miércoles, 17 de enero de 2018

ANDRES LEE I ESCRIBE (Daniel Peralta, 2016),



ANDRÉS LEE I ESCRIBE (Daniel Peralta, 2016)


“la cura de todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar” Isak Dinesen.


No tiene por qué ser verdad, pero la frase suena muy bien y acompaña parte del itinerario con el que seguimos a Andrés, un treintañero varado en la ciudad de Santiago y cuya vida atraviesa un momento de inactividad, yendo de médico en médico, trabajando de noche y durmiendo de día. Apenas mantiene contacto social, la relación con Karina parece que sólo pretende un desahogo físico sin compromiso, como si nada de lo que se comparte el tiempo en que están juntos sea real, sea asible, más que el instante de placer y excitación conjunto, la “onda” que transmite Andrés es de pura pasividad y hastío, de decepción constante consigo mismo buscando una salida para la que no encuentra más respuesta que bajar las persianas de su dormitorio y pegarlas con cinta adhesiva para que nada de luz entre en la habitación, aislarse absolutamente mientras duerme complaciéndose en la miseria de su estado, en ese previo momento anunciador de una depresión ante la madurez que ya no puede ocultarse y que no quiere asumirse, el miedo a un futuro que ya llegó y en el que ninguno de los sueños adolescentes se ha cumplido. El recuerdo del pasado se utiliza como palanca para aumentar el malestar del presente, de ahí que, cuando descubramos (es un motivo argumental muy bien conseguido y muy bien traído en la película) que Andrés no es un enfermo sino que se “hace el enfermo” como actor para ganar algo de dinero, sirviendo de paciente simulado a los jóvenes médicos en prácticas, saboreamos que, detrás de la ficción, existe una verdadera somatización de las enfermedades que tiene que representar, una somatización no dolorosa, sino mental, una asfixia vital que le paraliza y le lleva a anclarse y despreciar el poco contacto físico que le une al mundo real.



La película justifica sobradamente las razones por las que fue premiada como vencedora de la primera edición del Festival Craft de Barcelona el año pasado, a su escaso presupuesto se le añade la habilidad para ocultar, no abrir el plano elimina que el espectador advierta esa carencia de medios, utilizar el espacio público acerca a los personajes al día a día habitual de cualquiera de nosotros, ampararse en la noche disminuye el riesgo de interrupciones y dota a los personajes de esa necesaria intimidad que necesitan para abrir su coraza sentimental, reducir el encuadre para eliminar alrededor de Andrés cualquier desahogo nos acerca a esa situación de asfixia existencial con la que se encuentra durante gran parte de la película, su casa, más que confortable aparece como mero refugio, como un escondite donde no mostrarse, en el que sólo se abre la puerta a la mujer dispuesta al sexo, un sexo en el que Andrés no quiere actuaciones ni simulaciones, ni roles presumidos que le recuerden a su trabajo no alcanzado. A Andrés le falta salirse del guión, romper las rutinas y saltarse lo establecido, y una ruptura de guión le proporciona el elemento azaroso que le permite replantearse otro tipo de existencia, otro tipo de relaciones. Por su culpa, una joven estudiante de medicina ve peligrar la nota media de su expediente al improvisar las pautas de esas consultas ficticias en las que Andrés sufre dolores de estómago, migrañas, dolores de espalda……..Andrés no respeta la rutina y la estudiante termina descolocada, aturdida, pero también llena de rencor y odio hacia un actor frustrado que ha comprometido su futuro. La búsqueda, y encuentro, que la joven hace, provoca una reacción en los dos, una toma de conciencia de que no todo hay que hacerlo para sobrevivir, sino que, en ocasiones hay que decidir vivir por encima de todo y acostumbrar al cuerpo a las sorpresas y los alicientes no programados, el breve intercambio de reproches y disculpas identifica a ambos con un presente no deseado y en el que cabe construir algo común.



Para Andrés actuar, leer y escribir son parte de su esencia, y su presente le ha llevado a actuar donde no quiere, a simular actuaciones diarias en su vida, a dejar de leer y a olvidarse de que en la juventud escribía, bien o mal, unos escritos frente a los que sientes por partes iguales, miedo y vergüenza, pero que son parte de lo que fuíste, aunque ahora compruebes que ya no te pareces a ese Andrés, que el de ahora te gusta mucho menos, el Andrés de ahora ha dejado de creer en los sueños de la juventud pero se ha visto anclado por esos mismos recuerdos, añora y quiere a su madre pero no se atreve a visitarla para no comprobar su soledad, y de paso la de él, que le asusta más que la de la anciana porque le recuerda que su futuro puede reducirse a una vida solitaria y sin afecto, recupera sus viejas pertenencias adolescentes y acepta que esos recuerdos polvorientos son mucho más importantes y atractivos que su relación con Karina, las amenazas de ésta son insuficientes para imponerse a una vieja cinta VHS con “Los Goonies”. El azar de aquella improvisación le acerca a Dominga, la joven médica, con la que comparte algo más que la soledad aislante de ambos, hay una pulsión artística que sobrepasa las necesidades de estudiar lo que no se quería o de trabajar en lo que no se esperaba. Hay un nuevo amanecer pendiente para ambos, una nueva forma de afrontar el futuro desde la ruptura pero acompañados. Andrés decide no volver a cerrar herméticamente su persiana y comprobar que, por las mañanas, hay un canto de pájaros hasta entonces desconocido, no oído, en todo esto influye una solución un tanto convencional y fácil, como es la de encontrar una nueva pareja de manera inesperada, pero el mecanismo por el que Peralta hace evolucionar a su personaje a través de su propio pasado, ya no como una losa de sueños irrealizables, sino como impulso para retomar lo que de verdad satisface, resulta creíble y contemporáneo. Jóvenes no pendientes del teléfono móvil y si de la conversación y compartir rabias y frustraciones para asimilarlas, asumirlas y enfrentarlas, hacen de esta pequeña película un todo recomendable.



ANDRÉS LEE i ESCRIBE. Chile. 2016. Director: Daniel Peralta . Guión: Daniel Peralta, René Martín. Intérpretes: Fernando Mena, María Gracia Omegna, Alex Quevedo, Paulina Moreno. Productora: Libreta Amarilla, GRIP Films. Producción ejecutiva: Daniel Peralta, René Durán, Daniel Rebolledo Parra. Producción: Daniel Rebolledo Parra, Macarena Denisse. Asistente de dirección: Andrés Daly. Dirección de fotografía: René Durán. Dirección de arte: Loreto Godoy. Montaje: Daniel Peralta. Música: Diego Peralta. Sonido: Pablo Daly. 91 minutos.

TRAILER