sábado, 23 de junio de 2018

LA TORRE (Sebastián Múnera, 2018)

LA TORRE (Sebastián Múnera, 2018)

Tres personajes van alternándose a lo largo de esta historia, hermética y que permite alcanzar múltiples interpretaciones sobre lo que se ve y cómo se ve, preguntas como interrogarse sobre el momento en que se nos está contando el relato, si éste es lineal, si se dan saltos en el tiempo; si el uso del blanco y negro se refiere a una evocación de un pasado en reconstrucción o si la aparición del color es un mero recurso estético sin contenido, o, por el contrario, quiere alojar en nuestra percepción un momento preciso para que nuestra atención se desatasque y permita sintonizar con la contemporaneidad. ¿Podríamos incluso pensar que el personaje joven no está aquí, con nosotros, o con esa pareja mayor, el fotógrafo que recupera imágenes y la mujer bibliotecaria? ¿puede que ese vínculo entre juventud y la cercanía de la vejez obedezca a algo más que el momento, y responder, así, a un lazo familiar que se rompió de manera abrupta, irresponsable, criminal? Las imágenes permiten éstas y muchas otras preguntas, probablemente todas válidas y probablemente la mayoría sin respuesta. También todo puede ser mucho más sencillo, más prosaico, menos intelectual y complejo, simplemente puede tratarse de tres personas, a las que la alegría hace tiempo que ha abandonado, intentando recuperar un espacio destrozado por la barbarie, un proyecto cultural y popular que saltó por los aires porque de siempre, al poder, sea el legal, el del narcotráfico o el económico, la educación le termina resultando un fastidio.
El 17 de marzo de 2004 una bomba explotaba y destruía la biblioteca pública de Medellín, a partir de ese hecho concreto y objetivo, y la recuperación de una imagen de ese instante, Múnera construye un ensayo fílmico acerca de la reconstrucción de ese espacio simbólico, que representa a una multitud de contenedores culturales similares, surcado por heridas y cicatrices que magnifican el potencial revelador del contenido de una institución como ésa, cuyos largos pasillos equivalen a los largos canales cerebrales que, si no son adiestrados, corren el riesgo de terminar en ruinas como los restos de la biblioteca. Pasillos, anaqueles, armarios, que acumulan un saber que espera ser descubierto, libros anhelantes de ser relacionados unos con otros ampliando el espectro de sabiduría de cualquiera. Pasar de la ignorancia al conocimiento, como el personaje que, andando por un túnel en obras, sale a la luz y al fragor del tráfico, sobreexponiéndose a una iluminación que difumina los contornos y termina transformando las imágenes hasta hacerlas desaparecer, como fantasmas en la niebla que se pierden en un camino desconocido y que conduce hacia la necesidad de saber.

Estamos ante una de esas películas donde lo sensorial se impone a lo argumental, donde alcanzar una idea es más importante que entenderla. El espacio, sus luces, sus sombras, sus contrapuntos, termina teniendo más importancia que las personas que lo transitan, perdidos las más de las veces, cercanos, pero demasiado cansados para comunicarse, entre los que un gesto, como el de la mujer y el joven, en una posición de reposo y amparo, termina recordando más a la Piedad de Michelangelo que al agotamiento de un obrero de la construcción abrumado por la tarea y el desconocimiento de lo que todas esas galerías, pasillos, libros implican. La luz va consiguiendo, como es esencial en la fotografía, que ese camino de silencio vaya consiguiendo un significado atravesando los espacios de la memoria, con idas y venidas que pueden provocar que los personajes vuelvan a una ignorancia primigenia, al momento en el que nada se sabía y nada se podía imaginar, en el que todo era miedo y la noche de los tiempos sólo podía superarse mediante hogueras, medio aquelarres, medio focos de iluminación limitados para mentes encorsetadas en el mito y la leyenda.
En el principio se hablaba un solo idioma en la Tierra, dicen que dice el Génesis, algo que colapsó y, decididamente terminó por provocar la idea expuesta por Múnera, "sólo es posible construir y dialogar a través de la ruinas", y es a través del espacio en reconstrucción por el que la cámara del director colombiano se sirve del resquicio, del agujero que comunica una estancia en ruinas con otra rehabilitada, un exterior con un interior por el que corretean niños entre libros reflejados mediante la utilización de cristales que separan espacios, pero sirven de canales de comunicación entre generaciones. Es de esta manera como podemos llegar a la sensación de que todo lo que se pierde puede recuperarse, con la lentitud indeseada de la ausencia de medios, pero con la tozudez de quien no deja de perseverar en el camino de la preservación; ya a través de de la recatalogación de libros o mediante la recuperación de imágenes perdidas pero archivadas. La importancia del contenedor como almacén del que alguien pueda extraer un conocimiento en el futuro, sólo pendiente de la curiosidad de quien busca y encuentra. Bibliotecas, museos, archivos, lugares en los que puede haber un tesoro infinito presto a descubrirse iniciando un viaje de la oscuridad hacia la luz, "la Biblioteca es interminable" que dijo Borges.

LA TORRE. Colombia, Mexico. 78’. DIRECTOR y GUIÓN: Sebastián Múnera. Productores: Augusto Sandino, Santiago García Galvan. Compañías productoras: Schweizen Media Group, Itaca Films. Fotografía: Esteban Valencia. Edición: Rodrigo Ramos Estrada.Diseño de sonido: Hector Ruiz, Christian Tapia. Música: Hector Ruiz, Juan Andrés Vergara, Carlos Vértiz Pani. Intérpretes: Gloria González Roldán, Jorge Ortiz, Neyder Gallego

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