viernes, 2 de marzo de 2018

1945 (Ferenc Török, 2017)



1945 (Ferenc Török, 2017) 

Unos pequeños zapatos sobre un “tallit”, prenda ceremonial de los hombres adultos judíos, unas tijeras abiertas en aspa y recuerdan a una svástica remueven las cenizas de un documento del que no debe quedar ni rastro, una locomotora de carbón entrando en una pequeña estación tirando de unos vagones cuya parte posterior recuerda a vagones de carga y nuestro imaginario remite a esa misma locomotora unos pocos meses antes realizando viajes mucho menos apacibles. Las imágenes son deliberadas, como la aparición de esa repentina tormenta que descarga inclemente sobre el pequeño pueblo húngaro coincidiendo con la salida del lugar de dos judíos que han aparecido de la nada y hacia la nada vuelven, una vez acabada la barbarie nazi, a la espera de los “nuevos tiempos” que barrerán los restos del nazismo residual del país bajo el yugo soviético, muy presente en la película como meros espectadores de un espacio a controlar, en vísperas de unas elecciones que van a poner punto y final a una esperanza de algo parecido a una democracia y en las que el viejo régimen aspira a recuperar, o mantener, su poder.

Török filma en blanco y negro para marcar una distancia que nunca ha terminado de desaparecer, con su formalismo estético se está acercando, de manera nada disimulada, a “La cinta blanca” de Haneke, salvo que en ésta se supone que debemos entender que presenciábamos el germen de la bestia y en “1945”  los estertores residuales de la misma, con el reflejo en las comunidades desocupadas del espectro de la culpa, de cómo enfrentarse a las consecuencias de actos execrables en los que, sin  haber matado directamente, se ha colaborado en el exterminio de tu vecino, de tu familiar, de tu amigo; en unas ocasiones para prosperar bajo el manto del nuevo régimen, en otras para aprovecharte económicamente de las propiedades abandonadas, mal vendidas, usurpadas, expropiadas.

Hay mucha contención en el relato del director húngaro, un comedido recorrido por el espanto y la constatación de que ahora toca pagar por el pasado más reciente, por el daño infringido. Para que el resultado hubiera sido mucho más consistente, sin que esto signifique que la película carezca de solidez, quizás hubiera debido renunciar a alguna de las subtramas paralelas. Relacionar la llegada de ese par de desconocidos vestidos de riguroso negro y con toda la estética propia del judío ortodoxo, con la celebración de una boda entre el hijo del alcalde y una campesina que permanece enamorada de su anterior novio comunista, al que ha abandonado por interés económico pero con el que mantiene sus encuentros sexuales, crea el contrapunto interesante de dualidades enfrentadas, el odio hacia el judío y el presunto amor entre los novios, el miedo de los habitantes a las consecuencias de esa aparición y la alegría que debe presidir la ceremonia, el interés frente a lo moral.

Pero lo que ocurre es que una de las corrientes sigue creciendo con mucha eficacia, la de esa extraña presencia en un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido en un silencio cómplice, y la otra, la boda, termina siendo tan anecdótica que se diluye sin concretar su necesidad para la historia. Por eso la película puede terminar resultando descompensada, la fuerza del silencio hermético de esa pareja de hombres, joven y anciano, que recorren todo el pueblo desde la estación de tren, siguiendo un carro tirado por un caballo que transporta dos cajones y que parece más una comitiva mortuoria que la amenaza de un nuevo asentamiento de comerciantes en el pueblo, frente al mortecino desgaste, que frena algo la trayectoria del recorrido verdaderamente sustancial, de una ceremonia que no llega, que no afecta al núcleo esencial de lo que se quiere contar y que termina siendo sustituida por otra ceremonia mucho más simbólica, más efectiva, más efectista, más demoledora.

La historia de los dos judíos errantes se aproxima, en ese deambular con rumbo fijo pero desconocido para la comunidad, a un kaddish por un hijo muerto, Tökök se une a Imre Kertesz y se aleja de la burguesía que puebla los relatos de Sandor Marai. Expulsados los judíos con la inestimable colaboración de los nazis y, no hay que olvidarlo, de los propios filonazis húngaros del partido de la cruz flechada y del primer ministro Horthy, la seguridad de la limpieza racial produjo beneficios inesperados a oligarcas o personas de moral inexistente que se apropiaron de los bienes de aquellos que habían sido denunciados a las autoridades solamente por ser judíos. Hablan las estadísticas de un censo cercano a un millón de judíos en la Hungría prebélica, un país que rápidamente adoptó leyes raciales para contentar a sus poderosos aliados, y que, aunque sin gran celo, colaboró en el exterminio, para convertirse, a partir de 1944, tras la ocupación alemana, en colaborador activo, intenso y efectivo de la “solución final” puesta en marcha tras la conferencia de Wansee.

La película, por lo tanto, habla de la culpa y sus caminos, de los efectos que puede provocar vivir con remordimiento, vivir con el peso de no haber hecho lo correcto, sobrevivir conviviendo con quien hizo lo más detestable, engañarse para continuar cuando se consintió ser cooperador necesario de la barbarie cegado por la codicia. Török y su coguionista, el escritor y ensayista húngaro Gabor Szanto, deciden castigar a los máximos responsables de diferentes maneras, el mal hecho termina por pasar factura, aunque nadie salga indemne de la historia, desde la masa, comportándose como aquélla que persigue a Frankestein movida por el desconocimiento y el miedo hasta que se descubren las verdaderas razones de la presencia de ambos hombres en el pueblo, hasta estos mismos aparecidos, que bastante peso llevan encima con el simple recuerdo del horror pasado y del que han sobrevivido. Volviendo al principio, no conviene olvidar que el blanco y negro de la película puede entenderse como una paradoja, como una ironía, el presente de Hungría se parece mucho al de estos colaboracionistas interesados de los años 40; la xenofobia, el racismo, el fascismo travestido en falsa democracia vuelve a aflorar y gobernar en el seno de la UE sin que nadie mueva un dedo para evitarlo.

1945. Hungría. 2017. 91 minutos. Dirección Ferenc Török. Guion Gábor T. Szántó y Ferenc Török. Música Tibor Szemzö. Fotografía Elemér Ragályi. Reparto Péter Rudolf, Tamás Szabó Kimmel, Dóra Sztarenki, Bence Tasnádi, Ági Szirtes, József Szarvas, Eszter Nagy-Kálózy, Iván Angelus. Productora: Katapult film. Montaje: Bela Barsi.