lunes, 4 de junio de 2018

THE EPIC OF EVEREST ( J B L Noel, 1924)


THE EPIC OF EVEREST (J.B.L.Noel, 1924)

En el mundo de 1924, cuando aún existía la capacidad de sorprender a un espectador, donde apenas las lentes de las cámaras conseguían rodar a distancia superiores a las dos millas, ¿qué experimentaría el público ante la magnificencia de un paisaje nunca antes visto, nunca antes explorado por el occidental? El Himalaya, con el mítico Everest, se configura como un objeto de deseo en el punto de mira de 8 británicos que, en 1924, asumen el reto de ser los primeros blancos que consiguieran escalar hasta la cumbre del Everest por su cara noreste. Dos expediciones previas habían fracasado, pero en las imágenes que el cámara va filmando antes del inicio de la verdadera escalada, en este grupo de aventureros, sin duda diletantes, bon vivants, amantes del riesgo, se percibe esa enfermizo nerviosismo del que necesita ser el primero en algo para mantener una posición social dominante. Mallory e Irvine parecen el personaje que James Gray inmortaliza en The lost city of Z, otro personaje real, otro británico de esa estirpe destinada a la inmortalidad y a extender la influencia y los límites del imperio.

Como el filmador, John Noel, igualmente obsesionado por ser el primero en algo, financiador de la expedición del Comité Everest a cambio de la exclusiva por filmar la misma. En tiempos donde todo parece ahora objeto de patrocinio, y en un mundo recién salido de una guerra mundial, Noel advierte que el Himalaya, y el Everest, es una de las pocas regiones de la tierra donde aún falta que el hombre ponga su huella. A cambio de 8000 libras Noel obtiene su exclusiva, un año después de la filmación, y pese a la tragedia que empaña la gesta, un millón de espectadores ha visto las imágenes en el Reino Unido. Noel queda impresionado en 1914 por el documental "90º South" que recogió la expedición al polo sur de Scott, con ello obtuvo la información para decidir sobre el material a utilizar, el tipo de cámaras con batería y no de manivela para evitar la congelación interna de los dispositivos, ideó superposición de lentes que permitieran filmar a distancia, evitar la congelación de los objetivos, en definitiva, al afán aventurero se unió la complejidad técnica.

Esas imágenes, restauradas por la British Film Institute coincidiendo con el 50 aniversario de la primera escalada completa, la de Hillary y su sherpa Norgay, muestran al grupo de exploradores retratados siguiendo el estereotipo del viajero europeo en busca de sensaciones y experiencias reservadas a una minoría, enfrentando el riesgo a una muerte probable con la tranquilidad de quien lo hará para perdurar en la memoria, máxime si se es sabedor de que se cuenta con un elemento hasta entonces no habitual en las expediciones de este tipo, la cámara de cine. Si los británicos pierden naturalidad ante la cámara, grupo que no duda en usar bombachos y prendas ligeras al inicio de la expedición, como quien duda de si se encuentra en Nepal o en el Amazonas, cohibidos al saber que sus actos cuentan con un soporte que va a perdurar, al mismo tiempo, esas imágenes sirven para deslumbrar abriendo al mundo lo que hasta entonces era ignoto, y sólo imaginado a partir del relato del viajero que contaba con la oportunidad de exagerar y magnificar su presencia allí donde nadie más iba a acercarse.


