martes, 12 de junio de 2018

ONCLE YANCO (Uncle Yanco, Agnès Varda, 1967)

ONCLE YANKO (Uncle Yanco, Agnès Varda, 1967)

El mar, la luz, el color, el eco y la reminiscencia de unos orígenes que Varda busca en otro Varda; separados por miles de kilómetros, por ramas familiares desconectadas; un azar, una casualidad, un comentario en un libro, otro Varda en un país diferente. De las páginas de un libro de Henry Miller a la idea de buscar a un familiar que, como Varda, hace de su vida conocida un progreso de creación artística. De la Varda que está empezando a confeccionar su filmografía en el periodo de estancia californiano al Varda de la senectud, separados por el propio efecto de la exclusión del artista de su núcleo familiar como un apestado, unidos por su origen común en Esmirna, como griegos que tuvieron que optar por el éxodo sucesivo y que dejó a una de las ramas familiares en Francia, mientras Yanco optó en 1939 por afincarse en Estados Unidos.



Cuando Varda filma a los "extras" que comparten la casa acuática de Yanco enseñando chapas, pegatinas, letreros con el rótulo, "I love, Varda", cabe preguntarse si estamos ante la broma egocéntrica de reivindicarse a sí misma, la broma de vengarse de esos familiares que menosprecian a los artistas de la familia, o un simple homenaje a un apellido que mutó con la emigración del Vardas griego al afrancesado Varda y, de paso, un homenaje a un tío lejano que hace del "dolce far niente", del sol y la luz, un exponente de una vida mediterránea trasladada a la costa del Pacífico, en concreto a un Sausalito muy diferente del actual. Estamos en 1967, en plena ebullición de Berkeley, de las protestas contra la guerra de Vietnam, a punto de estallar la protesta estudiantil del año siguiente. Un mundo ideologizado que rechaza la guerra y el dinero como simples consecuencias de la convivencia, un grupo de personas que se refugia en el reciclaje y en la comunión autosuficiente con la naturaleza, decidiendo vivir en medio del agua, sobre viejas estructuras transformadas en casas, con lo básico para subsistir, apartados del capitalismo y dedicados al propio placer de sentirse vivos y sin ataduras.


El mediometraje explora las facetas artísticas del tío lejano, nos muestra, con el sentido del humor blanco de la directora y sus toques naïves, la propia concepción creadora del pintor, su figura delante de sus obras, su intento de explicación de cómo la concepción de lo que se va a hacer nada tiene que ver con lo que se realiza, momento en el que uno crea y se descubre a sí mismo. Descubrimos así su técnica, reutilizando materiales desechados o extraídos de otras obras donde la pintura termina eliminando la referencia al original y evoca la herencia griega del personaje, pues esa técnica termina recordando, en su resultado final, al mosaico, al icono, partiendo de una especie de collage. Ciudades-luz en vez de santos y virgenes, ciudades soñadas para un futuro en el que el tiempo sólo sea importante por lo que permite crecer a las personas y no por la angustia que produce su paso y lo que falta por hacer, ciudades ideales para vivir sin hacer nada. Jean "Yanco" Varda despliega su bonhomía con la colaboración de una directora que no rehúye su aportación como coprotagonista, que se filma y provoca tomas falsas hasta conseguir el tono y el color pretendido, donde todo puede ser espontáneo y ocasional, o fruto de una muy medida labor de diseño previo.

Consciente o inconscientemente, "Uncle Yanko" es testimonio de una época muy concreta donde una persona podía decidir que su vida no tiene sentido si, al menos una vez por semana, no navega a vela por la bahía de San Francisco con toda su familia, "porque soy griego", un mundo en el que tocarse no es sinónimo de abuso o acoso, sino de sentir, donde nadie se averguenza por amarse ni nadie tiene miedo por protestar contra lo que no admite. Varda lo filma con la sencillez característica y un sentido del color y de la luz absolutamente estético y vital. La vida puede verse sin filtros o con ellos, y si decidimos filtrar aquello que no nos gusta que, al menos, el resultado final sea tan apetecible como el color que escojamos para el reencuentro entre tío y sobrina a los ojos de los más pequeños de la familia. Varda ha terminado siendo protagonista de sus propios documentales con el ingenio de quien parece no adulterar nada de lo que toca, en una historia que se acerca a su familia no parece que fuera el momento más adecuado para desaparecer de la narración, y así se lo permite mostrando a tres generaciones de Varda(s) en pantalla.


El documental, por decisión de la directora, deja ver la ficción tras él, repetir tomas en francés, inglés y griego para recordar el reencuentro, como si todo no fuera la representación de un fallo, sino el rodaje lógico de un abrazo en el que los protagonistas no saben en que lengua se sentirán más cómodos o más cercanos, un mundo hippye de pelo largo y flower power donde los acompañantes del pintor parecen parte de un decorado ideal pasado por un casting de adecuación a la idea que se quiere transmitir, en el que la directora puede decidir cortar una escena familiar para preservar la intimidad del momento sin exponerla. Lo real y lo recreado se dan la mano, de esta forma, luz, color, puesta en escena diferencian el mero recuerdo familiar de la creación artística de un mundo que ha desaparecido, sólo en un momento Yanco se impone a Agnès, cuando llega la hora de la siesta, es, como reza un cartel a la entrada de la barcaza-vivienda, "l,heure de ne pas dèranger", y a nosotros nada de lo que nos muestra Varda puede molestarnos, porque es reflejo de vida, y preparaciòn para la muerte.

Título original: Oncle Yanco. Francia. 1967. Dirección y guión: Agnès Varda. Fotografía: David Myers, Didier Tarot. Reparto:, , , Productora: Ciné Tamaris. Productor:Robert Greensfelder . 22 minutos.

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