santa, procesional, devota, sometida a la religión, están los ecos de los cuadros de John Frederik Lewis, de Fortuny, de Sargent, o los más orientalizantes referentes de Ingrés o Delacroix, también presentes por el monumento andaluz.
Sargent

 Fortuny

 Con la puesta en escena L,Herbier representa las diferencias de clase, la opresión de los espacios en el club donde vive Sibilla y el espacio y opulencia del palacio granadino del duque; la pequeñez del ser humano desfalleciente agrandando las dimensiones de los cuartos semivacíos, donde los pobres malviven frente a la descarada riqueza de quien, en más espacio, atesora y exhibe su poder. Con sobreimpresiones, transparencias, profundidad de campo, el director consique que la Alhambra reviva como un espacio lleno de fantasmas en el que, el amor de la joven pareja, rodeada de pureza y romanticismo, se ve envuelta en el peligro acechante de quien quiere devolver los golpes que le ha producido la vida, y si nada puede evitar la muerte del hijo, por lo menos que el traidor sufra en donde más le duele, en lo único; en ese ideal de "honor caballeresco", en esa consideración social entre iguales que comienzan a murmurar por la ausencia de la hija en la noche donde se hace oficial su compromiso con el Duque de Ormuz, matrimonio negociado e impuesto por un padre que solo se guía por la ambición.

 La lucha entre el bien y el mal, el odio y la esperanza de un porvenir aunque medie el sacrificio personal, el lado humano de casi cualquier personaje, el triunfo del amor verdadero, la mojigatería hipócrita de negar en público lo que se hace en privado, temas clásicos que, con la forma de mostrarlos por L,Herbier, trascienden a lo manido y al evidente manierismo interpretativo del cine silente y hacen del director una escala necesaria del cinéfilo, a la altura de Epstein, Feuillade, Feyder, Gance.....un capricho cinéfilo a descubrir en el enlace que tenéis a continuación donde la pelicula, y más de L,Herbier, pueden descargarse y verse.

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ELDORADO. Francia. 1923. Dirección: Marcel L,Herbier. Asistentes de dirección: Payelle, Dimitri Dragomir. Directores de fotografía:  Georges Lucas, Georges Specht. Escenografía: Louis Le Bertre, Robert-Jules Garnier. Guionistas:  Marcel L'Herbier, Dimitri Dragomir. Intérpretes: Eve Francis, Jaque Catelain, Marcelle Pradot. Montaje: Marius-François Gaillard. Productora: Gaumont. Vestuario: Alberto Cavalcanti. 98 minutos.