miércoles, 27 de junio de 2018

EL CASO KURT WALDHEIM (Ruth Beckermann, 2018)

EL CASO KURT WALDHEIM (Ruth Beckermann, 2018)

Enfrentémonos a la realidad de estos dos fotogramas, vemos en primer plano a dos oficiales alemanes con los distintivos de las S.S. acompañados, en los extremos, por dos oficiales italianos. Es el aeropuerto de Podgorica, en la antigua Yugoslavia, año 1943, en plena campaña del Este de Europa, con el ejército nazi alemán combatiendo a los partisanos de Tito, violando y vulnerando todas las normas del derecho internacional de la guerra. Una foto más, una de tantas, cientos de ellas. En principio es una fotografía objetivamente inocua, sin el conocimiento previo que tenemos de lo que supuso esa contienda, de lo que de supremacista inspiraba la doctrina nacionalsocialista, no dejaría de ser una fotografía más de unos militares en campaña. Aportemos otro dato, el oficial alemán más bajo, el que lleva gafas, el general de aviación Alexander Löhr, ejecutado en febrero de 1947 en Belgrado como criminal de guerra por ordenar, entre otras cosas, el bombardeo de la capital al inicio de la invasión del país, entre otras cosas porque el oficial que aparece a su izquierda le rendía cuentas, le pasaba los informes de los partisanos ejecutados a diario, de las operaciones de limpieza étnica........ese oficial era austriaco, voluntariamente partípice de las juventudes de las SS y nazi de primera mano, no lo que se dió en llamar una "violeta de marzo" en alusión al calificativo que merecían los adheridos al régimen cuando éste se asentó frente a los que participaron de la "revolución" desde el primer momento, ese oficial se llamaba Kurt Waldheim, secretario general de la ONU desde 1972 a 1984 y presidente de Austria desde 1986 hasta 1992.

