martes, 6 de febrero de 2018

THE SQUARE (Ruben Östlund, 2017)


THE SQUARE (Ruben Östlund, 2017)


Toda desintegración necesita una excusa, toda “performance” obedece a una justificación. Östlund plantea su obra como un conjunto de pequeñas piezas que funcionan autónomamente, como le sucedía a Andersson en su “Una paloma….”, y que, al tiempo, consiguen representar un todo, bastante desesperanzador, es cierto, pero donde queda margen para la esperanza, para el cambio, aunque sea a pequeña escala y fruto de la reflexión personal. Hay un personaje que juega en este caso como centro alrededor del que se interiorizan y se exteriorizan las subtramas que forman el conjunto, hay una excusa espacial para situar la mayor parte de las derivas narrativas de esta película, el “X-Museum”, el museo de arte contemporáneo como un contenedor donde todo vale y todo vale mucho, hay un debate inherente acerca de la importancia del arte contemporáneo y sus manifestaciones, y hay una carga de crítica social que intenta demoler nuestra racionalidad desde la plasmación en imágenes de los instintos más básicos de nuestra animalidad. Östlund plantea temas muy cotidianos sobre la base de su exageración hasta llegar a la conclusión demoledora, el ser humano es en esencia violento, hay violencias físicas desproporcionadas, violencias verbales, violencias provocadas como puro reclamo de mercado. Cuando al ser humano se le abre la vía para expresarse sin cortapisas y creyendo en su inmunidad, la violencia se desata de manera absurda y absoluta.


Hay humor derivado del absurdo, pero también hay terror psicológico y físico derivado del mismo punto de partida, al personaje de Christian (Claes Bang) una intervención solidaria de aparente buen ciudadano le trae como consecuencia ser víctima de un hurto planificado como una auténtica representación teatral. Parece que Östlund asume que una parte, no pequeña, del arte contemporáneo, se sitúa en el ámbito del fraude, cuando no de la provocación absurda. La tarea de Christian, como conservador de ese museo, oscila entre fomentar el negocio económico y conseguir que lo que se exhiba tenga valor artístico. Sus decisiones a partir de la sustracción de su cartera y el móvil irán de mal en peor ayudado por las ideas excéntricas de su ayudante Michael (Christopher Laesso). Pensar en el resultado y no en las consecuencias provoca que la recuperación de sus efectos personales, usando la amenaza indiscriminada, ocasione una reacción peor que la de haber dejado pasar el incidente o haber solicitado la ayuda policial. La acción individual sirve para demostrar la existencia de arraigados prejuicios desde las clases acomodadas a las económicamente más débiles, pone en entredicho el modelo de distribución de riqueza nórdico, arremete contra la impunidad del poder por mínimo que sea éste y abre la puerta a debates necesarios sobre la censura y la libertad de expresión.

En tiempos en los que un museo puede decidir retirar un cuadro porque cuatro ninfas muestran sus pechos delante de un fauno pintado hace casi 200 años, donde todo indica que no tardarán en existir gabinetes privados para contemplar los cuadros de Courbet, de Bonnard, del Picasso erótico, quién sabe si de las innumerables Venus pintadas durante la historia de la humanidad, utilizar el terrorismo hacia la población “aria” y empobrecida de Suecia como reclamo publicitario parece un límite que ningún burócrata está dispuesto a asumir. En tiempos en que la “viralización” de contenidos audiovisuales no responde a su calidad sino a su capacidad de sorprender, nadie es capaz de explicar, asumiendo el coste personal, que la obra de arte rara vez delinque, que la obra es ficción puesta ahí para crear un diálogo con el espectador y someterle a sus prejuicios y a sus dudas. Östlund lo hace para mostrarnos cómo estamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad mediante la autocensura asumiendo como criterio sentenciador el grado de repulsa que puede generar en las redes sociales. El cuadrado, el espacio público de confianza y solidaridad hace tiempo que ha saltado por los aires sin necesidad de que unos videoartistas creativos de publicidad decidan someter ese “square” al resultado de una acción terrorista. Antes de explicar, el burócrata sacrificará a quien haga falta, asumirá el discurso fácil y vacío de la “intolerabilidad” del pensamiento ajeno y dará a los medios y a la masa la ración de conformidad con el sentir aparentemente imperante. Östlund también utiliza el papel de la prensa y su falta de preparación como ejemplo de los males del mundo moderno en países donde, en teoría, la libertad de prensa no está amenazada más que por la titularidad de los paquetes accionariales que la dirigen. El papel anecdótico de Anne (Elisabeth Moss) sirve para definir al personaje de Christian, pero también para preguntar qué interés puede tener la prensa generalista en analizar fenómenos culturales sin que quien se ocupa de ellos tenga la más mínima idea de lo que dice el entrevistado, su significado y su importancia o su vacío absoluto.


El director sueco es un dinamitador controlado de las seguridades del mundo moderno en los países donde el bienestar, en retroceso, supera la media. Lo ha hecho siempre, ya sea demoliendo la institución familiar o el abuso juvenil amparado en la inmadurez de la edad, ahora, a manera de sketchs que van superponiéndose y colocando en mayores dificultades al protagonista, acepta que, si somos capaces de parar, reflexionar y asumir nuestros errores cotidianos, podría haber un mínimo de esperanza en sociedades más justas y equilibradas donde el color de la piel no te lance de cabeza a ghettos donde ni la policía quiere entrar, o directamente te abandone en la vía pública como parte del escenario de calles peatonales, estaciones o andenes de metro. En la última acción de Christian hay una explosión necesaria de humanismo delante de sus hijas, las que previamente han sido testigos de la nula empatía de su padre con un problema que sólo él ha generado. Es verdad que a esta escena le precede otra demasiado subrayada, demasiado de manual y demasiado autocondescendiente para asumir culpas pero culpando al sistema, aunque esa escena, justo después del tour de force abismal que ofrece tanto con su puesta en escena como en su contenido con la performance del actor que imita a un gorila y desencadena el resurgir del animal que llevamos dentro adormecido por el contrato social, queda diluida en medio del torrente de emociones y reacciones precedente. El gorila es el poder, un poder que parece simpático pero que empieza a incomodar y desenmascarar a los artistas banales, a los plutócratas, a los mecenas por pura ostentación, hasta que, como todo poder, cuando siente que ha dominado al grupo, que ha conseguido que se baje la cabeza y nadie se mueva, pretende usarlo de manera arbitraria, ahí llegará el momento de la revuelta, del reequilibrio. Tanto vale entender que la única opción es ayudarse entre humildes como que el poder nunca va a perder porque será capaz de unirse para sofocar, incluso violentamente, cualquier atisbo de subversión del orden establecido, aunque éste sea injusto. Esa es una de las mayores virtudes de la película, permitir el discurso personal del espectador sin que éste tenga que dejarse influir por una orientación concreta de las imágenes, el anverso y el reverso están presentes continuamente, aunque, puede ser, sus 140 minutos terminen resultando excesivos.



THE SQUARE. Suecia. 2017. Director: Ruben Östlund. Guión: Ruben Östlund. Fotografía: Fredrik Wenzel. Música: Rasmus Thord. Productora: Plattform Produktion / ARTE France Cinéma / Coproduction Office. Edición: Jacob Secher Schulsinger y Ruben Östlund. Diseño de vestuario: Sofie Krunegård. Diseño de producción: Josefin Åsberg. Intérpretes: Claes Bang, Elisabeth Moss, Dominic West, Terry Notary, Christopher Læssø. 142 minutos.