martes, 17 de julio de 2018

AS BOAS MANEIRAS (Juliana Rojas, Marco Dutra, 2017)


AS BOAS MANEIRAS (Juliana Rojas, Marco Dutra, 2017)

El poderoso influjo de la luna

Sobre la noche de Sao Paulo la aparición de la luna llena modifica radicalmente la percepción de los mismos espacios. La luz brillante que mitiga las sombras de las calles, que proporciona un halo misterioso a una noche demasiado iluminada, proyecta otro tipo de sombras sobre la naturaleza de los humanos, o no tan humanos, que se bañan con esa luz que se apodera de su comportamiento, mutándose en seres diferentes, conformando una dualidad que, de manera alternativa, actúa sobre todos los personajes y también en las relaciones que se establecen entre ellos. La dualidad de naturaleza no sólo afecta a los seres vivos, sino a los espacios donde viven o trabajan; la riqueza y la pobreza, la opulencia y la humildad, lo apabullante en el diseño de la modernidad y la antesala de la favela habitada por las clases populares. Todo funciona entre la tranquilidad amorosa de una relación incipiente y la tensión creciente ante lo desconocido, la ilusión por una maternidad mantenida frente a todo y todos, y la angustia de que esa maternidad provoca sueños donde el monstruo cada día está más  presente. 

Lo racional y lo irracional van de la mano, inicialmente por caminos paralelos, que no se cruzan, pero ese discurrir termina confundiéndose y provocando un estado de convivencia continuo, donde lo irracional es asumido como un paréntesis, en el que hay que ocultarse para que los miedos ajenos no se transformen en odio hacia lo diferente. La dualidad en lo espacial se representa por los rascacielos y un río que atraviesa la ciudad y separa dos mundos. Ese mundo del rascacielos, del centro comercial de cristal, es el mundo inalcanzable para Clara, mientras el mundo del barrio popular, de la confraternización vecinal entre gente humilde, es algo inalcanzable para Anna porque no existe la más mínima intención de mezcla más que para que los habitantes de esos barrios ofrezcan su mano de obra al mundo de cristal. La dualidad en los personajes, a su vez, viene representado por estas mismas dos mujeres, Clara y Anna, la pobre y la rica, la trabajadora y la rentista, el bien y un mal que no es tanto propio de Anna sino consecuencia de algo que va creciendo en su interior y que la proyecta hacia lo desconocido, al tiempo que la película se adentra en el mundo del fantástico y el terror sin perder nunca su arraigo terrenal y humanista para confluir en un nuevo personaje en el que se unen lo natural y lo fantástico, lo bueno y lo malo, lo racional y lo animal.

Porque si reducimos la historia a lo evidente nos quedaríamos en una mezcla de “la semilla del diablo” con “El hijo del hombre lobo” nacido de una secuela de «Alien», porque en el fondo ese es el sustrato aparente de lo que va sucediendo, aunque en su intrahistoria asistimos a una puesta en escena destinada a diferenciar la opulencia y la necesidad, la diferente personalidad de las dos mujeres que son madre real y madre natural del pequeño cachorro, se defenderá el amor homosexual como mecanismo reparador frente a la sociedad patriarcal que expulsa a una hija por mantener relaciones sexuales con un extraño y quedar embarazada, se realzará la idea de que es en el barrio popular donde mejor se puede ocultar la verdadera naturaleza de lo diferente entre los iguales por carencias, que al mismo tiempo, son tan diferentes de ese otro mundo separado por la barrera física del río. Rojas y Dutra juegan con los géneros y los mezclan de manera especialmente conseguida, sin que puede afirmarse que estamos ante un melodrama de amores imposibles, ante una película de terror, ante un musical, ante un cine de fantasía, ante la asunción de la propia diferencia reivindicable frente a los demás, pero también es todo esto.