La documentalista austriaca Ruth Beckermann se sirve de la figura de Waldheim para denunciar, no un  hecho histórico, concreto y vergonzante; cómo un personaje público puede manipular su historial militar, salir indemne de la ofensiva y presidir un país de la pretendida Europa democrática y occidental, sino para, pasados 30 años de la reacción que intentó, sin éxito, la retirada del candidato a las presidenciales de su país, evidenciar cómo perduran en la vieja Europa, los mismos ideales, los mismos mitos, las mismas ideas raciales, xenófobas y excluyentes, que provocaron el surgimiento de los fascismos de la década de los 30. No hace falta más que comprobar cómo los discursos en defensa de Waldheim efectuados por sus compañeros de partido en aquellos momentos, se parecen, miméticamente copiados, a los del actual presidente húngaro, polaco, al líder de la Liga Norte en Italia, a los de Neil Farrage en el Reino Unido, y a los emergentes partidos neofascistas que crecen y crecen en países como Holanda, Dinamarca, Alemania, y la propia Austria, donde sin complejos han conseguido entrar a formar parte del gobierno.
Las manos de Waldheim esconden algo extraño, exageradamente grandes, escasamente acogedoras. En su movimiento de abrazo para atraer al votante, se esconde el elemento propiciatorio del miedo, del engaño, como si las manos que se mueven de manera simétrica y tratando de demostrar una bonhomía de honrado padre de familia y entregado abuelo, unidas a esa sonrisa que no se borra ni hasta cuando recibe una bofetada de una persona que no olvidó lo que sucedió en la Europa de los años 40, no dejaran de ser una simple mascarada, un efecto medido de publicista, de asesor de imagen. ¿Cómo ese hombre pulcro, educado, sensible, culto va a haber sido capaz de participar de tal monstruosidad?. Porque Waldheim ocultó siempre, en su curriculum, el periodo 1941-1945, dando a entender que una vez herido en el frente soviético en 1941 había vuelto a Viena y no había vuelto a vestir el uniforme, limitándose a terminar sus estudios universitarios. Resulta obvio que no hubo mucho interés en estudiar su pasado, y como tantos miles de colaboradores de un régimen, que se sustentaba en una estructura jerárquica muy definida y delegada para ser operativo en el terror y la ejecución, se prefirió pasar página sobre un peón escasamente significativo de aquella maquinaria, a quien se le promocionó a la categoría de líder mundial teniendo, como tenía, los cadáveres escondidos en el armario.
Las apariciones de Waldheim comienzan a trastocarse cuando la sociedad civil austriaca, con la propia directora documentando cuanto sucedía en aquel 1986, con la cooperación del Congreso Mundial Judío, pusieron en el punto de mira al sujeto para enfrentarle a sus mentiras, como en aquella visita oficial a Yugoslavia como ministro de AAEE de Austria en la que dijo, sin sonrojo, que era la primera vez que visitaba el país, o como cuando negó haber vestido uniforme militar después de 1941. Porque en el fondo, lo que Beckermann transmite del personaje, a través de su mantra propagandístico de "soy católico, soy honrado, soy moral", es la historia de un mentiroso compulsivo que, tratando de ocultar lo que sabe que es un pasado vergonzante, entra en contradicción permanente con las revelaciones de los historiadores. No se podrá culpar al hombre de participar directamente en crímenes de guerra, ni nadie de los que se oponen a su candidatura se atreve a decir tal cosa, pero no se le puede perdonar ni la mentira ni la idea, tan manoseada y que fue echada por tierra en los juicios de Nuremberg, de la "obediencia debida" y la ignorancia excusable, porque si algo demuestra la historia es que aquella ignorancia del pueblo alemán, y también del austriaco, ferviertemente sumado a la causa nazi tras el Anschluss de 1938, no dejó de ser una ignorancia deliberada para no querer saber lo que sí era público.
El mecanismo seguido por Beckermann es sencillo, o lo parece, pero pese a su presentación como un dispositivo meramente documentalista, esconde, y así queda patente tras el visionado de la película, un evidente juego entre el pasado y el presente, entre el personaje y la sociedad que le votó, entre la aparente modernidad del país y el sustrato racista y supremacista de muchos de sus votantes, en el que, los enfrentamientos dialécticos en la calle terminan zanjándose con insultos de tipo racial o defensas exacerbadas del papel de padres y abuelos en aquellos días donde, o se era nacionalsocialista o se corría, por lo menos, el riesgo de no tener trabajo ni comida, sino cosas peores. Es esa corriente subterránea que demuestra cómo aquellos nazis del pasado sí sabian, en el fondo, lo que significaba el movimiento de Hitler y sus consecuencias, lo que produce el atragantamiento es el documento que retrata, no solo, al personaje central, sino que con él, arrastra a toda una sociedad del siglo XX austriaco, y que perdura en la actualidad, porque si tremenda es la posición que asume, como víctima, el propio Kurt Waldheim de una especie de complot sionista internacional y de la izquierda, tremendos y repugnantes terminan siendo las razones, argumentos y expresiones de los correligionarios del candidato, verdadero catálogo del problema de fondo de un país que no vive lo sucedido entre 1938 y 1945 como un problema de culpabilidad propio, sino de otros.
La excusa argumental que se da como origen del trabajo de Beckermann es de un romanticismo ingenuo, pero que funciona perfectamente. Se parte de la idea de que, todas aquellas horas rodadas en vídeo con una de la primeras videocámaras del mercado, iban a servir para recoger el testimonio de un éxito, tenían la intención de documentar lo que se pensaba iba a ser la retirada definitiva del candidato, y, sin embargo, terminaron quedaron almacenadas y perdidas después de que el esfuerzo no sirviera de gran cosa; hasta que, de repente, apareció una de aquellas cintas, y el germen de la idea volvió a resurgir. Habiendo sido protagonista de primera mano de aquellos días, tanto que a veces el ojo de la directora se confunde con el ojo de quien grabó, haciendo que las paredes entre una y otra se rompan, se atraviesen, se traspasen, y sin ocultar que en su intención no hay objetividad ni neutralidad, sino una idea clara del cine militante, el uso de material de archivo es admirable para recrear una historia de apenas un par de meses, recogiendo declaraciones y pruebas de todos los bandos, desnudando al personaje y su soporte social a base de contradicciones inatacables, resultando impagable, por ejemplo, el momento en el que el hijo del canciller, todavía candidato, se enfrenta a una comisión del congreso de los EEUU donde es atacado sin piedad por un congresista, incapaz de defender públicamente la posición adoptada por su padre, humillado con palabras certeras, hirientes, pensadas, una imagen en la que sólo vemos el rostro de ese hijo que va empequeñeciéndose mientras escuchamos al congresista sin verle. En ocasiones la democracia puede dar lecciones de verdaderos principios.
Beckermann nos enfrenta a la realidad de nuestras propias sociedades mediatizadas, ajenas a la autocrítica y ancladas en prejuicios sobre los que no se está dispuesto a reflexionar y meditar. Utilizando solamente imágenes de archivo, mayoritariamente periodístico, al que se unen las propias grabaciones de la directora en aquel momento, ésta compone un ejercicio crítico inestimable hacia su país, hacia el partido liberal austriaco, hacia la derecha austríaca tan proclive a usar paños calientes con su pasado, y crítica también hacia unos medios de comunicación comprensivos y nada combativos con el personaje que, como poco, fue un mentiroso consciente, contraponiendo el tratamiento que le daban las televisiones de Austria frente a las del resto del mundo, fundamentalmente los EEUU, país que una vez elegido presidente, no pudo visitar al ser puesto en "vigilancia" por las autoridades norteamericanas por su pasado nazi. Lamentablemente estas lecciones del arte, de la historia, quedan empequeñecidas cuando comprobamos el nivel de la gobernanza mundial actual, donde parece que se ha asumido que cuanto más xenófobo, intolerante, inamovible, inhumano es un dirigente, mayor es su éxito. Esto lo cuenta Beckermann sin necesidad de decirlo, de ahí que estemos ante una gran película que cuestiona de manera inteligente, las bases de nuestras sociedades llamadas democráticas.