viernes, 27 de julio de 2018

AQUAPARQUE (Ana Moreira, 2018)



AQUAPARQUE (Ana Moreira, 2018)


Una joven se descalza y deja colgar los pies en una piscina. Un gesto habitual, neutro, normalizado en un “parque acuático” como el del título del cortometraje, recientemente premiado como mejor corto europeo y mejor dirección en el festival Curtas Vila de Conde. Cuando la normalidad pierde ese carácter es cuando vemos que esa escena se desarrolla en un espacio abandonado, sin agua, lleno de pintadas, de malas hierbas que asoman entre las rendijas y grietas que surgen de las instalaciones por su inexistente conservación. Un espacio de toboganes roñosos, piletas descascarilladas, jardines sin césped; un solar lleno de construcciones residuo de tiempos mejores, aquellos en los que Portugal creía pertenecer a una élite económica que salvaguardaba los derechos de todos los ciudadanos y que, en una década, ha dado muestras de que todo era un espejismo.

Cuando lo que te rodea es tan penoso, y el camino fácil es la desesperación y el abandono, el simple gesto de calzarse unos patines, recuperar un radio cassete escondido entre la maleza, colocar una cinta, e imaginar que vives en medio de una competición en la que vas a ser la mejor, mostrando a un público inexistente una coreografía al ritmo de “Nobody does it like me” de Shirley Bassey , como si fueras una patinadora olímpica surgida de los restos del naufragio, se convierte en la estrategia perfecta para soportar la espera hasta la llegada de un futuro mejor. Una chica que espera imaginándose lo mejor y disfrutando del momento, un joven que llega de repente y contempla la escena, entre imposible y absurda, de ella patinando en medio del paisaje abandonado son los dos personajes del relato, ampliamente dominado por el personaje femenino.

El hielo ha sido sustituido por cemento, las cuchillas del patín por ruedas, las gradas del público por el lacerante sol de verano que incide sobre el cuerpo, ajeno éste a nada que no sea su propia imaginación de la que no se quiere despertar. Ni la llegada del joven, transformada en una cita que imaginamos amorosa, puede despertar del sueño a la joven que se niega a pensar en huidas, pobreza, paro, despilfarro, carencias, necesidad. Necesita seguir su sueño hasta la reverencia y saludo final para poder aterrizar cuando ella quiera y no cuando el tiempo se lo aconseja. Se diría que en ese instante de felicidad reflejado por la cámara de Ana Moreira (actriz que conocemos, o podemos conocer, por el cine de Teresa Villaverde) no se admiten chantajes ni rupturas. La amenaza de que un amor, o un futuro, salten por los aires, no es suficiente para que la joven abandone la realidad inventada en la que ha decidido vivir durante un paréntesis.


La radio que suena cuando acaba la canción, un rostro acariciado que se mancha de sangre, el sonido de una sirena policial; son señales que no sólo sacuden al espectador, sino que despiertan a “ella” de su particular momento de gloria. Toma el dinero y corre sería el epílogo tras el retorno a la realidad; la vida imaginada e imposible frente al momento en el que te ha tocado asumir que todo está muy lejos de  transformarse en un sueño realizable. Al final del camino queda un país devastado que quiere recuperar su pulso aunque en el camino vayan quedando restos como cadáveres, contemplados en medio de un paisaje amortajado por el desgaste y la desidia. Ana Moreira sabe, en apenas un cuarto de hora, contar dos historias complementarias y, al tiempo reluctantes, la de quienes, o qué, no pueden recuperarse y la de los que no se aquietan a un mundo impuesto sin futuro. Su cámara lo consigue y nosotros lo disfrutamos.

AQUAPARQUE. Portugal. 2018. Dirección y guión: Ana Moreira. Intérpretes: Margarida Antunes, Rodolfo Marques, Jaime Freitas. Fotografía: João Ribeiro. Sonido: Elsa Ferreira, Ricardo Leal. Edición: Ricardo Lameiras. 16 minutos. 

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