miércoles, 21 de febrero de 2018

AZOUGUE NAZARÉ (Tiago Melo, 2018)



AZOUGUE NAZARÉ (Tiago Melo, 2018)


La ciudad y sus personas se transforman en manos del director, de meros decorados utilizados para contener la ficción, en un espacio documental para que aquélla se tiña de realidad y realismo. La pequeña localidad de Nazaré, en el estado de Pernambuco, es necesaria para que la acción se desarrolle conforme a los cánones de una historia inventada, pero cuanto más avanza ésta y los aspectos que la acercan al realismo mágico, más real aparece como consecuencia de su retrato etnográfico, antropológico y social. Ambientada en los días previos al carnaval, con lo que todo esto representa en Brasil, el inicial enfrentamiento entre los seguidores del “maracatú” o ceremonia lúdico religiosa espiritual procedente de los tiempos de la esclavitud y de la negritud, y el integrismo religioso de las nuevas confesiones evangélicas, que todo lo tiñen de pecado y demonio, va dando paso a un retrato social muy poco esperanzador de un país que es un gigante, en extensión y riqueza natural, pero que se empobrece por la desigualdad, la falta de trabajo y la invasión confesional que sustituye la desesperanza en el gobernante por el seguidismo del charlatán autoinvestido de sanador de almas.

El director, productor de la películas de Kleber Mendonça Filho, quien, a su vez, es productor de ésta “Azougue Nazaré”, sigue a un grupo de personas de la localidad revelando el machismo imperante en esa sociedad, la violencia larvada, el uso de la música como canalizadora de frustraciones, el carnaval como rienda suelta a la verdadera personalidad de cada uno, la inexistencia de laicismo en la vida pública, el peligro de las nuevas religiones y de las antiguas, la intolerancia religiosa acrecentada por la fe del converso……. No obstante el carácter coral del relato, es el personaje de Tiao/Catita (Valmir do Côco) el catalizador de la acción sin desmerecer el resto de intrahistorias, la corpulencia desparramada del intérprete ayuda a componer un personaje para el que el “maracatú” es la forma perfecta de reivindicarse como un ser dual hombre-mujer, religioso-pagano, taciturno-expansivo. En el equilibrio resignado que le supone aceptar el integrismo religioso de la esposa, con el consiguiente carácter inhibidor del deseo sexual tan presente en la comunidad y más en esa época del año de innata tolerancia, la llegada del carnaval permite a Tiao transformarse, sin crítica social, en Catita, su “hermana” carnavalera, un hombre travestido en mujer sobre el que recae la acusación de diabólico desde el ultraconfesionalismo de su esposa y el pastor, previamente maestro del ritual pagano también.

La cámara no busca composiciones impactantes ni puestas en escena de milimétrica estructura decorativa, busca filmar la realidad tal cuál es, con cámaras tranquilas en el interior de las viviendas o en las conversaciones de pareja, dejando para el momento de la fábula religiosa el choque visual de unos seres transmutados en cabezones con pelucas coloridas que participan del secuestro y desaparición de aquellos que mancillan el maracatú o los campos de maíz donde reside el espíritu del carnaval, utilizando nuevamente estos cultivos como escenario perfecto para el clímax de tensión y persecución que funciona en doble dirección, porque tanto sirve de escondite para los “sacerdotes” del rito como de lugar a purificar por los seguidores enmascarados del nuevo protestantismo excluyente en una escena que recuerda, de manera seguramente nada casual, a un nuevo Ku Klux Klan formado por personas de raza negra. La religión, y su mal entendida función, atraviesan de arriba abajo una sociedad donde los combates de rap se sustituyen por combates de samba jaleados por los seguidores hasta dejar K.O. al oponente sin inspiración, donde la llegada del apagón anuncia el tiempo del espíritu y su juego perverso de sacrificios humanos irresolubles.

La motocicleta se convierte en anuncio de reivindicación, religiosa en forma de procesión moderna con destino vengativo, o pagana para dar inicio a uno de tantos combates musicales, no hay término medio en un entorno donde todo termina extremándose pero siempre a un ritmo tropical que acerca al espectador y los personajes hasta un cierto grado de empatía pese a que los extremismos cansen y sean contraproducentes. En la lucha entre los dioses apócrifos y los dioses paganos hay lugar para las tablas, los paralelismos de la narración terminan situando a pastor y maestro en idénticas, y comprometidas, situaciones de riesgo y amenaza. Como en los tiempos de la guerra fría, conviene saber que hay un enemigo y que éste es poderoso, pero no conviene extremar el poder contra el adversario porque se corre el riesgo de una respuesta aún más violenta. Vive y deja vivir, ambas realidades pueden coexistir y, en el fondo, tan iluso es creer en poder erradicar el carnaval como en expulsar al cristianismo emergente de la zona, es por eso que en los bailes y cantos del maracatú la población alcanza su verdadera creatividad y termina mostrándose tal cuál es, libre y desinhibida. Y aunque sea por la vía del humor, Melo no olvida reivindicar el valor de la educación para no ser engañado por charlatanes de todas las tendencias, si Tiao hubiera sabido acentuar correctamente mientras leía no habría sentido el lacerante dolor de una imposición religiosa absurda, pero quizás, entonces, no hubiera terminado plantando cara al pastor y separar lo religioso de lo lúdico para reivindicar su lado femenino como parte de su personalidad.

AZOUGUÉ NAZARÉ. Brasil. 2018. Director: Tiago Melo. 80’. Productores: Leonardo Sette, Vanessa Barbosa. Productoras: Lucinda Films, Urânio Filmes. Guión: Tiago Melo, Jeronimo Lemos. Fotografía: Gustavo Pessoa. Edición: André Sampaio. Diseño de producción: Tiago Melo. Sonido: Gustavo S. Rocha. Música: Anderson Miguel, Tomaz Alvez, Tiago Melo. Intérpretes: Valmir do Côco, Joana Gatis, Mestre Barachinha, Mohana Uchôa