jueves, 24 de mayo de 2018

CARTUCHO (Andrés Chaves, 2017)


CARTUCHO (Andrés Chaves, 2017)


Desde el parque del Tercer Milenio de Bogotá se divisan, a no muchos metros, los rascacielos de la ciudad moderna, del centro financiero y comercial de la capital. Esos metros son escasos, es verdad, pero esa frontera invisible que separa el parque del hormigón del dinero se respeta. Ni unos ni otros van a atravesar el territorio que los separa, entre otras cosas porque las normas y las reglas son diferentes. Pudiendo haber crimen en ambos lados, uno es de guante blanco y no va a consentir que los habitantes del “Bronx” bogotano, antes “El Cartucho” del título, deambulen por su tranquilidad burguesa incrementando la inseguridad, en el otro la violencia es extrema, de “ultimar” a la gente por cualquier disputa, y allí nadie que no busque droga o no tenga dónde vivir va a atreverse a penetrar porque corre serio peligro de no volver a salir, un barrio no deja entrar a cualquiera, otro no deja salir tan fácilmente. 

Si en “Yo me lo creo” una persona habla hasta conseguir que veamos, aquí, iniciándose de una manera similar pero con el soporte de las imágenes, no de los rostros, es lo que vemos lo que nos habla sin necesidad de que alguien nos lo cuente. Lo más bajo de la existencia humana desfila ante nuestros ojos, grabaciones recientes, imágenes de archivo, testimonios, vídeos periodísticos. La realidad supera cualquier recreación, si asistiéramos en una película de ficción a tanta miseria, tanta degradación, tanto abandono, es posible que nos costara creerlo como posible. Contemplar las calles llenas de basura en la zona del Cartucho, a la gente peleándose por los restos tirados de los privilegiados, los estragos palpables de la droga, la prostitución, la delincuencia, deja un nudo en el estómago. El relato no es lineal ni cronológico, y la palabra viene a sustituir, sin superar, la crudeza de la imagen; pero termina completando una narración donde la muerte es el eje central de la vida de tanto desesperado y abandonado, una miseria ante la que el poder sólo reacciona con la violencia y la ocultación, como si eliminar el Cartucho supusiera eliminar lo que existe, cuando sólo supone trasladar el ghetto unos metros más allá.

“El Cartucho, el Bronx, como quiera que se llame ahora, es un reflejo de lo que somos. Es el lado oscuro que queremos tapar, es la muestra de cómo en Colombia no tenemos un tejido social que salve a los que están a punto de caer en ese hoyo”, así se expresa el director hablando de sus motivaciones para rodar este documental; pero sus imágenes también lo hacen en el mismo sentido. Esos espacios socializados por la mendicidad extrema desde su abandono, naves y edificios donde la gente convive entre la inmundicia a escasos metros de una de las zonas más protegidas del país,  provocan la intervención política, sí, pero no para intentar salvar a la gente de esa miseria y enfermedad, sino para erradicar por la vía de la destrucción el “foco infeccioso”. Las sucesivas demoliciones de El Cartucho y sus continuaciones no evitan la realidad del problema. Desocupadas y demolidas por la fuerza las viviendas de la zona primigenia, sus ocupantes vuelven a ser dejados a su suerte, por lo que reproducen su modo, y medio, de vida, a escasos metros, degradándose zonas adyacentes que van proliferando como cánceres sin tratamiento. El problema, en vez de arreglarse, se cronifica y se ramifica, resurgiendo en otro lugar. 

Sobre el terreno del antiguo Cartucho se construyó el parque del Milenio, pero en ese parque, como cuenta una de las residentes, se siente un frío que procede del suelo y cala hasta los huesos, el frío de la muerte,  del cementerio ilegal que no deja de ser el más grande de toda Bogotá, el frío procedente de centenares de ajusticiados, desaparecidos, secuestrados, “ultimados”, que durante la noche eran cargados en contenedores y entregados a un servicio de funeraria muy particular en el que los sepultureros trabajaban (y seguirán trabajando) para evitar su propia muerte. Destruído el barrio, nadie lo olvida, y no porque las imágenes de hemeroteca permanezcan, sino porque la realidad no ha desaparecido, sólo se ha trasladado. Para muestra esos testimonios del presente de personas que siguen sometidas al mismo régimen de subsistencia mientras la administración sólo se preocupa de hacer el “censo nacional”. Resulta tan demoledoramente absurdo presenciar los intentos de los encuestadores para que personas bajo los efectos de las drogas contesten a preguntas tan básicas como el nombre y la edad, que si no se viera parecería increíble que ésa sea la única preocupación pública, saber cuántas personas viven, aunque sea sin agua, sin luz, sin servicios higiénicos, pero no querer saber cómo viven ni invertir lo mínimo para rescatar a alguna de ellas. 

Esa mezcla de las imágenes presentes, pasadas, rodadas, grabadas, robadas, va conformando un collage digno de “Los miserables”, en el que si durante el día parece establecerse un “impasse” en el que se busca el alimento mínimo para subsistir, donde hay tiempo para la fiesta y la diversión, e incluso hasta para el aseo improvisado con una manguera casi incapaz de eliminar la roña acumulada durante meses, la llegada de la noche es la llegada de la amenaza, de la constancia de que la vida en el Cartucho no vale nada, que no hay clases sociales para quien entra en el barrio, donde la leyenda cuenta que hasta una patrulla policial fue enterrada al completo con todo su equipo y hasta un circo que quiso actuar gratis para los habitantes sufrió las consecuencias de la impunidad. La noche es jugarse la vida por nada, pero también abre el lugar para que el rico puede violar por dinero a jóvenes previamente secuestradas. En la noche hasta parece insuficiente la escolta policial que acompaña una noche de rodaje; en un barrio de diez cuadras se ha establecido un país sin más ley que la de los “jíbaros” (los camellos) para los que la pena de muerte es la respuesta a cualquier fallo, y donde la propia muerte no deja de ser un riesgo laboral más.

Un lugar que se desplaza pero que no desaparece, donde los niños comienzan a jugar con las drogas a los 7 años, donde la marihuana dio paso al crack, verdadero punto de inflexión que destrozó cerebros y multiplicó la violencia extrema, una violencia “entre ladrones, viciosos y jíbaros” que termina por no saber discriminar ni distinguir situaciones, porque mejor es matar que morir. Para los habitantes el día parece una tregua en la que tomar fuerzas para lo que se avecina horas más tarde, cuando ya no hay testigos, ni cámaras, ni policía que se atreva a entrar si no es para recibir su mordida correspondiente. La noche permite contemplar desde el parque y los nuevos Cartuchos, los fuegos artificiales lanzados desde la azotea del rascacielos; eso es lo más cerca de la salida que van a encontrarse los habitantes del barrio, lo más cerca de los servicios públicos, lo más cerca de la frontera que les permitiría abandonar el peligro, la muerte, la violencia, la droga, pero pese a la cercanía física, median distancias inabordables para que esos hombres y mujeres puedan vivir como personas.

CARTUCHO. Colombia. 2017. Dirección: Andrés Chaves. Guión: Andrés Chaves. Fotografía: Daniel Galán, Martín Mejía. Montaje: Felipe Guerrero. Sonido: Federico Viviescas , Roberta Ainstein. Producción: Andrés Chaves, Adriana Agudelo. 55 minutos

TRAILER