El documental de la expedición utiliza recursos fílmicos cuando lo precisa, pasando del documento etnográfico, con ese indudable tufillo de superioridad intelectual y evolutiva del cultivado y saludable británico frente a las costumbres atávicas, milenarias de los habitantes de la cordillera, rodeados de miseria e insalubridad, puntuadas por imágenes que tratan de captar, no la esencia del anciano, el niño o la mujer que son filmados, sino que buscan, con la minuciosidad y falta de pudor de quien se siente diferente y superior, hacer una especie de ficha genética de una raza a catalogar, como si fuera una especie de eslabón perdido en la línea evolutiva. Costumbres, bailes, pobreza, construcciones, son analizadas desde el prisma del imperio, de quien se siente mejor moral e intelectualmente aunque no sea más que un prejuicio, y solamente le bastaría con pararse a pensar que necesita de la ayuda del habitante de la llanura tibetana para ascender hasta la cumbre para darse cuenta de que el prejuicio sobra cuando se habla de superviviencia. A Noel le deslumbra el hielo y la montaña, no duda en separarse del grupo, o retrasarse, para conseguir la mirada exacta del bloque refulgente de hielo, del espectáculo del circo helado que se va aproximando según la cumbre del Everest se va haciendo más imponente y va exigiendo, cada vez más, a cada escalador.


Noel se deja cautivar por las imágenes orientalizantes de esos monasterios, castillos, pequeñas poblaciones suspendidas en la ladera de la montaña o en peñascos inaccesibles, como si cada día que pasa se quisiera prolongar para eludir la cita fundamental, pero la cita cada vez se aproxima más y el viaje turístico empieza a ceder ante la exigencia física de la altura y el esfuerzo al que ya no se puede someter a yaks ni asnos. Cuando es el caminar por uno mismo lo que hace el camino, Mallory y sus hombres abandonan el discurso geográfico, histórico o costumbrista, es más, la película sufre una mutación. Los intertítulos se espacian, se hacen más cortantes y menos presentes que en la primera mitad del documental, apenas hay tiempo para la grandilocuencia o el misticismo cuando el cuerpo no aguanta la exigencia. Las palabras sobran ante lo rotundo de las imágenes y lo denodado del esfuerzo. Uno a uno los expedicionarios van renunciando, incluído el cámara, que aprovecha para experimentar con lentes y texturas, objetivos y colores del celuloide. Los últimos expedicionarios se aventuran hacia la lejanía, convirtiéndose en minúsculos puntos respecto a la mole helada, para intentar hacer cumbre mientras la cámara filma desde una distancia en la que ya no se distingue quien es el británico ni quien el sherpa, y donde sólo puede percibirse a aquellos que, agotados, heridos, congelados, cegados por la nieve, tienen que volver sobre sus pasos o sobre la espalda de alguno de los nativos

Siendo un documental, sin embargo se utilizan recursos de la ficción, se busca la épica, el suspense, la imagen definitiva que permita descubrir si Mallory e Irvine lo consiguieron, fracasaron o murieron en el intento. Como si se tratara de un reconocimiento a la superioridad del nepalí frente al expedicionario, los últimos minutos del documental, frente a la bravuconería y expansión occidental del inicio, se reserva a los sherpas, estos son los que miran el horizonte con un catalejo esperando la señal convenida. Cuando se ve a tres personas descender y extender unos lienzos sobre la ladera nevada, el cineasta domina al documentalista, la tensión es inmensa, ¿cuál será la señal, la del éxito o la del fracaso? Una cruz de tela desvela que los exploradores permanecerán para siempre bajo los hielos eternos de la montaña, desfallecidos antes de conseguir su propósito, porque la épica de la montaña superó a la de los hombres. Puestos a desear una tumba qué mejor que una de pura nieve y blanco hielo, y el cineasta se recrea filmando esa cumbre despejada y, en cuestión de minutos, rodeada de nubes, donde el aire ayuda a congelar cuerpos y reventar pulmones, donde la imagen se reduce a un ojo de buey frente al formato amplio de la caravana inicial, como si se indicara que, llegados a ese punto de la expedición no hay más objetivo, no hay más mirada, que la que se ha de poner sobre la montaña del Everest. Los dioses del Chomolungma, esos a los que se pidió ayuda con la mediación de los lamas de Sherav Dzong, han decidido negar a los blancos lo que buscaban, el último plano en un rojo sanguíneo, deja en el horizonte el perfil de la temible montaña aún no conquistada.



The epic of Everest. Reino Unido. 1924. Director: Capitán J.B.L. Noel. Música: Simon Fischer Turner. 87 minutos.