sábado, 9 de junio de 2018

OLD JOY (Kelly Reichardt, 2006)

 OLD JOY (Kelly Reichardt, 2006)

En el tejado, sobre las ramas del pequeño jardín de la clase media norteamericana con estrecheces, y después en medio de los bosques de Oregón; la presencia de pájaros; libres, cantarines, vitales, va puntuando las imágenes que acompañan a Marc y Kurt. El símbolo de una edad perdida en la que parecía que las horas eran inagotables, los planes infinitos, la alegría inacabable. Al traspasar la frontera de los 30, la vida parece dar un vuelco, las obligaciones superan al placer, el agotamiento diario empieza a pesar más que las ganas de divertirse. Recibir una llamada desde el pasado permite a Marc remontarse a aquellos otros tiempos en que la vida parecía algo menos serio, una situación en la que Kurt parece haberse instalado de manera inamovible, como si cuanto más se retrase asumir una estabilidad más se alarga la sensación de seguir siendo joven. El par de días que ambos van a pasar juntos son un paréntesis, un espejismo, una ilusión de los tiempos pasados, pero un paréntesis durante el que ambos no son capaces de olvidarse del verdadero presente que les espera al cabo de esa escapada naturalística, un presente que Reichardt no esconde, ni por la pobreza que salta a la vista en la ciudad ni por el recuerdo radiofónico de los efectos de la era Bush. Irse al bosque y acampar rodeados de la basura desechada por la civilización no es reivindicar la cabaña de Thoreau ni los principios de Emerson, es una simple escapada para comprobar que todo continuará su desarrollo predeterminado sin variaciones cuando el viaje concluya.

La presentación de ambos personajes no puede resultar más simbólica de su diferente personalidad. Mark aparece meditando en el exterior de su casa, absorto en el ruido de los árboles movidos por el viento y el canto de los pájaros mientras su pareja, embarazada, se dedica a la intendencia doméstica. Hay un punto de distancia entre los dos que se agranda cuando suena el teléfono y Kurt se asoma desde el  pasado proponiendo ese reencuentro; "no te voy a decir que no vayas" dice ella, "no voy a pasarlo bien si a tí te sienta mal" es el diálogo que la pareja mantiene tras la propuesta de Kurt para hacer una excursión con acampada. A partir de entonces las comunicaciones de la pareja serán breves, cortantes, acobardadas, con evasivas, como si, en el fondo, el viaje viniera bien para huir un par de días de un futuro que se antoja va a durar para siempre o, simplemente, va a durar demasiado; pero sin que el viaje llegue a liberar porque la incomodidad se traslada de Tanya a Kurt, una presencia que tampoco tranquiliza a Mark. La aparición de Mark, desastrado, con un vehículo ruinoso, lleno de cachivaches que representan una especie de hogar rodante, instalado en una casa prestada igualmente necesitada de un mantenimiento urgente, demuestra que éste continúa haciendo de su vida un juego adolescente pese a que su edad le exigiría, por convención social, otro tipo de respuesta.

Al ritmo decadente de la música del grupo "Yo la tengo", que como si se hubiera utilizado la música de Satie, serviría para acompañar de la melancolía necesaria este trayecto hacia ningún lugar, en el que Reichardt reivindica la utilización de la luz natural, incluso de noche, aprovechando las hogueras, el uso de una exposición fotográfica donde la textura apagada del grano en la imagen dota a todo el conjunto de un peso sentimental que va calando no sólo en los personajes, sino en el espectador y en el que la fatiga no proviene del caminar o mal dormir, sino del invencible peso que va lastrando las vidas de los personajes, asomados a ese vértigo que las obligaciones inaplazables, o inminentes, como ese hijo que está a punto de llegar, anuncian, Kurt afronta el viaje como una remembranza y un grito desesperado de compañía, Mark como una necesidad de recordar qué fue hasta hace muy poco. Kurt ha intentado reunir a todo el grupo y sólo Mark se ha atrevido a recuperar algo que resulta imposible, y donde sólo cabe esperar algún breve periodo de bienestar que, en el fondo, provoca una reacción mucho más angustiosa al despertar.

Hay una elipsis maravillosa en una película tan breve y contenida como ésta. Los caminantes consiguen llegar a lo que estaban buscando, una especia de spa natural, donde un cobertizo protege unas tinas que pueden ser rellenadas por los excursionistas con aguas termales. Allí es Mark quien deja volar la mente, quien se evade en un estado de meditación que le aleja del lugar y le dibuja una sonrisa, una de las pocas del personaje, mientras Kurt se muestra inquieto, necesitado del amparo que le concede la marihuana, entrando y saliendo de su tina para terminar dando un masaje a Mark. "Todo está bien, ponte cómodo", pero el efecto es el contrario, la incomodidad resurge en Mark. Mientras la mano con el anillo de casado de Mark se sumerge en el agua, la cámara abandona el lugar. Pájaros, insectos, agua, vegetación, el sonido del agua mientras circula, crean ese ambiente de estado de naturaleza tan alejado de nuestra realidad y de la de los dos personajes. La elipsis, el final de la escena, permite imaginar muchas cosas en la mente del espectador, todas válidas, todas erróneas, pero lo cierto es que tras ella, el silencio entre los dos hombres se hace absoluto, el viaje de vuelta, en medio de la noche, camufla la ausencia de palabras con la música, o no hay nada que decirse o todo está ya dicho. Cuando Mark deja a Kurt en su casa la despedida y la promesa de volverse a ver pronto suena a media verdad, a que ambos son conscientes de que puede haber sido la última vez para todo, porque ambos volverán a su sitio, uno a enfrentarse a su obligación marital y paterna, otro a su soledad y la amenaza de convertirse en un "homeless" más. Al final del trayecto la tristeza no es más que alegría agotada.



OLD JOY. EEUU. 2006. Directora: Kelly Reichardt. Guión: Jonathan Raymond, Kelly Reichardt. Fotografía: Peter Sillen. Intérpretes: Daniel London, Will Oldham, Tanya Smith. Música: Yo la tengo. Producción: Joshua Blum, Todd Haynes. 76 minutos.