lunes, 5 de febrero de 2018

METEORLAR (Meteors, Gürkan Keltek, 2017)



 

METEORLAR (Meteors, Meteoros, Gürcan Keltek, 2017)

Cazadores en el sur de Anatolia, en esa región silenciada del Kurdistán, dividida entre cuatro o cinco países, en todos ellos perseguida, discriminada, de vez en cuando masacrada. En las montañas empieza esta historia contada en seis capítulos, imágenes que siguen una estructura partiendo de lo real para trascender el valor de mero documento. Ese primer fragmento habla de la caza de cabras monteses, el seguimiento, la selección de la pieza, la búsqueda del macho más espectacular por su fuerza, su potencia, el tamaño de su cornamenta. La cámara se vale del teleobjetivo para ir enfocando cada vez más de cerca a los animales mientras pierde de vista a los humanos cazadores, un enfoque que también distorsiona la calidad de la imagen. Las cabras son seres en observación que no lo saben, continúan con su vida normal sin sospechar que una lluvia de plomo está a punto de abatir a unas cuantas de ellas. Al absurdo de la caza, y del comportamiento exterminador del hombre, sin aviso, le sigue la aparición de una hilera de personas armadas, igualmente en la lejanía, podría tratarse de otro grupo, muy numeroso, de cazadores; pero no es así, son personas uniformadas que acceden a la región para establecer una ley marcial en la zona, el cazador se vuelve presa, el objetivo que busca a los animales ahora intenta situar los campamentos de las tropas turcas, los convoyes militares de vehículos levantando polvo en los caminos que pueden verse perturbados por una repentina explosión trampa. No es una guerra, pero no deja de ser una guerra por mucho que se la silencie. Estamos ante uno de esos episodios sistemáticamente silenciados por Turquía, una operación de castigo tras la muerte de un soldado por miembros del PKK según la versión oficial, a partir de septiembre de 2015 centenares de kurdos turcos sufrieron durante meses el asedio, bombardeo, gaseo, tiroteo indiscriminado por parte de la policía y el ejército turcos, recuperar la memoria es recopilar todo el material clandestino y armarlo como una película. 



Keltek utiliza, de manera deliberada, tanto el blanco y negro que elimina el tiempo, haciendo válido lo que vemos tanto para el presente como para un pasado sin fecha, como la imagen de baja calidad saturada por el grano procedente, mayoritariamente, de cámaras de teléfono, viejas películas en celuloide o videocámaras caseras, lo que incrementa el contraste con esos breves momentos en que la imagen tiene la nitidez a la que nuestros ojos están acostumbrados.  Keltek usa imágenes reales para construir una historia en la que, al valor del mero documento visual de unos sucesos que no han trascendido fuera de la región que los ha sufrido, se une la palabra de la escritora Ebru Ojen Sahin y el aprovechamiento de un fenómeno astronómico cierto, como es una lluvia de meteoritos, que simboliza la fragmentación y el apaciguamiento temporal de una  violencia que continuará una y otra vez, sepultada bajo el manto de las eras, porque lo que a los humanos les marca el ritmo vital diario, para el universo no deja de ser ni una mera anécdota de muerte que no influye en el camino de los cuerpos astrales ni de los fragmentos de roca sideral que caen sobre las ciudades asediadas.



