miércoles, 30 de mayo de 2018

ANATAHAN (Josef von Sternberg, 1953)



ANATAHAN (Josef von Sternberg, 1953) 

En medio de la selva, como una pirámide humana construida de manera espontánea y de aparente neutralidad narrativa, Sternberg, con una sola imagen, resume a la perfección la idea que atraviesa y traspasa su película, por otro lado de una claridad simple y evidente, acompañada por la potencia de imágenes claramente deudoras de los orígenes del cine de los que él mismo provenía. En esa escena, el grupo de soldados y marineros japoneses perdidos en medio de un islote del pacífico, cercano a las Islas Marianas, celebra el año nuevo de 1949. Han transcurrido cinco años en la isla después de que un avión norteamericano bombardeara el convoy de navíos mercantes que se desplazaba para aprovisionar a los resistentes a la invasión del país una vez ocurrido el desembarco de Okinawa. Cinco años durante los que siguen convencidos de que la guerra continúa porque en su imaginación no hay espacio para la idea de la derrota. El Japón imperial es indestructible, y al naufragio sólo podía seguir un rápido rescate que el tiempo desdice, siendo como son, parte del mejor país del mundo, y ellos, los representantes del respeto, la dignidad, la obediencia, el honor. 

En esa celebración de la fiesta de año nuevo el personaje de Keiko (Akemi Negishi) canta desde el vértice de ese triángulo formado por la disposición del lugar y la concurrencia de los cuerpos de los hombres que aún sobreviven. Esa colocación triangular, con Keiko en la cúspide representa la idea que quiere transmitir el director austriaco, hombres sujetos a su deseo animal de poseer a esa mujer, intentando llamar la atención de la única mujer de la isla, a la que creen casada con el hombre con quien la encontraron al llegar al lugar, y una mujer consciente de hasta dónde puede perturbar la estabilidad y hasta dónde puede arriesgar con el juego erotizante sin poner en riesgo su propia integridad. Cuando Keiko desciende de ese trono improvisado, no se iguala a los hombres, sino que continúa acaparando la atención del objetivo al situarse en el centro del cuadro empequeñeciendo al resto. Su baile anula el de sus compañeros, su presencia desata todo tipo de miradas y reacciones, asistimos a la perfección del juego erótico que no oculta quien domina la situación sinn usar la fuerza, mientras Sternberg nos muestra al soldado que ha permanecido en la zona más elevada de la pirámide, justo a los pies de Keiko, representa el poder, el poder que le otorgan las armas encontradas en la isla, es el rey de la isla a falta de otro rey. Si algo caracteriza «Anatahan» es la progresiva animalización de este grupo de personas, aisladas del mundo, reducidas al estado de naturaleza donde el buen salvaje queda en entredicho.
Sternberg utiliza una historia real como base de su construcción fílmica, situación no única, ni única en el cine; la de centenares de combatientes japoneses aislados en islotes del Pacífico que continuaron, solitarios o acompañados de pequeños retenes, creyendo que la guerra seguía tras quedar incomunicados con sus unidades, convencidos de que aquellos aviones que sobrevolaban los archipiélagos lanzando octavillas no eran sino mera propaganda para que se rindieran con mentiras; pero al director no le interesa la historia de supervivencia, ni el relato bélico suspendido en el tiempo como en un limbo donde éste se ha detenido de manera insoportable, sino el efecto en un grupo de hombres sabedores de que la ley y el mando han sido abolidos y se encuentran ante un tipo de sociedad distinta, sujetos exclusivamente a la responsabilidad moral interna y al dominio a través de la ley del más fuerte. Dos ejes confirman esa degradación progresiva del comportamiento humano, el liderazgo del grupo, hecho del que inmediatamente queda excluída la figura femenina, desplazada a un papel pasivo de ser dominada y utilizada, aunque ella sepa defenderse con sus propias intrigas, y el segundo el conseguir emparejarse con Keiko, lo que no es sino una reafirmación del liderazgo para quien lo consigue.


