domingo, 10 de junio de 2018

TONY MANERO (Pablo Larraín, 2008)


TONY MANERO (Pablo Larraín, 2008)

En el Santiago de 1978 lo normal debería ser sentir miedo y salir corriendo a la mínima, o mejor, incluso, no dejarse ver. Por eso cuando seguimos el comportamiento de Raúl "Tony Manero" Peralta, sentimos que algo no funciona con normalidad en su cerebro, que cuando corre por la calle no es para huir de los "milicos" ni porque crea que puede ser detenido en cualquier esquina y ser "desaparecido". Corre porque vive en un mundo paralelo en el que sus actos repiten las escenas de "Fiebre del sábado noche". Lo que para los demás puede parecer una broma de un artista comprometido con el papel que va a representar en un tugurio de barrio, para Raúl es la razón de su existencia. Desde que se levanta revive situaciones que ve tarde tras tarde en un cine de reestreno donde no falta a la cita con esa obsesión que le transforma en un hombre deseado, en el mejor bailarín rodeado de mujeres y aplausos. El problema de Raúl es que no es Travolta, y su verdadero nombre no se parece, para nada, al de Tony Manero. El Tony de la película de John Badham vive durante la semana pensando en su performance del sábado por la noche, en ese ritual de chulo que le transforma por unas horas en el rey del barrio; para Raúl ocurre lo contrario, es su vida la que gira en exclusiva alrededor de la transformación, pero cuanto más intenta ser otro, la realidad se encarga de demostrarle que no deja de ser Peralta, y no Manero, por eso su empeño en aprenderse los diálogos de la película, el caminar despreocupado y retador del actor, sólo así puede imaginar que su vida es una película donde los actos no dejan de ser ficciones sin consecuencias.

La naturaleza del personaje encarnado por Alfredo Castro le acerca a un sociópata, a una persona incapaz de tolerar con racionalidad el fracaso y de negociar su vida aceptando que suelen ser mayores los sinsabores que los aciertos. A este Tony Manero de barrio santiagueño le gustaría ganar un concurso televisivo porque eso supondría que, de verdad, alguien ha sabido ver su entrega y su similitud con el ideal de hombre que se ha creado en la cabeza, pero lo cierto es que todo lo que tiene a su alrededor debería servirle para abrir los ojos y contemplar una escena mucho más derrotista, porque si algo transmite la película de Larraín, aparte del personaje, al tiempo creíble y mezquino de Raúl, es que la realidad del Chile de finales de los 70 estaba muy alejada de poder celebrar cualquier éxito, es más, lo extraordinario es que todavía quedara gente con ganas de actuar, bailar, cantar. De ahí que las imágenes no puedan ocultar la sordidez de ese ambiente que se proyecta sobre la realidad de todo lo que se filma. Hay un escenario que no es sino un gran cartón piedra lleno de falsedad, el mundo de la televisión, una pantomima que funciona ajena a lo que está desangrando al país, pero fuera de ese espejismo dirigido a lobotomizar ciudadanos, el día a día de quienes se nos presentan en la pantalla se acerca a la miseria, a la inexistencia de escrúpulos, a la explotación en busca de una salida, al precio que sea, de todas esas balsas de podedumbre sobre las que se ha instalado un régimen criminal.

El que entiende bien sobre qué ausencia de valores se sustenta la realidad de ese momento es este sucedáneo avejentado de Tony Manero. Ante esos fogonazos de violencia que conforman la vida diaria, donde, ocasionalmente, uno puede ser testigo de una ejecución policial o de un interrogatorio donde el miedo sobrevuela el ambiente y la violencia queda fuera de campo, Raúl asume a la perfección la ausencia de valores para llevar a cabo su propósito. En su escalada violenta ningún comportamiento del protagonista está ausente de una causa, por más ruín e inhumana que parezca, y para ello, Larraín huye de cualquier esteticismo en su imagen. La negrura que rodea todo lo que sucede en pantalla exige viejos barrios marginales, viejos locales donde la humedad sube por las paredes, cuartos oscuros cerrados por puertas que apenas ajustan si no es con la ayuda de un candado improvisado. Todo es anticuado, todo está desaseado, nada funciona ni ninguna mirada es limpia, pero como buen director que es Larraín, sus imágenes no sirven solo para el relato más visible, sino que van desnudando la construcción de un país asentado sobre la traición y el crimen.


La película es fea, deliberadamente fea en su concepción, no rehúye el desenfoque, el encuadre parcial dejando fuera parte de lo que se quiere contar, pero en el fondo todo obedece a ese propio desenfoque del protagonista, esa confusión de la realidad con el deseo que le lleva de un cortocircuito a otro, en la búsqueda de convertirse en un nuevo Tony Manero y disfrutar del aplauso que, en el fondo, no termina siendo para él, sino para lo que él representa como otra gran mentira, un sucedáneo; como ese país en el que el relato oficial nada tiene que ver con la verdad de la calle; mugrientas instalaciones acordonadas por uniformes que impiden que lo maloliente se acerque a los sectores de quienes sostienen un régimen tan falso como la realidad de este Manero. De esta manera Larraín utiliza un episodio muy localizado en media docena de personajes para hablar de la historia reciente del país sin necesidad de mostrar directamente la represión y sus consecuencias, porque sus consecuencias son los hábitos y comportamientos de sus ciudadanos, de éstos o de cualesquiera que en aquellos años temieran cruzarse con un policía, esconderse al paso de un camión lleno de militares o que se aprovecharan de las prebendas oficiales. 
No hay asomo para la empatía con los personajes que dibuja Larraín, no hay espacio para la sonrisa ni el desahogo, todo es asfixiante, castrador, ni el baile ni el sexo liberan, sino que ayudan a ir conformando este combate en el que los golpes se suceden en todas las direcciones sin permitir ni un solo respiro, ni un minuto donde no se sienta la tensión previa al desastre, ya sea en la humillación de un baile equivocado, o en el uso de la violencia para despejar el camino hacia la representación final. Nunca un traje tan blanco estuvo tan manchado por la pobreza de espíritu, y cuando la última escena haga fundido y nos vayamos al negro que precede a los títulos de crédito, sabemos que el descenso infernal de Tony Manero no ha concluído, que no va a haber un final con una pista de baile deslumbrante donde las luces reflejen el esplendor del bailarín, mientras el público asiste asombrado a sus acrobacias y chulerías de macarra italoneoyorkino; no, el carrusel de violencia y muerte va a seguir hasta que alguno de esos policías que recuerdan la realidad del país se tome en serio la existencia de un psicópata en la ciudad.


Título Original: “Tony Manero”. Chile. 2008. Dirección: Pablo Larraín. Guion: Mateo Iribarren, Alfredo Castro, Pablo Larraín. Elenco: Alfredo Castro, Amparo Noguera, Paola Lattus, Héctor Morales, Elsa Poblete, Marcial Tagle, Enrique Maluenda. 95 minutos. Música: Juan Cristóbal Meza. Fotografía: Sergio Armstrong.