viernes, 1 de junio de 2018

EN ATTENDANT LES BARBARES (Eugéne Green, 2017)

EN ATTENDANT LES BARBARES (Eugéne Green, 2017)

Despojar a los actores de cualquier envoltorio que pueda distraer al espectador, ceñirse al uso de la palabra como mecanismo único de comunicación acompañado de la mirada, acercarse a los cuerpos, rígidos, casi en dos dimensiones, inmóviles o paralizados, y dejar que el discurso fluya de bocas que terminan perdiendo su referencia temporal porque lo que vemos, y lo que oímos, tanto da que ocurra hoy, ayer o mañana. Green prescinde absolutamente en su última película de cualquier artificio, y eleva a su máximo exponente el valor del actor como vehículo de transmisión de sus ideas. Más allá de las 12 personas que actúan en la película y un director, se antoja un modesto equipo alrededor de la propuesta, que si lo que se cuenta es cierto, no es sino la plasmación en imágenes de las enseñanzas, aprendizajes e improvisaciones en un taller actoral en Toulouse, del que el director aprovecha las sinergias para crear una película alrededor de una radiografía serena de muchos males de nuestra sociedad, que culminan con un salto cronológico al vacío, arriesgado y soberbiamente engarzado con lo anterior, donde un texto de Chretien de Troyes alrededor del ciclo artúrico, es el preámbulo definitivo para que los personajes refugiados en un castillo imaginario, puedan transitar de la oscuridad a la luz.
ENLACE A "ESPERANDO A LOS BÁRBAROS" DE KONSTANTIN KAVAFIS 
En ese tránsito muchos encontrarán reminiscencias religiosas que pueden condicionar su opinión de la película ("me quedaré en la iglesia cuandose quede vacía para no estar solo"), pero no deberían limitarse a la literalidad de lo que se dice renunciando a adaptar lo oído a su propia conciencia. La llegada de este grupo de personas, 6, a los dominios de un castillo, morada de un matrimonio de magos, y por el que vaga el fantasma de la hija, trata de desnudar nuestra condicionada mente para que reflexionemos sobre nosotros mismos, sobre las dudas que responden a la realidad y aquéllas que son impuestas por esos "bárbaros" del título, en quien podemos identificar a todos los grupos de presión, incluídos los particulares como los que surgen en las redes sociales, dudas éstas que, en el fondo, nos sumen en la oscuridad metafórica cercana al oscurantismo de borrar cualquier posibilidad de iniciativa y pensamiento propio, cegados, como estamos, por el egoísmo personal e inmediato, la falta de solidaridad y la ausencia de compromiso ético en nuestro comportamiento diario. Los "bárbaros" a los que se espera no terminan de llegar, como aquellos tártaros de Dino Buzatti filmados exquisitamente por Valerio Zurlini, pero esos bárbaros tanto pueden ser personas como ideas, invasores lejanos como vecinos próximos, seres u objetos, de ahí que el primer acto que se exige a los que piden asilo sea el de desprenderse de todo aparato electrónico. 
Como si de una mandrágora que todo lo emponzoña, como si de un súcubo que puede tomar cuerpo en cualquier momento se tratara, hay que abandonar móviles, tabletas y demás dispositivos; ser admitidos en el castillo exige desprenderse de algo para lo que no se está preparado. Para estar a resguardo hay que olvidarse de los bárbaros que transmiten su miedo a través de los aparatos que repiten una y otra vez las mismas consignas amedrentadoras, es así como se puede enfrentar uno a sus propios miedos y vencerlos. "¿Cómo sabremos si vienen los bárbaros sin internet?" pregunta la bo-belle, juego de palabras con el concepto "millenial" del bo-bo francés, pues precisamente por eso, porque no hay internet se aprenderá que esos bárbaros nunca llegarán.

