martes, 5 de junio de 2018

LA BOULANGÉRE DE MONCEAU (Eric Rohmer, 1963)

LA BOULANGÉRE DE MONCEAU (Eric Rohmer, 1963)


En los seis cuentos morales de Rohmer no deja de haber una contraposición entre la realidad y el deseo, entre la argucia moral y la hipocresía del ser humano que se tiñe de falsa moralidad para autojustificarse. En este primer encuentro de Rohmer con sus conocidas series de películas engarzadas por un ciclo común, hay apuntes que bien acomodan el mediometraje con obras posteriores como "Ma nuit chez Maud" o "L,amour l,áprès-midi", mujeres sin doblez en su comportamiento y hombres indecisos, fugaces, volátiles, que consiguen convencerse de que aquello que hacen en cada momento, responde a una necesidad moral amparada por una buena obra. Sea cual sea el resultado o la consecuencia, estos protagonistas se escudan en su naturaleza, teñida de falsa rectitud, para aparentar que sus decisiones responden a firmes e inamovibles decisiones, responsables y éticas, que, sin embargo, quedan en entredicho para el espectador objetivo y neutral. El joven de nombre desconocido que pasea sin rumbo definido, pero si con un objetivo claro, por las calles del distrito XVII de Paris, no tiene nada que envidiar al Jean François de "Maud", los años le harán más cínico e hipócrita, pero en "Monceau" consigue afianzarse en las tareas de aprendizaje para hacer, del autoengaño, un modo de supervivencia.

Se habla mucho del azar "rohmeriano" que termina juntando, o separando, a los personajes de sus objetivos, y poco se habla de la escasa fidelidad de sus patrones masculinos, sobre todo en estos cuentos morales que se proyectan a algunos de sus "comedias y proverbios". El joven al que interpreta Barbet Schroeder y al que da voz como narrador Bertrand Tavernier, se encuentra ante la perspectiva de un verano abúlico y largo en un Paris sin alternativas una vez que termine su curso en la facultad de derecho. En esa situación de impasse que se cierne sobre él, el cruzarse todas las mañanas con una joven que pasea en dirección contraria enciende sus fantasías imaginando cómo abordar a ésta y conseguir llamar su atención. Querer en este caso, no es poder, y cuanto más desea ese encontronazo sorpresivo, más difícil parece ser conseguirlo hasta que, de manera fortuita, el azar, provoca el primer cruce de palabras y una promesa que queda en el aire para una cita futura. Él no ha sido, ni es, consciente, de que ella esperaba esos cruces tanto como el hombre, por eso, una vez roto ese hielo inicial, la desaparición de Sylvie, que no vuelve a dejarse ver por las calles de costumbre, Batignolle, Villiers, Courvelle, Monceau, Levis, Legendre, Lebouteux.......provoca en el joven una reacción que va derivando, de la ansiedad de la ignorancia, a la rabia contenida del despecho y a la necesidad de provocar su misma situación en otra mujer, cualquiera que no le interese pero a la que pueda devolver el golpe.

Usando la misma técnica fílmica de la primer Nouvelle vague, las calles de París se convierten en el personaje que acompaña al joven en su pasear sin rumbo, en esa conversión en un "flanneur" que se mueve en círculos por los lugares habituales, intentando provocar ese encuentro que, sin saber cómo, se ha evaporado, acuciado por su estómago vacío, entra en esa panadería como pudo entrar en cualquier otra. Es entonces cuando aparece el personaje de la panadera, la antítesis femenina del modelo de parisina que encarna Sylvie, morena, algo tosca, como sacada del campo y traída a la ciudad frente a la coqueta, elegante y rubia Sylvie. Lo que empieza siendo un juego de breves miradas, un coqueteo insustancial, una compra diaria de una galleta con la que llenar el estómago en el descanso de los exámenes, va derivando en un calculado plan de seducción con un único objetivo, lograr una especie de venganza contra el género femenino por lo que ha hecho, o no ha querido volver a hacer, Sylvie. Emergen así las diferencias de clase en ese monólogo interior que el joven va lanzando en sus paseos o, incluso, en sus estancias en la panadería, rodadas tanto al mismo nivel de los personajes como desde ventanas de los edificios del barrio, personajes que se confunden con los propios habitantes, sus mercados, sus tiendas, sus oficinas, sus vehículos; un París sin glamour alguno, un París de carne y hueso, personajes de ficción que interactúan con la ciudad de verdad.

"En qué jaleo me he metido", dirá el joven cuanto más va enredando a la panadera, y sólo el azar, quizás en este caso inmerecido, salva, por la campana, a quien no quiere cumplir con la cita que tanto le ha costado conseguir, pero en la que ha insistido simplemente por rabia. El encuentro deseado, para cerrar el círculo del cuento moral, vuelve a producirse, el joven se cruza de nuevo con Sylvie enfrente de la panadería. Aquí entra en juego la coartada moral del personaje que, como decía antes, nadie aceptará, más que el propio autoengaño y la concurrencia de la ignorancia de Sylvie sobre las verdaderas razones por las que él acude todas las tardes a la panadería que se encuentra enfrente de su vivienda. Sylvie ha pensado que se había cruzado con una especie de acosador que no dejaba de merodear por su portal para provocar ese nuevo encuentro, "usted es odioso, conozco todos sus vicios", pero obviamente sabemos que está equivocada, que el vicio de él no son los dulces ni las mujeres rubias semidesconocidas, que el interior oculto de él esconde la mentira y el engaño, y, sin embargo, ese comportamiento no va a impedir que, finalmente, consiga lo que estaba deseando al principio de la historia, logrando, además, descargar su conciencia de cualquier culpa. En su abandono del lugar sin esperar la cita con la panadera, sólo desea no ser descubierto, le da lo mismo ser visto desde la lejanía, sin una voz, sin un reproche, sin una escena, su conciencia moral quedará a salvo, será una página que quedará en blanco para olvidar en su memoria y que no tendrá que compartir con nadie, bastará con no volver por la calle Lebouteux, pero el azar le harávivir en esa misma calle unos meses después, pero eso es otra película. 


LA BOULANGÉRE DE MONCEAU. Francia. 1963. Dirección y guión: Eric Rohmer. intérpretes: Barbet Shroeder, Fred Junk, Michèle Girardon, Bertrand Tavernier. COMPAÑÍA PRODUCTORA. Les Films du Losange. 23 min. Productor delegado: Barbet SchroederVoz: Bertrand TavernierDirector de fotografía: Bruno BarbayMontadores: Jackie Raynal, Éric Rohmer

PELÍCULA COMPLETA SUBTITULADA