jueves, 15 de marzo de 2018

LE CANCRE (Paul Vecchiali, 2016)


LE CANCRE (Paul Vecchiali, 2016)


“Le cancre” en sentido literal es un cangrejo, en argot francés su sentido más utilizado es sinónimo de ignorante, de zoquete, de zopenco. La edad no nos hace más listos ni más sabios, a veces no produce más que la exacerbación de nuestros defectos, cuanto más envejecemos más brutos, más ignorantes, más dudas nos asaltan. La edad de Rodolphe no garantiza su sabiduría; los 86 años de edad del director al concluir el rodaje de la película dirigida, escrita e interpretada por él, no permite aventurar que sea consciente de los porqués de sus decisiones vitales que continúan planteándole preguntas sin respuesta en los momentos finales de su vida, ni cómo sus errores han sido tantos y tan repetidos. Dudas, errores, ausencias, que se multiplican y se hacen más evidentes cuando aparece en su vida Laurent (Pascal Cervo), uno de sus hijos, uno de tantos, uno más pero no tratado como uno cualquiera, ni tan siquiera es el hijo de la mujer más deseada en su memoria, quizás porque fue aquélla con la que el deseo no llegó a consumarse de la misma manera que con las otras, la Marguerite idealizada y que ocupa la atención y el remordimiento más presente del anciano, cuya imagen ante el espejo devuelve la inexorable noticia de lo definitivo.

El cine de Vecchiali, al menos el más reciente y más accesible en España, aun contando con su inexistente acceso a las salas comerciales, relegado a festivales, cine on line o dvd,s de edición extranjera, se construye sobre la ligereza, una liviandad nada forzada que presenta los temas más trascendentes como si de una comedia se tratara. En ese aparente trato ligero del drama existencial, el humor apenas apuntado, termina sobrevolando la escena sin sarcasmos irónicos punzantes e hirientes. Las cosas pasan, y en ese pasar, lo trágico torna cómico por su tratamiento de apariencia intrascendente, como si ocasionalmente lo presenciáramos y lo normal fuera ser víctimas de un atraco a mano armada dentro de casa o que los personajes se pongan a cantar en medio de un diálogo. Vecchiali se relaciona así con otros “contemporáneos” del cine francés, como el último Resnais o el más reciente Green, incluso con el “apestado” Brisseau, alejado éste de cualquier humor, una relación que va desde el tipo de imagen buscado en interiores a la interpretación que aparenta poco natural de sus actores, en un encorsetamiento de mínimos matices que encierra, sin embargo, el doblez necesario para adentrarnos en su juego.

Un juego que comienza por un anciano que acoge en su casa a un hijo que reaparece sorpresivamente, pero con el que no quiere entablar demasiada confianza y a quien se veda cualquier referencia al tiempo pasado, pero que, desde su llegada, como contrapartida humorística, no para de presentarse ese pasado en la propia casa del anciano, recibiendo innumerables visitas de sus amantes, de sus familiares, de sus hijos, de sus amigos o menos amigos. La película avanza a saltos, de 2007 a 2015, como si de un progresivo ajuste de cuentas con su memoria se tratara; Vecchiali-Rodolphe, a mitad de camino entre el dandy perpetuo y el hombre testamentario que desgrana su vida, o el recuerdo interesado de la misma, puesto en cuestión por sus oponentes argumentales, intenta justificar sus decisiones-devociones pasadas y presentes intentando-inventando coartadas que no siempre funcionan, ni para sí, ni para los demás, enfrentado con la presencia-ausencia de un hijo confinado a un espacio del que no debe salir del mismo modo que el padre no va a visitarlo aunque se encuentren dentro del mismo inmueble. Un hijo indolente, vago y antítesis de la presencia pulcra y aseada de un padre, inmaculadamente vestido de blanco o en prendas acordes con esa Provenza-Côte d,Azur donde se supone que se desarrolla la historia, cuyo “uniforme” es el chándal y que, frente al desenfrenado pasado mujeriego del padre ha optado por la homosexualidad como desarrollo personal.

“No está bien hacer daño a la gente, incluso en sueños”, expresión dicha tras uno de los episodios de sonambulismo del personaje; porque la película habla de esas innumerables ocasiones en que uno tiene opción de hacer lo que debe, o dejar de hacerlo, pese a ser consciente del daño que producirá para evitar dar explicaciones. En la relación Rodolphe-Laurent sobrevuela el dolor que produce la presencia de un hijo que recuerda un tiempo en el que parecía que la juventud sería eterna, justo ahora, cuando toca el tiempo de prepararse para despedirse, con mayor o menor amargura, de lo que fueron tiempos de placer y, también, de engaño permanente. Las preguntas que interrogan a Rodolphe cuando se mira al espejo y siente la punzada en su cuerpo de la enfermedad que avanza, se extienden al resto de personajes, para uno son preguntas recurrentes y amargas, para otros amargas pero olvidadas permanentemente salvo momentos puntuales, ¿por qué entre todos los hijos sólo uno es el escogido pero al tiempo menospreciado? ¿por qué aceptar la reputación de canalla como un mal menor en el recuerdo de quienes compartieron algo en la vida de Rodolphe? ¿por qué ese hijo decide acompañar al padre que lo ha despreciado en los últimos años de su vida?

Esa trascendencia argumental, sin embargo, fluye con la naturalidad de una comedia que, a veces, se transforma en vodevil sin caer nunca en el drama desconsolado, una comedia donde el colofón ha de ser el reencuentro con Marguerite (Catherine Deneuve) aunque sea para que ésta recuerde que no ha olvidado tantas y tan dolorosas mentiras, similares a las que han ido revelando Thérèse, Anemone, Rachel, Sarah, Valentine; algunas recuperadas de la experiencia, otras suicidas, alguna convertida en monja. Del desapego inicial a ese hijo que no existe, “para mi eres un fantasma, no existes”, a la progresiva transformación y acercamiento, “tu madriguera es confortable”, “mis mentiras habrían sido en vano”, al hecho de que Laurent empiece a utilizar un traje que le une más a un padre que, poco a poco, va concienciándose de su decadencia y de la imposibilidad de reparar los daños del pasado, incluso la imposibilidad de que este hijo “adoptado” termine por convertirse en su hijo de verdad al grito de “no soy propiedad de nadie”. Vecchiali continúa filmando a hombres y mujeres, y nosotros podemos seguir disfrutando de su particular manera de contar historias profundas con la ligereza de una brisa mediterránea.

LE CANCRE. Francia. 2016. Dirección: Paul Vecchiali. Guión: Paul Vecchiali y Noël Simsolo. Intérpretes: Paul Vecchiali, Pascal Cervo, Catherine Deneuve, Mathieu Amalric, Edith Scob, Annie Cordy, Françoise Lebrun, Françoise Arnoul, Marianne Basler, Catherine Estrade, Albert Commaret. Productores: Thomas Ordonneau y Paul Vecchiali. Música: Roland Vincent. Fotografia: Philippe Bottiglione. Montaje: Vincent Commaret. Dirección artística: Maurice Abbraccio. Sonido: Francis Bonfanti. Productoras: Shellac Sud y Dialectik. 116 minutos