viernes, 9 de marzo de 2018

LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL DE TRANSMISIÓN SEXUAL (K.Zanussi, 2000)



LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL DE TRANSMISIÓN SEXUAL (Krzysztof Zanussi, 2000)


Entre el nihilismo existencial del médico Tomasz Berg y la misantropía radical del Juez Kern de Kieslowski hay la misma distancia que separa a un suicida de un muerto en vida, y con esto señalo un referente visual, y hasta argumental, para que el espectador sitúe el estilo de esta película de Zanussi, coetáneos y contemporáneos, nacido el primero en 1939 y el segundo en 1941. Contemplamos a personas autodesahuciadas y negativistas de cualquier posible redención personal, meras máquinas que dejan pasar los días asumiendo rutinas que ocupan el tiempo a la espera de la visita inaplazable del momento definitivo de la muerte, pero no por ello deseado, y que viven atenazados cuando la noticia de la enfermedad irreversible se confirma como consecuencia de un miedo que surge de las entrañas y constriñe los pulmones impidiendo que el aire entre, una reacción de angustia fruto del instinto de supervivencia y del pavor a lo desconocido, un pavor que se incrementa por la imposibilidad existencial de aceptar, sin pruebas, la realidad de otra vida en el más allá. 


El doctor Berg quiere creer, pero también quiere vivir. Tras un inicio de película que consigue el efecto de sorpresa en el espectador que desconoce por completo la trama de la misma, la vida anónima, misántropa, pero también humanista de un médico que no duda en proporcionar a sus enfermos terminales la opción de morir anticipadamente, sufre un colapso al serle detectado un cáncer de pulmón de, prácticamente, incurable evolución. A partir de ese momento, y tras asistir en el rodaje a las revelaciones de San Bernardo y al episodio en que libra del ahorcamiento a un ladrón con el compromiso de que éste se entregará a la autoridad cuando esté preparado para la muerte, la vida del doctor Berg se ciñe a su fe en la ciencia, a agotar todas las posibilidades de curación mediante la medicina que conoce y que él mismo practica con enfermos oncológicos; desplazándose a Paris para pedir opinión a los especialistas de los que los médicos polacos han ido mejorando su lex artis. La amenaza fantasma de la muerte obliga a Berg a entrar en contacto con su exesposa para que financie el posible tratamiento. En el trance de curarse o morir, Berg decide hacer uso de un pacto de ayuda mutua entre ambos que sobreviviría al fín de la propia relación.


Como el juez Kern de “Rojo”, el personaje de Zanussi atrae hacia sí a una joven pareja conocida en el rodaje, asumiendo el papel de fomentador de esa relación que necesita de espacios para disfrutar de su sexualidad, de intimidad para compartir un día a día, de un empujón para pasar de la duda de la mera atracción a la constancia de la vida en común. Unidos a Berg por la medicina él y por su trabajo en el cine ella, los encuentros periódicos según avanza la enfermedad van transformando a Berg hacia un humanismo interesado en dejar algo positivo tras su paso por la tierra, algo que perdure y que no sólo concluya de manera anticipada. Intrigado por cómo aceptar el hecho de la muerte, su agnosticismo militante va sufriendo la grieta de la duda al mismo tiempo que arremete contra las superestructuras del fenecido régimen comunista que, de un día para otro, han abrazado el capitalismo furibundo y el catolicismo como nuevo dogma inexorable. 


