martes, 26 de junio de 2018

UNE MINUTE POUR UNE IMAGE (Agnès Varda, 1983)


UNE MINUTE POUR UNE IMAGE (Agnés Varda, 1983)

Hacer del ojo una cámara humana, jugar a imaginar a través de una fotografía, toda una historia personal, social, histórica. Hacer de la imagen estática todo un discurso narrativo, y en ocasiones crítico, de lo que el fotógrafo plasmó, transformar la imagen en ensayo y perturbar ese ensayo personal con la propia interpretación de la directora. Un dispositivo tan sencillo como escoger 14 fotografías y dedicarlas alrededor de un minuto de sugerente explicación, precedidas de un ojo que se abre y cierra como el obturador de una máquina al son de un mantra declamado lentamente por la propia Varda, "pho-to-gra-phie". Forma parte de un programa de televisión de la TF3 promovido por el Centro Nacional de Imagen y Fotografía, en el que cada protagonista selecciona una serie de imágenes regrupadas en catorce "álbumes imaginarios", de entre quince a veinte minutos cada uno, Agnès Varda, Robert Doisneau, Henri Cartier-Bresson, Samia Saouma, Marc Garanger, Nadja Ringart, Jean-Michel Folon, Jacques Monory, Sarah Moon, Georges Fèvre, Robert Delpire, Claude Nori y de nuevo Agnès Varda. En total, ciento setenta fotogramas y fotografías  de alrededor de 1'30" cada uno, conforman esta idea de reivindicar el poder evocador de una imagen, como si se tratara de álbumes familiares dotados de un poder surreal que provoca la falta de información previa sobre lo que vemos, algo que se proporciona al final de cada discurso.

La serie escogida por Agnés Varda es comentada por ella misma, y ocasionalmente acompañada por su madre y por Jacques Monoy, pero en otros episodios las fotografías fueron comentadas por un barrendero, Marguerite Duras, un niño, Yves Montand, Delphine Seyrig, Yves Saint Laurent, un panadero.......en un proyecto, medio didáctico, medio ensayístico, para promocionar y dar a conocer el lenguaje de la fotografía a través del instrumento dinámico del cine, porque como dice Varda en su parte, "el cine es la fotografía que se anima". Si no hubiera un juego cinéfilo en la propuesta de Varda nos sentiríamos decepcionados, incluso desanimados, pero no es así, a través de las imágenes Varda hace "películas", o se ríe de su propio cine utilizando un fotograma de su primer largometraje para divagar a su alrededor, tomando como referente un plano de "Cléo de 5 á 7", un plano inquietante en el que un ojo se refleja en un pedazo de cristal roto sobre una mesa, mientras un bolso de mujer es vaciado, es el ojo que fotografía y es fotografiado, es un ojo que a velocidad de 24 imágenes por segundo puede pasar inadvertido, pero que, congelado, desvela información que, de otra manera, parecería imposible de captar. Así une Varda el cine con la fotografía, mediante la superstición de un espejo roto que nos ofrece, congelado, 1/24 parte de un segundo, que se transforma en más de un minuto de observación, información, comentario que, de no ser por la "congelación" de la foto, nos impediría alcanzarla nuestra propia limitación física para asumir esos detalles.

"Cuando rodé "Ulysse", me di cuenta hasta qué punto cada persona puede interpretar una foto de una manera distinta. Entonces me vino la idea de una serie y Delpire, del CNP, se unió a mi en el proyecto, así como FR3. Una serie en la que cada día enseñaríamos una foto a la misma hora, en la televisión. Durante diez o quince segundos, sin decir nada, ni de quién es, ni donde ha sido tomada la foto, ni lo que representa. Después le preguntaría a una persona, también desconocida para el espectador, que hable de la foto durante un minuto. Después veríamos de nuevo la foto y cada uno pensaría: "pues yo no habría dicho eso, habría dicho esto otro", y al final decimos de quién es la foto y el nombre del comentador. Cada uno aportaba su punto de vista y cada telespectador podría rectificar o ponerse a imaginar otra cosa. Yo he comentado catorce imágenes de las ciento setenta que forman la colección" Agnès Varda con ocasión del estreno televisivo de la propuesta.

El mediometraje compuesto a través de las 14 fotografías seleccionadas por la directora funciona de esa manera, esa "cortinilla" de apertura, esa palabra declamada, y la imagen, un breve silencio para que veamos la composición y que nuestra mente empiece a imaginar qué es lo que vemos, lo que el fotógrafo quiso recoger, y de inmediato, la voz de Varda contando lo que eso que ve le transmite a ella, a veces de manera tramposa, juguetona, con las cartas marcadas antes de repartir, porque habla de algo que ya conoce como si se tratara de un igual que el espectador ocultándolo de inicio, como si fuera la primera vez que se enfrenta a la imagen, cuando, hasta en ocasiones, la imagen procede de sus propios archivos familiares, sabiendo, al iniciar su disertación dónde puede concluir porque conoce la historia, como es en el caso de la vieja foto familiar de sus abuelos y sus 14 hijos, entre ellos su propia madre que comparte el comentario con su hija.

"Tengo muchas impresiones fuertes, el cine X, la Pietá, la Seguridad Social, el complejo de Edipo......pho-to-gra-phie", y la segunda foto de la serie Varda recoge todas esas impresiones "fuertes" a través de un extraño collage de Gérard Marot con un adolescente desnudo, tumbado como Jesús ante cuatro "vírgenes" envejecidas con ojos tapados para no ver ese sexo que se sitúa en el centro ideal de la imagen, y así Varda irá circulando del presente de 1983, como esa foto, al pasado de un gran transatlántico en el puerto de Marsella en 1928 que a Varda le recuerda una canción de Kurt Weill, o sobre la cuestión dolorosa de Argelia en una foto tomada por un fotógrafo militar en 1961 tras obligar a una mujer a despojarse del velo para recoger su imagen en un carnet de identidad, melena despeinada, mirada retadora, furia en los ojos y orgullo inatacado, o el mayo del 68 en la época del "flower power", paz y guerra en la misma imagen, bayonetas y flores, hombres y una mujer representando las dos caras de una realidad, o esa lucha de mujeres en el barro que Varda equipara a las figuras festivas y jocosas de Nikki de St. Phalle, pero sin color y sin humor, o los efectos de la segunda guerra mundial en una fosa llena de cadáveres de soldados en 1943 en el pacífico, donde se mezcla la belleza de lo efímero con el horror de lo humano. De lo social a lo político, de lo familiar a lo general, de lo pudoroso del retrato familiar de 1913 a la exposición erótica y parcialmente impúdica de los amantes que se fotografían inmunes a exponer su desnudez con una polaroid, una serie dentro de una serie de fotografías, o ese momento de la vibración del amor transmitida por la difuminación del pelo de un hombre en movimiento que besa y acaricia el cuerpo, igualmente desnudo, de una mujer, en esa hora del amor que habrá pasado hace mucho pero que quedó grabada en una instantánea para siempre. Varda, siempre Varda