martes, 22 de mayo de 2018

LA ÚLTIMA LUZ DEL ATARDECER (Silvia Rey, 2017)


LA ÚLTIMA LUZ DEL ATARDECER (Silvia Rey, 2017)


"La hoja que cae vuelve a su raíz", y así en el pensamiento de Jiango Chen o de Jiang Liu, el lejano país de su nacimiento no ha desaparecido nunca. Las razones de su llegada a España son múltiples, la principal la escasez de China, su imposibilidad de prosperar en el medio rural, con o sin formación. Atraídos por los comentarios de los que se marcharon antes, los ya ancianos de esas primeras generaciones de chinos inmigrantes contemplan la posibilidad de su muerte con la serenidad de su propia filosofía vital. Para unos supondrá la posibilidad de regresar a sus orígenes antes de morir emprendiendo ese último viaje tantas veces postergado, para otros la imposibilidad definitiva de retorno, asumir que jamás se volverá a ver el arrozal, la casa rural o a los familiares que quedaron allí tras su marcha. Lo que no habrán desterrado de su imaginario es mantener su tradición cultural. Impermeables a la penetración de lo occidental, el club de ancianos del barrio de Usera en Madrid, parece un pedazo de China trasladado a España, o, ¿por qué no? un lugar desconocido de China al que se ha desplazado la directora para grabar las reflexiones de esta pareja de ancianos mientras se van culminando los preparativos de una fiesta de año nuevo chino haciéndonos creer que seguimos en España.

Silvia Rey húye del "documental" testimonial, sin resultar cuestionable que lo que vemos es real. La imagen que se traslada al espectador se convierte en ensoñación, en recreación de un mundo detenido en el tiempo donde una coreografía orientalizante a los sones de un himno patriótico se convierte en una reivindicación, siempre permanente, de un sistema político sin parangón, el comunismo de alma capitalista, o como se dice entre ellos, una política comunista para una economía capitalista. Ese escenario del que tanto puede salir un enano en la senda de un producto Lynchiano como dar paso a un estado de tensión digno de una macabra representación teatral sangrienta de un Rob Zombie, envuelve a las imágenes en esa peculiar forma visual que tiñe la realidad de algo imaginario, surreal, soñado, imposible de coexistir con un exterior donde cualquier realidad con esa pequeña China sería pura coincidencia. El rojo se apodera de la pantalla y da paso al relato, teñido de ese surrealismo que acompaña a la muerte y al funeral chino, porque quienes hablan no olvidan cuál puede ser su futuro próximo, sobre todo ahora, que empiezan a caer las hojas de los más cercanos a ellos.

Los personajes de Silvia se creen tanto lo que están haciendo que se abstraen de la cámara, al menos hasta que hablan de la propia cineasta rompiendo esa cuarta pared que introduce la interlocución directa con la creadora, aunque ésta no responda. Su narración, mientras se juega al ping-pong, se preocupan por el correcto funcionamiento del escenario y las luces, se estresan por los fallos del karaoke, se discute por las atribuciones que se autootorgan determinados cargos de la directiva, no elude el pasado, las razones de su éxodo, su sentimiento de pertenencia a un grupo, su ideario político más impuesto que razonado ("No entiendo a Mao"), su humilde forma de vida, su nula intención de integrarse a otra cultura ajena; con una economía de palabras y gestos digna de quien no se altera por nada ni se preocupa más que por el presente y el futuro más inmediato. La distancia es el olvido, pero estos viejos "Fundación de la República" y "Pequeño derecho", nombres traducidos de su original chino, resumen en pocos minutos el sentido de su existencia, "eso es todo", concluyen, mientras las imágenes nos han sumergido en un mundo extraño, iniciático, hermético, con más sombras que luces, donde la cámara decide crear una atmósfera personal y particular que uno imagina, apenas existe más que en el trabajo de la directora. Eso es el cine, crear de la nada mundos imaginarios que podamos sentir como diferentes y reales, seguro que si viéramos ese escenario con nuestros propios ojos podríamos advertir mejor el sentido de la recreación fílmica.


LA ÚLTIMA LUZ DEL ATARDECER. España. 2017. Dirección: Silvia Rey. Idioma: Chino Mandarín. Guión: Silvia Rey. Fotografía: Israel Seoane. Montaje: Velasco Broca. Sonido: Roberto Fernández. Producción: Silvia Rey. 22 minutos