Hay escenas que van marcando el ritmo del relato, el descubrimiento del habitante de la isla, la aparición de la mujer, el baño público y desnudo de ésta mientras el grupo la observa, y el definitivo fín de la disciplina marcada por el rango cuando el sargento es vencido tras una pelea por el soldado Nishio, librado de una muerte segura por el resto de hombres, pero que determina lo fácil que va a ser morir en ese nuevo espacio alejado de la convención social. El director utiliza una forma arriesgada para exponernos la historia, una voz en off, que en muchas ocasiones nos va a anticipar lo que vamos a ver, o intuímos; incluso se recrearán sucesos que nadie vió, porque el relato procede del presente hacia el pasado, como un largo flash back en el que Sternberg reconstruye y ficciona sobre esos 7 años de reclusión involuntaria y los efectos sobre el grupo. La voz en off es la del propio Sternberg que asume, así, en primera persona, el control absoluto y total del efecto ante el espectador, mostrándose como creador y reconstructor de un pasado que, pudo suceder así o no, pero que, en todo caso, no parece descabellado. La voz en off no es el único riesgo en la forma de la película, sino que es un contrapunto absoluto a la decisión de que los personajes hablen su idioma materno, el japonés, sin que el espectador pueda entender lo que dicen, sin traducción ni subtitulado, siguiendo el relato por la gestualidad de los actores y la puesta en escena, con la ayuda, no pequeña, de ese narrador. Para el espectador actual que siga los estrenos es la misma solución, pero ahora mucho menos arriesgada y mantenida, que Wes Anderson ha utilizado en su Isle of dogs, en la que no hay traducción para los personajes japoneses, algo que, paradójicamente, produce una doble película diferente según quien vea la película, la que puede ver un japonés o alguien que no sepa la lengua del país.
 El único personaje que recupera un mínimo de humanidad-humanismo, cansado de ser el objeto y el motivo de la degradación moral del colectivo, es el de la mujer. Keiko pasa de la sumisión a Kusakabe, en una relación de conveniencia entre el único hombre y la única mujer de la isla, abandonados ambos por sus familias durante el conflicto bélico, y victima de un maltrato reiterado, a sentirse halagada por convertirse en el objeto de deseo de todos los hombres, a quienes contempla primero con la alegría de sentirse superior, para seguir hacia una autodestrucción en un juego de liderazgo, similar a un cortejo animal con combate previo a la cópula, cuyo premio al vencedor es la posesión de Keiko, algo que implica la progresiva degradación de ésta, reducida a mero goce sexual, incluso a la fuerza, y cocinera, aderezado con habilidades musicales improvisadas a ritmo de un samisen artesanal que va haciendo de Keiko una especie de gheisa a disposición de los hombres.

No faltan los elegantes movimientos de cámara que van enlazando a los personajes abandonados en la isla, esos travelling tan destacables en la perfección de su concepción y en su sentido de la estética dentro de una narración alejada de lo heroico y de lo épico, pero tan cercana a la mísera naturaleza del hombre, aunque predomina la cámara estática, no hay que olvidar que el rodaje se realiza en estudio, que esa isla no es tal, sino una reconstrucción falsa a la que el director no duda de acompañar con imágenes de archivo, imágenes documentales para situarnos geográficamente, imágenes de navegación para situarnos en ese convoy inicial, imágenes del Japón rendido y que empieza a renacer de una pesadilla imperial absurda, o imágenes de la vuelta de todos esos combatientes prisioneros o recuperados en islotes donde permanecían fieles a una idea propia del vasallaje feudal donde su vida no valía nada si el territorio era invadido por el extranjero. Tampoco es ajena la película a la elipsis, ya sea de un episodio concreto, como alguna muerte de los efímeros reyes con derecho rogado a la mujer, o de varios años de aislamiento, como cuando se pasa del verano de 1946 al año nuevo de 1949, de la aparición del avión americano derribado en medio de la selva a la fiesta y baile que desencadena una espiral de violencia mortal que concluye con una cacería masculina para localizar a la mujer huída, que ha decidido abandonar ese mundo salvaje.
Con Anatahan, Sternberg casi puso punto y final a su trabajo como cineasta, quedaba Jet Pilot, pero es mejor quedarse con la idea de que "Anatahan" es el testamento cinematográfico de uno de esos genios del arte, que empezó en los tiempos del cine silente y fue capaz de avanzar hacia el sonoro sin abandonar las señas características de su cine inicial, las pasiones humanas y sus bajezas minuciosamente diseñadas y fotografiadas, puestas en escena propias del cine mudo sin rehuir el uso de la palabra. Con "Anatahan" el director enlazaba con toda su filmografía, hacía que el espectador decidiera dar sentido moral a las imágenes, comentadas pero nunca interpretadas por el narrador, pero conseguía también, hacer perdurar y relacionarse con la obra de Murnau, de Flaherty. Su deseo de acercar Japón a la cultura occidental quizás no consiguió ser aceptado allí, donde la película no fue bien recibida, y puede que para el espectador occidental su relato fuera interpretado como una consecuencia de la naturaleza japonesa en vez de un cuadro de la naturaleza humana con una historia universal. En suma su final es un verdadero "final", en el que una adecuada propaganda puede transformar en héroe a quien sabemos que no merece tal calificativo, y donde Keiko, real o fantasmal, se acerca a ese aeropuerto para recibir a los fantasmas que murieron por su cuerpo, una despedida donde los personajes, como en un dramatis personae, se suceden para despedirse, primero los vivos, y después los que perdieron su corporeidad, saliendo de la sombra hacia la luz mientras los vivos permanecen en la penumbra, un auténtico sello de la maestría de Sternberg.
  
TÍTULO: ANATAHAN (The saga of Anatahan). Japón. 1953, DIRECTOR: Josef von Sternberg. Historia de: Younghill Kang, Michiro Maruyama. GUIÓN: Josef von Sternberg, Tatsuo Asano. PRODUCTORA: Daiwa. Intérpretes: Akemi Negishi, Tadashi Suganuma, Kisaburo Sawamura, Shôji Nakayama, Jun Fujikawa, Hiroshi Kondô, Shozo Miyashit,a Tsuruemon Bando, Kikuji Onoe, Rokuriro Kineya. MÚSICA: Akira Ifikube. Fotografía: Okazaki Kozo. 92 minutos.

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