“Hay que dejar que la naturaleza siga su curso, tiende a autodefenderse”, le dice el colega francés después de que la conciencia de la noticia recibida le haya llevado a taparse los ojos a orillas del Sena o en una terraza turística ajeno al bullicio de la gran urbe. “Si, pero siempre pierde” contesta nuestro doctor, que mejor que nadie conoce cómo la lucha contra la muerte sólo admite un resultado, antes o después, y en este caso todo indica que será antes de lo que nunca se había imaginado. Como el ladrón de San Bernardo, el doctor no se encuentra preparado para morir, pero ¿quién lo estaría?. El catolicismo del director se transfiere, así, al propio personaje, quien dudando si por efecto de la morfina, o consecuencia de una constatación casi milagrosa, empieza a sentir a su alrededor extrañas presencias, extraños movimientos; pájaros que entran y salen de una habitación hospitalaria a la que ha decidido optar para refugiarse en los últimos días de vida. Esa negación del hecho inexorable, remarcada por los angustiosos pinchazos del dolor, van dejando paso, en la interminable sucesión de noches en vela, a apariciones que le llevan a confirmar algo que siempre se ha opuesto a su mente racional, que el propio San Bernardo ha acudido al hospital para visitarle, reconfortarle en medio de la noche y ayudarle a prepararse para el momento definitivo. La visita a la momia del santo, cuando en ese periodo de incertidumbre sobre si será posible o no la operación acude a cualquiera que le pueda explicar y convencer algo sobre la “otra vida”, acudiendo al monasterio del monje que hizo de asesor religioso de la película, parece establecer una conexión invisible entre la mirada del médico y las cuencas vacías de la calavera, una conexión por la que San Bernardo parecerá asumir la tarea de volver a preparar a un nuevo mortal para el paso definitivo.


Eros y Tánatos coexisten en la historia, agonizante el doctor, la joven pareja puede, por fín, amarse y entregarse gracias a la donación que éste les hace de su piso, al que sabe que no va a poder volver. Mientras un cuerpo se va apagando al mismo tiempo un ánimo se va serenando, con ayuda de las drogas y del convencimiento personal de haber llegado a la conclusión de que es vano resistirse a una evidencia. Habiéndose despedido de sus jóvenes amigos ha conseguido alcanzar el mismo estado de resignación y aceptación del ladrón, que reconvertido y creyente, regresa al pueblo para ser ajusticiado con una serenidad de ánimo incomprensible en su sometimiento. El ladrón y el médico comparten, finalmente, la misma tranquilidad reconfortante, y una vez que nuestro doctor ha conseguido hacer su buena obra, al menos puede sentirse en equilibrio tras una vida que él considera negativa. La puesta en escena claustrofóbica, el tono apagado de la iluminación, la sensación de movernos entre grises permanentes, en espacios hospitalarios uniformes e incómodos, la música densa de Wojciech Kilar, van creando una obra contundente y sólida sobre la fútil resistencia a la muerte. Religiosa o no, la película se va elevando poco a poco, como esa cámara que asciende sobre el cuerpo de Berg en la mesa de autopsias tras donar su cuerpo a la ciencia, y ayudar, ya desde otra dimensión, por última vez, a ese joven estudiante de medicina que tiene miedo del cuerpo y sus fluídos, “sólo es carne, para qué vacilar”, le susurra ese alma en ascenso al joven antes de practicar la incisión que no se atreve a llevar a cabo.

LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL DE TRANSMISIÓN SEXUAL. Título original: Życie jako śmiertelna choroba przenoszona drogą płciową. Polonia. 2000. Guión y dirección: Krzysztof Zanussi. Fotografía: Edward Kłosiński. Música: Wojciech Kilar. Escenografía: Halina Dobrowolska. Montaje: Marek Denys. Reparto: Zbigniew Zapasiewicz (Tomasz Berg), Krystyna Janda (Anna), Tadeusz Bradecki (Marek), Paweł Okraska (Filip), Monika Krzywkowska (Hanka), Szymon Bobrowski (Karol), Aleksander Fabisiak (Profesor), Redbad Klynstra (Piosenkarz), Xavier Schliwansky (Koniokrad), Dominique Lesage (Św. Bernard. Productoras: Studio Filmowe TOR/Telewizja Polska/Canal+/Agencja Produkcji Filmowej, Warszawa. 99'.

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