La dualidad en la película también afecta a la puesta en escena, dos partes diferenciadas salpicadas por los efectos de la noche de plenilunio. La primera parte es la escenificación del cuento de hadas moderno en el que dos mujeres asumen que van a criar al hijo de una de ellas mientras, progresivamente, lo que comienza como una relación laboral, se va transformando en relación amorosa. Una parte en la que el cuento va tornándose en una historia oscura en la que cada luna llena potencia los efectos nocivos y perversos que ese feto está transmitiendo a la madre y a su entorno, intrigando al espectador por la deriva de un relato que parecía relacionarse con el nuevo cine urbano brasileño de familias y criadas, pero que termina mutando en el goticismo más exacerbado. Los momentos diurnos se van empañando ante el miedo que va generando la noche y lo inexplicable, mientras en la segunda parte el relato, ya plenamente gótico y antinatural, se centra en la protección maternal del monstruo de apariencia humana donde el día vuelve a ser el mejor momento para reivindicar una naturaleza humana que nadie cuestiona, pero donde la noche cada vez se vuelve más peligrosa, más inestable, más rebelde y amenaza romper el frágil equilibrio trabajado durante años por Clara. En el crecimiento de Joel sitúan los cineastas el eje por el que el lado humano triunfe sobre el bestial ayudado por el concepto de madre, pero ahora, lo que era un cuento de hadas teñido de terror, se ha transformado en un cuento de terror participado por la esperanza.


Y en la atmósfera que rodea al intento, todo él funcionando a un alto nivel, cobra especial relevancia el trabajo del director de fotografía portugués Rui Poças, responsable de esta faceta en «Tabú» de Miguel Gomes, «O ornitólogo» y «O fantasma» de Joao Pedro Rodrigues o en «Zama» de Lucrecia Martel; su labor se adapta a los tonos sombríos y a los luminosos del relato, una historia en la que las luces y las sombras no pueden perder su importancia cuando lo terrorífico y lo sobrenatural tienen tanta importancia, pero donde el efecto visual de la imagen no está tanto por la labor de generarnos miedo o tensión gratuitos, sino en adentrarse en los recovecos del alma humana y del alma infectada por lo salvaje, lo primitivo, lo carnívoro. El mundo de la luz, concentrado en ese centro urbano que se eleva con sus rascacielos hacia unas alturas que nunca alcanzarán la luna, frente al barrio humilde desde el que esa proyección de la gran ciudad difumina una sombra que representa, tanto lo inalcanzable, como lo malvado de quien todo lo tiene por el poder del dinero. Al final no es tan importante ser de la misma especie como estar seguro de quienes son los tuyos, en la alianza entre Clara y Joel hay el indisoluble lazo de unión de una relación casi maternal en la que da lo mismo que el ADN coincida, porque es el cuidado lo que produce el afecto y el amor incondicional ante las incontrolables reacciones de quien, unos días al mes, se tiene que dejar llevar por su lado más animal.




AS BOAS MANEIRAS. Brasil. 2017. DIRECCIÓN: Juliana Rojas, Marco Dutra. Guión: Juliana Rojas, Marco Dutra. Productores: Clément Duboin, Frédéric Corvez, Sara Silveira. Fotografía: Rui Poças. Música: Guilherme Garbato, Gustavo Garbato. Productoras: Canal+, Centre National de la Cinématographie (CNC), Dezenove Som e Imagem, Filmes do Caixote. Montaje: Caetano Gotardo. Intérpretes: Adriana Mendonça, Andrea Marquee, Caetano Gotardo, Cida Moreira, Clara de Cápua, Felipe Kenji, Germano Melo, Gilda Nomacce, Hugo Villavicenzio, Isabél Zuaa, Ivy Souza, José Eduardo Gomes, Ledda Marotti, Lilian Blanc, Luciana Paes, Marat Descartes, Marjorie Estiano, Miguel Lobo, Naloana Lima, Neusa Velasco, Nina Medeiros. 130 minutos.