sábado, 24 de febrero de 2018

JEANNETTE, L,ENFANCE DE JEANNE D,ARC (Bruno Dumont, 2017)


JEANNETTE, L,ENFANCE DE JEANNE D,ARC (Bruno Dumont, 2017)

1425, pleno verano, una niña vestida con una arpillera descansa al sol en un remanso abrigado de un pequeño río que se dirige hacia el mar. La arena de la orilla se confunde con las dunas circundantes, la niña canturrea, se despereza, se levanta y avanza lentamente hacia nosotros, su voz, apenas audible en la lejanía, se va haciendo más nítida, el canto no deja de ser una de las múltiples retahílas religiosas que la joven va a ir repitiendo durante la película. Su afán de pureza se reafirma por el fuerte tono azul de la composición. El cielo y el agua, y esa inconfundible fuerza del sol hacen el resto para que, desde nuestra posición de adultos, y con la cámara enfocando cada vez más hacia abajo según la niña se acerca, destaque su constante invocación celestial, aunque eso sí, el canto se vea interrumpido por sonoros balidos de las ovejas que la pastorcita se encarga de cuidar. 

Adelanto que sólo como irónica, de humor blanco y blando, la película puede defenderse. Dumont ha optado por el riesgo maximizado en sus últimas obras, siempre ha evidenciado su interés en romper la norma clásica, sólo que en sus tres últimas películas ha escogido introducir un tono humorístico a su cine que le separa de su etapa áspera inicial, de humanidad derrotada en sus creaciones, pero sin terminar de ajustar con las dificultades de acertar en el tono para que el esperpento no produzca vergüenza ajena. De la maestría de “P,tit Quinquin” pasó al desnortado y desafortunado intento de “Ma loutte”, y “Jeannette” persiste en esta línea, sólo que ya no hay ese desaforado intento por epatar innecesariamente, quizás para no ser tildado de “sacrílego” por la Francia “imperial”; puede que autocensurado para que la parodia no se interprete como burla u ofensa, pero en todo caso desacralizando un personaje histórico en tiempos donde la broma se acepta muy mal y la persecución del discurso alternativo es lo habitual.


Por el contrario, si la intención del realizador fuera la de reivindicar la figura histórica desde su inflexible monolitismo religioso o su valor como referente para la actual Francia, habría que responder lo que uno de los personajes de la película no duda en señalar como remedio a los males de Jeannette, “tres bofetadas”. No creo, o no quiero creer, que éste sea el propósito de Dumont, como tampoco imagino la idea de burlarse del icono, o restarle incluso su valor histórico en la conformación de cierto espíritu nacional en su propio país, pero interpretemos la historia entre comillas, los mitos se sustentan sobre su inatacable recreación interesada por quienes no los han vivido, se apropian y se identifican con valores y realidades muy alejadas de su entorno. Quizás sea más diáfona la imagen de la estatua de Juana ardiendo, como ofrecía Bonello en su censurada, y por lo demás, sublime, “Nocturama”, que el contrapunto risible de remarcar los parlamentos de Juana con el mencionado balido ovino, pero cada creador tiene derecho a combatir el estereotipo conforme su libertad creativa dispone, y Dumont ha decidido ampliar el catálogo cinéfilo del personaje de Juana de Arco limitándose a su infancia, sin gestas heroicas ni recreaciones de batallas épicas, y además utilizar el musical “amateur” para hablar de la génesis (apropiada palabra para referirse a un relato que rezuma religiosidad por todos sus costados) proselitista de un personaje real.

El dinamismo de la película es muy limitado, sus coreografías de primer curso de gimnasia rítmica, sólo un poco más “atrevidas” cuando Jeannette pasa de niña a joven, su música completamente acontemporánea con la acción, la musicalidad bucal de los intérpretes bastante limitada, y a pesar de ello el espectáculo funciona como película, y define perfectamente al personaje, prácticamente único de la función, aunque aparezcan amigas de la niña-joven, monjas desdobladas que se sueltan la melena a ritmo de hard rock, un tío rapero condescendiente y cómplice de la joven o súbitas apariciones de santos que encomiendan a Juana su misión de expulsar al infiel y coronar al nuevo rey de Francia ante el invasor británico sostenido con el apoyo de Borgoña. Jeannette ruega, implora, gimotea que sus rezos sean escuchados y atendidos desde el más allá inaprehensible, único mundo real para la futura santa de Francia, son quejas aniñadas de quien exige el retorno de la cristiandad nacional empeñada en una empresa mayor que su fortaleza, empeño en ser escuchada calmado cuando esa tríada de seres celestiales se aparece para cantarle su destino, un destino que asustaría a cualquiera.

Destinar una vida a un martirio que no veremos porque es archiconocido es uno de los méritos de una película que se limita al nacimiento de una fanática que habla de tú a tú con sus dioses y enviados cuestionando porqué es así de maltratado un pueblo, una niña cuyo semblante es triste y apenado mientras padece por la persecución de sus creencias, el dominio extranjero y la pérdida de símbolos como el Mte. Saint Michel. Orleans pasa a ser la excusa de Jeanne «la poucelle», la película, absolutamente apartada de los fuegos de artificio del cine comercial, y en las antípodas de ese rigor calvinista de Dreyer o Bresson, respira por si misma sin inspirarse en otros referentes visuales de un personaje, de por sí, netamente cinematográfico. La cámara permanece anclada en el suelo mientras Jeanne es niña, cuando crece parece que la conexión espiritual de la «doncella» se multiplica y el dron con cámara juega a ese dios invocado que está esperando la decisión última y bélica de Juana, pocos, pero intensos planos aéreos que parecen demostrar la desconexión entre lo humano y lo divino, allá decida cada quién cómo actuar frente a ello. 

El discurso nacionalista es constante, pero no se puede olvidar el simbolismo del personaje, no pedir ayuda a Escocia para combatir al inglés, «para salvar a Francia, Francia se basta», frase perfectamente transportable al presente, aunque no sea totalmente cierta, frente al derrotismo de quien desea la victoria inglesa para que termine la guerra, el anhelo popular de una paz en la victoria o una paz en la derrota, pero que haya paz, el personaje inflexible de Jeannette sólo aspira a la victoria terrenal para reafirmar el triunfo de la fe, de la suya, como personaje obsesivo y enajenado en su religiosidad que es. No hay mas solución para el personaje que partir en ese viaje largamente postergado, desandando el camino inicial, porque la película concluye donde empezamos, pero a la inversa, Jeannete, transformada en Jeanne, emprende, a lomos del caballo, la misma andadura fluvial hacia su destino, hacia su entrega, con la misma necesidad de himnos divinos y reconocimiento religioso de su entrega. No abandonar el agua como elemento de purificación constante, el azul vuelve a dominar el plano a la espera de que la mujer con vestido se acomode al estereotipo guerrero masculino y se coloque armadura y yelmo para ponerse en manos de su dios, algo que no ha abandonado desde que empezó a pensar en una liberación teñida de otro tipo de cadenas.


Jeannette, l'enfance de Jeanne d'Arc . Año: 2017 . Francia. Duración: 115 minutos. Dirección: Bruno Dumont. Guión: Bruno Dumont, Charles Peguy. Reparto: Aline Charles, Jeanne Voisin, Lise Leplat Prudhomme, Lucile Gauthier, Victoria Lefebvre. Montaje: Basile Belkhiri, Bruno Dumont. Dirección de arte: Erwan Le Gal. Vestuario: Alexandra Charles. Sonido: Philippe Lecoeur. Música: Igorrr. Fotografía: Guillaume Deffontaines. Productora: 3B Productions, ARTE, Arte France (Francia).