La sucesión de capítulos como “La noche se acerca”, “Las cintas perdidas de Ebru Ojen” o “Desintegración” se centran en el conflicto como hilo narrativo, al que la escritora desde lo que puede que sea su exilio europeo, contemplando el casco histórico de lugares no destruidos, pone voz rememorando de forma poética las consecuencias de una ausencia. Una mínima cronología nos sitúa en los meses de septiembre y siguientes de 2015, imágenes que nos recuerdan a la “Intifada”, a las revueltas del mundo árabe en su primavera muerta antes de florecer, sabemos que es Turquía por la lengua y por muy breves y sutiles referencias, de hecho la película comienza con un plano de la luna en blanco y negro como si fuera la bandera del país, envuelta entre humo, niebla, frío, viento, nieve, una imagen desangelada e inhóspita que representa al país, o al menos al país que sojuzga a una parte de su población, que se expresa ante la cámara hablando de muerte, de niños y mujeres muertos en el interior de sus casas, que muestran las vainas de las balas disparadas indiscriminadamente contra la población civil, niños que enseñan las fotos de sus móviles con edificios arrasados, policías apuntando, tanquetas y vehículos militares cortando las calles, un estado policial al que se enfrentan con palos y piedras los jóvenes, mientras las mujeres protestan voz en grito mientras se dirigen al cementerio.



“El diablo se ha despertado entre nosotros en esta sucia guerra”, no hay nombres de ciudades, al falaz mensaje “despejen las calles por su seguridad” sabemos que le corresponde una traducción muy simple, vamos a disparar a dar, dos meses después de la ley marcial a aquel soldado muerto le han seguido 300 muertos entre los kurdos de las ciudades del sur, y de repente, en medio de ese caos, de esa destrucción, de ese ruido de bombardeos nocturnos para impedir el descanso, le sucede, el 17 de noviembre a las 23 horas, tras un paréntesis festivo en el que la población disfruta de un recinto ferial, un fenómeno que produce un efecto poético insuperable, que aleja el relato de la mera destrucción para dotarle de una dimensión cósmica espectacular. Sobre la región se produce una lluvia de meteoritos, el ruido de los cuerpos al entrar en la atmósfera recuerda el de los bombardeos militares, la fragmentación en piezas cada vez más pequeñas que van provocando innumerables estelas luminosas apelmazadas podría parecer una batería de misiles en busca de su objetivo, y el objetivo se alcanza, las minúsculas piedras y otras no tan pequeñas, terminan tomando tierra, impactando, como las balas, sobre los edificios agujereados que parecen rostros sin ojos. Las caprichosas figuras geométricas son captadas por la cámara como lo fueron las cabras del principio o los militares en su incursión, el objetivo incluso se reduce a ese espacio circular tan característico de los inicios del cine. Tras la lluvia parece llegar una tregua, como si el episodio calmara los ánimos, como si se hubiera revelado la minúscula importancia del “nosotros” frente al infinito, lo primordial pasa a ser recoger los fragmentos de los meteoritos para venderlos a los investigadores alemanes, americanos, turcos, que los compran. Lo social dejó paso a lo astronómico y esto a lo prosaico en menos de 24 horas.



En el último fragmento, “Monte Nemrut”, el relato se hace más onírico, la ley marcial se alzó, empezó un nuevo éxodo de kurdos temerosos de otro tipo de represalias, como la propia escritora que solo desea volar y volar lejos del lugar, un lugar milenario, donde reposan los restos arqueológicos de una cultura que se trata de borrar, un lugar sobre el que los elementos atmosféricos se dejan sentir, y a través del sonido de la película nosotros también nos aproximamos. La rocosa fuerza de la naturaleza nos vuelve a trasladar al dominio de la cabra montesa, un animal belicoso acostumbrado a lugares innacesibles, como el guerrillero. El plano final reproduce el inicial pero invertido, el lado oscuro de un régimen que se escuda en una bandera enarbolada para destruir al diferente o al disidente, la bandera invertida es la verdadera cara de la realidad, la forma de desmontar un discurso manipulado o silenciado. Keltek huye de la imagen morbosa o de la violencia exagerada pero real (como sería el caso de Syria selfprortait), consiguiendo los mismos objetivos de denuncia aumentando el efecto poético de una voz y una imagen que se superponen a la realidad más cruda. “Meteors” merecería una difusión que seguro no obtendrá en España salvo fuera del circuito de salas, y ojalá por lo menos alcance esa difusión alternativa.