Como un dramatis personae teatral,precedido de un prólogo que, como un Canaletto, nos presenta desde la lejanía el escenario de un Toulouse que acoge al grupo mientras se nos cuenta el origen de la película, los actores van entrando en situación desde la más absoluta oscuridad para ir acercándose, poco a poco, a una luz que, sin duda, empieza a emanar de ellos mismos sin que sean conscientes, pues mediante la palabra son capaces de escrutarse, de escucharse, de oirse sin intermediarios, por eso Green separa al sexteto en parejas, aunque repita personajes para poder dar entrada a la idea del fantasma, del amor ideal, del amor sublime que engarza con la representación del drama artúrico. En esas conversaciones, a veces absurdas, en ocasiones irónicas, en otras elevadas y sublimes, todas las esferas sociales son analizadas, de manera somera y precisa, desprendiéndose de sus miedos una vez que son capaces de hablar de ellos, cada persona se desprende de sus bárbaros particulares para hacerse un ser libre.
Esa transición de la era de las tinieblas en la que se encuentran los personajes hacia la luz de la esperanza, viene matizada por el paso a un azul espectral del pasado. Una representación huérfana de decorado y atrezzo, un episodio que se extiende a lo largo de esa segunda mitad de desarrollo durante casi media hora, en la que los actores, unos nuevos y otro del primer grupo, el más desdichado de estos, que, en el fondo, es el más humano, representan el episodio del caballero Joffré. Hemos pasado, según palabras del guión, de un presente vacío y nada reconfortante, a un pasado presente en el que comienza a desaparecer la tenebrosa oscuridad, un pasado que quiere convertirse en presente a solo que estemos dispuestos a recibirlo, a dejarnos mecer por la musicalidad de la rima medieval y el sentido de un poema amoroso teñido de las vergüenzas del ser humano que puede trasladarse hasta este presente o cualquier presente. Y Green, amante de las artes, y no sólo del cine, aprovecha el espacio, y el contenido del museo en el que rueda, para unir el cielo con la tierra, lo humano y lo divino, lo material con lo espiritual, dejando a cada espectador que asuma sin complejos aquello que más le reconforte para abandonar la oscuridad. Mientras asisten a esa representación como si fueran un grupo de colegiales acompañados de sus maestros (en el fondo todos ellos están estudiando mientras actúan en el propio taller creativo) todas las eras del hoombre se mezclan y se retroalimentan, nada tiene por qué sernos ajeno procedente del mundo de los hombres.
Por eso resulta tan importante retornar al punto de partida, siendo los mismos cuerpos pero diferentes mentes, alejados los miedos que nos impiden ser personas libres, como estos actores que han eliminado la "interpretación" para ser ellos mismos ante la desnudez de sus emociones. Rescatados olvidando sus portátiles se han liberado de ataduras invisibles pero que nos mantienen ocupados con lo banal y preocupados con lo que los "bárbaros" nos inculcan. Green hace una performance de escasos medios pero altos vuelos, un cine para la esperanza en el hombre como especie, un ejercicio de estilo desprocupado de la aparatosidad visual, donde lo simple va transformándose hasta alcanzar profundidad, grandeza e importancia, el mensaje es claro, de nosotros, y sólo de  nosotros, depende perder el miedo y disfrutar de la belleza del comienzo de un nuevo día.
Título: En attendant les barbares. Francia. 2017. Duración: 75 min. Dirección: Eugène Green. Guion: Eugène Green. Fotografía: Raphaël O’Byrne. Reparto: Valentine Carette, Hélène Gratet, Anne-Sophie Bailly, Chloé Chevalier, Roman Kané, Clément Durand, Arnaud Vrech, Fitzgerald Berton, Marine Chesnais, Fraçois Lebas, Ugo Broussot, Frédéric Schulz Richard. Productora: Chantier Tecknics / Chantiers Nomades. Montador de sonido:Tristan PontécailleMontadoras: Laurence Larre, Hélène Larrieu

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